miércoles, 20 de abril de 2022

Tren al infierno, cuento de Robert Bloch

 


Cuando Martin era un niño pequeño, su papi era ferroviario. Aunque papi nunca viajaba en los trenes, caminaba a lo largo de las vías del CB & Q, y estaba orgulloso de su trabajo. Y cada noche, cuando se emborrachaba, cantaba la vieja canción de Ese tren al infierno.

Aunque Martin casi no podía recordar nada de la letra, no olvidaba la forma en que, su papi la cantaba. Pero cuando papi cometió el error de emborracharse ya por la tarde y quedó aplastado entre un vagón cisterna de la Pennsy y un vagón de bordes bajos de la AT & SF, Martin no entendió por qué la Hermandad no cantaba esa canción en su funeral.

Tras eso, las cosas no fueron demasiado bien para Martin, pero, fuera como fuese, siempre recordaba la canción de papi. Cuando mami se marchó un día con un viajante de comercio de Keokuk (papi debió de agitarse en su tumba al saber lo que había hecho, y además con un pasajero). Cada noche, en el orfanato, Martin tarareaba la tonadilla para sus adentros.

Y cuando el mismo Martin se escapó, acostumbraba a silbar bajito la canción, por la noche, en los bosques, cuando los demás vagabundos estaban dormidos.

Durante cuatro o cinco años, Martin erró por los caminos antes de darse cuenta de que no iba a ninguna parte. Como es natural, probó fortuna en muchas cosas: recogiendo frutas en Oregón, lavando platos en Montana, robando tapacubos en Denver y neumáticos en Oklahoma City, pero para entonces ya había cumplido seis meses en los campos de trabajo de Alabama, y sabía que vagabundear de aquella manera no tenía ningún futuro.

Así que trató de meterse en el ferrocarril, como su papi, pero le dijeron que los tiempos eran malos.

Pero Martin no podía estar alejado del ferrocarril. Siempre que viajaba, lo hacía en tren: prefería meterse de polizón en un tren de carga que iba hacia el norte con temperaturas bajo cero antes que mover un dedo para que un Cadillac lo llevase en dirección a Florida. Siempre que se hacía con una lata de cerveza, se sentaba en un cómodo y confortable paso de aguas bajo la vía, recordando los viejos tiempos, y a menudo canturreaba la canción de Ese tren al infierno. Aquél era el tren en el que viajaban los borrachos y los pecadores: los jugadores y los que aceptan sobornos, los manirrotos, los donjuanes, toda esa alegre compañía. Resultaría realmente hermoso poder hacer un viaje con tan buena gente, pero Martin no quería ni pensar en lo que sucedía cuando aquel tren llegaba finalmente a la Estación de Allá Abajo. No quería imaginarse pasando la eternidad haciendo de fogonero en las calderas del infierno, sin ni siquiera un sindicato que lo protegiese. A pesar de eso, sería un hermoso viaje. Si es que existiese algo así como un Tren al Infierno. Que, naturalmente, no lo había.

Al menos hasta aquella tarde, Martin no pensaba que existiese, cuando se halló caminando sobre los raíles en dirección al sur, justo pasado Appleton Junction. La noche era fría y oscura, tal como son las noches de noviembre en el valle del río Fox, y sabía que hasta que llegase a Nueva Orleans no pasaría el invierno o quizás hasta pasar Texas. Por alguna razón, no tenía muchas ganas de ir, aunque había oído contar que algunos de aquellos coches de Texas llevaban tapacubos de oro macizo.

No señor, los robos no se habían hecho para él. Eran peor que un pecado: no resultaban provechosos. Eran lo bastante malos como para ser obra del diablo, pero además con mala pata. Aunque quizá fuese mejor que dejarse regenerar por el Ejército de Salvación.

Mientras caminaba, canturreaba la canción de papi, esperando que un mercancías saliese de la estación tras él. Debería agarrarlo... no podía hacer otra cosa.

Pero el primer tren en venir llegaba en el otro sentido, rugiendo hacia él a lo largo de la vía del sur.

Martin fijó la vista al frente, pero sus ojos no igualaban a sus oídos, y por el momento lo único que podía percibir era el sonido. Era un tren, seguro; notaba cómo el acero se estremecía y cantaba bajo sus pies. Y, no obstante, ¿cómo podía tratarse de un tren? La estación más próxima hacia el sur era Meenah-Menasha, y de allí no tenía que salir ninguno en muchas horas.

En aquella noche de noviembre, las nubes colgaban espesas por encima, y las neblinas rodaban sobre los campos como una sábana fría. Aun así, Martin debería haber sido capaz de ver el faro de la locomotora mientras el tren se aproximaba. Pero sólo escuchaba el silbato, chillando desde las oscuras fauces de la noche. Martin podía reconocer el equipo de casi todas las locomotoras jamás construidas, pero nunca había oído un silbato que sonase como ése. No estaba haciendo señales: estaba aullando como un alma perdida.

El tren estaba ya casi encima de él, así que se hizo a un lado. Y, de pronto, allí estaba, alzándose sobre los rieles y chirriando para detenerse en menos tiempo de lo que hubiera creído posible. Las ruedas no habían sido aceitadas, porque rechinaban como los condenados, pero el tren se detuvo, y los chirridos murieron para dejar paso a una serie de profundos gruñidos. Martin alzó la vista y comprobó que era un tren de pasajeros. Era grande y negro, sin una sola luz que brillase en la cabina de la locomotora ni en ninguno de los vagones de la larga hilera. Martin no podía ver ningún letrero en sus costados, pero estaba bastante seguro de que aquel tren no pertenecía a la NorthWestern Road.

Cuando vio al hombre que bajaba del primer vagón, estuvo más seguro. Había algo raro en su forma de caminar, como si arrastrase uno de sus pies, así como en el farol que llevaba. Éste estaba apagado, y el hombre lo acercó a su boca y sopló, e instantáneamente brilló rojizo. Uno no tiene que ser miembro de la Hermandad de Ferroviarios para saber que ésa es una extraña manera de encender un farol.

Mientras la figura se aproximaba, Martin reconoció la gorra de revisor encasquetada en la cabeza, y eso hizo que se sintiera mejor por un instante... hasta que se fijó en que la llevaba un poco demasiado alta, como si hubiese algo que surgiese bajo ella, en la frente.

Sin embargo, Martin era educado, y cuando el hombre sonrió le dijo:

–Buenas noches, señor revisor.

–Buenas noches, Martin.

–¿Cómo sabe usted mi nombre?

El hombre se encogió de hombros.

–¿Y cómo supiste tú que soy el revisor?

–Lo es, ¿no?

–Para ti sí. Aunque para otra gente, en otros momentos de la vida, quizá me reconozcan con otros nombres. Por ejemplo, deberías ver el aspecto que tengo cuando me presento a los tipos de Hollywood. –El hombre sonrió–. Viajo mucho –explicó.

–¿Qué es lo que le trae por aquí? –inquirió Martin.

–Vaya, deberías conocer la respuesta, Martin. He venido porque me necesitabas. De pronto, esta noche, me di cuenta de que estabas yendo por un camino equivocado. ¿O me negarás que pensabas en unirte al Ejército de Salvación?

–Bueno... –dudó Martin.

–No te avergüences. Equivocarse es humano, como dijo no sé quién. ¿Sería el Reader's Digest? No importa. Lo importante es que creí que me necesitabas. Así que cambié de vía y vine por aquí.

–¿Para qué?

–Bueno, pues para ofrecerte un viaje, naturalmente. ¿No resulta mejor viajar confortablemente en tren a tener que caminar a lo largo de las frías calles tras una banda del Ejército de Salvación? Según me han dicho, es duro para los pies, y mucho más para los tímpanos.

–No estoy seguro de que sienta muchos deseos de viajar en su tren, señor –le dijo Martin–, teniendo en cuenta dónde acabará probablemente.

–Ah, sí, la vieja discusión –suspiró el revisor–. Supongo que prefieres algún tipo de trato, ¿no es así?

–Exactamente –contestó Martin.

–Bueno, me temo que ya no llevo a cabo ese tipo de negocios. En la actualidad, no me faltan los candidatos a pasajeros. ¿Por qué iba a ofrecerte alguna ventaja especial?

–Usted debe desearme, de lo contrario no se habría molestado en modificar su camino para venir a buscarme.

El revisor suspiró de nuevo.

–En eso tienes toda la razón. El orgullo ha sido siempre la peor de mis debilidades, lo admito. Y, de alguna manera, odio la idea de perderte a la competencia, después de pensar que eras mío durante todos esos años –dudó–. Sí, si insistes, estoy dispuesto a tratar contigo, según tus propios términos.

–¿Qué términos? –preguntó Martin.

–La propuesta estándar: cualquier cosa que desees.

–Ah –dijo Martin.

–Pero te advierto de antemano que no habrá trucos. Te concederé cualquier deseo que me pidas, pero a cambio tienes que prometerme viajar en el tren cuando llegue tu hora.

–¿Y si esa hora no llegase nunca?

–Llegará.

–¿Y suponiendo que tuviese un deseo que me mantuviese siempre lejos de ese tren?

–No existe tal deseo.

–No esté muy seguro.

–Ése es mi problema –dijo el revisor–. Tengas lo que tengas en mente, te advierto que al final cobraré mi deuda. Y no habrá ninguno de esos milagritos de última hora. Nada de arrepentimientos en un momento, ni chicas rubias o astutos abogados mostrándote el camino para escapar. Te ofrezco un trato limpio. Es decir, tú tienes lo que quieres, y yo también.

–He oído decir que engaña a la gente. Dicen que es usted peor que un vendedor de coches usados.

–Mira, escúchame un momento...

–Me excuso –añadió apresuradamente Martin–, pero se supone que lo cierto es que no se puede fiar uno de usted.

–Lo admito. Pero por otra parte, pareces creer que tienes una vía de escape.

–Un método infalible.

–¿Infalible? ¡Muy divertido! –El hombre comenzó a carcajearse, y luego se detuvo–. Estamos perdiendo un tiempo muy valioso, Martin. Mejor vamos al grano. ¿Qué es lo que quieres?

Martin inspiró profundamente:

–Quiero ser capaz de detener el tiempo.

–¿Ahora mismo?

–No. Aún no. Y no para todo el mundo. Lógicamente, me doy cuenta de que eso sería imposible. Pero quiero ser capaz de detener el tiempo para mí mismo. En una sola ocasión, en el futuro. Cuando llegue a un punto en el que sepa que estoy feliz y contento, quiero quedarme allí, para poder seguir siendo feliz por siempre.

–Es una buena petición –musitó el revisor–. Tengo que admitir que jamás había oído nada similar... Y, créeme, he oído muchas peticiones difíciles en mis muchos años.         

–Sonrió a Martin–. Has estado pensando mucho en esto, ¿no?

–Durante años –admitió Martin. Luego tosió–. Bueno, ¿qué es lo que dice?

–En los términos de tu propio sentido temporal subjetivo, no es imposible –murmuró el revisor–. Sí, creo que podría hacerse.

–Pero yo quiero que se detenga realmente, no simplemente imaginariamente.

–Comprendo. Puede hacerse.

–Entonces, ¿acepta?

–¿Por qué no? Te hice una promesa, ¿no? Dame la mano.

Martin dudó.

–¿Me hará mucho daño? Quiero decir que no me gusta ver sangre, y...

–¡Tonterías! Has estado escuchando un montón de necedades. Muchacho, ya hemos sellado nuestro trato. Simplemente, quiero darte algo. La forma en que llevar a cabo tu petición. Después de todo, nadie puede saber en qué momento decidirás ejercer tu derecho, y no puedo dejarlo todo y venir corriendo. Así que será mejor que puedas regular el asunto por ti mismo.

–¿Me va a dar un control del tiempo?

–Más o menos. Tan pronto como pueda decidir qué será lo más práctico. –El revisor dudó–. ¡Ah, justamente lo que buscaba! ¡Toma, ten mi reloj!

El revisor sacó el reloj del bolsillo de su chaleco: un reloj de ferroviario, con caja de plata. Abrió la parte trasera e hizo unos delicados ajustes; aunque Martín intentó ver qué era exactamente lo que estaba haciendo, sus dedos se movían con tal velocidad que le resultó imposible ver nada.

–Ya está –sonrió el revisor–. Todo está dispuesto. Cuando por fin llegue el momento en que te gustaría parar el tiempo, gira simplemente la corona al revés y quítale la cuerda al reloj hasta que se detenga. Cuando se detenga, el tiempo también se detendrá para ti. ¿Te parece lo suficientemente sencillo?

El revisor depositó el reloj sobre la mano de Martin. Éste apretó fuertemente sus dedos alrededor del mismo.

–¿No hay que hacer nada más?

–Absolutamente nada más. Pero recuerda: sólo puedes detener el reloj en una ocasión, así que lo mejor será que estés bien seguro de sentirte satisfecho en el momento que decidas prolongar. Te aconsejo esto con toda honradez, asegúrate muy bien en tu elección.

–Lo haré –dijo Martin sonriendo–. Y, como se ha mostrado usted tan honesto acerca de todo, yo también lo seré. Hay algo que usted parece haber olvidado. Realmente no importa qué momento elija, pues, en cuanto detenga el tiempo para mí mismo, eso significa que me quedaré donde estoy, para siempre. No tendré que envejecer más. Y si no sigo envejeciendo, nunca moriré. Y si no muero, nunca tendré que viajar en su tren.

El revisor se dio la vuelta convulsivamente. Sus hombros se estremecieron. Quizás hubiera llorado.

–Y has dicho que yo era peor que un vendedor de coches usados –jadeó con voz estrangulada.

Entonces se perdió entre la niebla, y el silbato del ferrocarril lanzó un alarido impaciente y, de repente, se puso en marcha con rapidez sobre la vía, desapareciendo en medio de la oscuridad.

Martin se quedó allí, contemplando parpadeante el reloj de plata que tenía en su mano. Si no fuera porque podía verlo y tocarlo, y si no fuese por aquel olor tan peculiar, quizás hubiera llegado a creer que lo había imaginado todo, desde principio a fin: tren, revisor, trato y demás.

Pero tenía el reloj, y podía reconocer el olor dejado por el tren al partir, y desde luego no hay muchas locomotoras que usen azufre como combustible.

Acerca de su trato no tenía dudas. Eso es lo que sucede cuando uno piensa en las cosas hasta llegar a su conclusión lógica. Algunos estúpidos hubieran pedido dinero, poder o a Kim Novak. Papi se hubiera vendido por una botella de whisky.

Martin sabía que había realizado un trato mejor. ¿Mejor? Era a prueba de bomba. Lo único que necesitaba ahora era escoger su momento.

Se metió el reloj en el bolsillo, y regresó a la vía. Realmente, si antes sus pensamientos no habían tenido un destino, ahora sí. Iba a encontrar un momento de felicidad...

 

 

El joven Martin no era ningún tonto. Era consciente de que la felicidad es algo relativo; de que hay grados de satisfacción, y que varían según la vida de cada uno. Como vagabundo, a menudo se sentía satisfecho con unas sobras calientes, un banco en el parque o una lata de cerveza. En ocasiones había alcanzado un estado de éxtasis momentáneo mediante tales simples accesorios, pero tenía la convicción de que existían cosas mejores. Martin decidió hallarlas.

Al cabo de dos días estaba en la gran ciudad de Chicago. Con bastante naturalidad, llegó a West Madison Street, y allí dio unos pasos para elevar su papel en la vida. Se convirtió en un vagabundo ciudadano, un tramposo, un buscón. Al cabo de una semana había llegado a un punto en que para él la felicidad era una comida en un restaurante barato, un ratito sobre un catre del ejército en una verdadera casa de citas y una botella de moscatel.

Pero una noche, después de gozar al máximo esos tres lujos, Martin pensó en quitarle la cuerda al reloj, en el punto álgido de su intoxicación. También pensó en los rostros de la gente honesta a la que en ese día había robado dinero. De acuerdo, eran unos integrados, pero eran prósperos. Llevaban buenas ropas, tenían buenos trabajos, conducían bonitos coches. Y para ellos, la felicidad tenía un mayor grado de éxtasis: cenaban en excelentes restaurantes, dormían en confortables colchones y bebían whisky escocés.

Integrados o no, algo bueno tenían. Martin acarició su reloj, rehusó la tentación de conseguirse otra botella de moscatel y, decidido a conseguirse trabajo y mejorar su cociente de felicidad, se fue a dormir.

Al despertar, tenía resaca, pero aún seguía decidido. Antes de que hubiera terminado el mes, Martin estaba trabajando para un contratista de obras del lado sur de la ciudad, en uno de los grandes proyectos de reconstrucción. Odiaba el trabajo, pero la paga era buena, y pronto consiguió un apartamento de una habitación en la Blue Island Avenue. Ahora, tenía costumbre de comer en restaurantes decentes, se compró una cama confortable, y cada sábado por la noche bajaba a la taberna de la esquina. Todo era muy placentero, pero...

Al capataz le gustaba su modo de trabajar, y le prometió que en un mes le aumentaría el sueldo. Si seguía, el aumento significaría que podría permitirse el lujo de comprarse un coche de segunda mano. Con un coche, hasta podría comenzar a buscarse una chica a la que citar de vez en cuando. Otros compañeros del trabajo lo hacían, y parecían bastante felices.

Así que Martin siguió trabajando, le llegó el aumento, consiguió el coche, y pronto un par de chicas.

La primera vez que le sucedió, deseó de inmediato quitar la cuerda de su reloj, hasta que empezó a pensar en lo que siempre decían algunos de los viejos. Por ejemplo, había un individuo llamado Charlie, que trabajaba junto a él en el andamio:

–Cuando eres joven y no conoces nada mejor, quizá le saques algún gusto en ir con esas cerdas, pero al cabo de un tiempo deseas algo mejor: una buena chica solo para ti.

Martin creyó que tenía que averiguar si eso era cierto. Si no le gustaba más, siempre podía volver a lo que ya tenía.

Pasaron casi seis meses antes de que Martin conociese a Lillian Gillis. Para aquel entonces ya había conseguido otro aumento, y estaba trabajando en la oficina. Le habían hecho asistir a la escuela nocturna para aprender a llevar una contabilidad rudimentaria, pero eso significaba otros quince billetes extra a la semana, y gustaba más de trabajar bajo cubierto.

Lillian era muy divertida. Y cuando le dijo que aceptaba casarse con él, Martin estuvo casi seguro de que había llegado el momento. Excepto que ella era lo que diríamos... Bueno, era una buena chica, y le dijo que tendrían que esperar hasta estar casados. Naturalmente, Martin no podía esperar casarse con ella hasta que no tuviera algo más de dinero ahorrado, y otro aumento le iría bien.

Para eso tardó un año. Martin tenía paciencia, porque sabía que iba a valer la pena. Cada vez que dudaba, sacaba su reloj y lo miraba. Nunca se lo mostró a Lillian ni a nadie más. La mayor parte de sus compañeros llevaban caros relojes de muñeca, y el viejo reloj de plata de ferroviario parecía un tanto ridículo al lado de los otros.

Mientras contemplaba la corona, Martin sonrió. Unas pocas vueltas, y tendría al alcance algo que ninguno de aquellos pobres hombres estúpidos y trabajadores tendrían jamás: una satisfacción permanente con su ruborizada novia...

Al casarse, la satisfacción resultó ser sólo al principio. Sí, era maravilloso. Pero Lillian le explicó lo mucho mejor que serían las cosas si pudieran buscarse una casa nueva y arreglarla. Martin deseaba un mobiliario decente, un televisor, un buen coche.

Así que comenzó a asistir a clases nocturnas, y consiguió un ascenso en la oficina. Con el niño a punto de nacer, deseaba aguantar un poco más y ver a su hijo. Y cuando nació, se dio cuenta de que tendría que esperar hasta que se hiciera un poco mayor, comenzase a caminar y a hablar, y desarrollase una personalidad propia.

Por aquel entonces, la empresa le hacía viajar como supervisor de algunas de las construcciones; ahora comía en buenos restaurantes, vivía por todo lo grande y con los gastos pagados. En más de una ocasión se sintió tentado a quitarle la cuerda al reloj. Aquello era la buena vida... Naturalmente, sería mejor si no tuviera que trabajar. Más pronto o más tarde, si lograba intervenir en uno de los tratos de la compañía, podría sacar una buena tajada y retirarse. Entonces, sería ideal.

Aunque costó su tiempo, lo consiguió. El hijo de Martin iba a la escuela superior antes de que él lograse llegar hasta donde realmente estaba el dinero. Martin tenía la impresión de que tenía que ser ahora o nunca, porque ya no era exactamente un muchacho.

Pero fue justo entonces cuando conoció a Sherry Westcott, y ella no parecía pensar que Martin fuera maduro, a pesar de la forma en que se le estaba cayendo el cabello y ganando tripa. Le enseñó que un bisoñé podía cubrir su calvicie, y una faja reducir el depósito de los garbanzos. De hecho, le enseñó muchas cosas, y disfrutó tanto aprendiendo que realmente sacó el reloj y se preparó a quitarle la cuerda.

Por desgracia, eligió el momento preciso en que los detectives privados abrieron la puerta de la habitación del hotel, y entonces hubo un largo período en el que Martin estuvo tan ocupado peleándose ante los tribunales con el asunto de su divorcio que honestamente no pudo decir que disfrutase de ningún momento.

Cuando llegó a un acuerdo final con Lil, estaba arruinado y, después de todo, a Sherry ya no le parecía que él fuera tan joven. Así que se alzó de hombros, y decidió volver al trabajo.

También en esta ocasión reunió un montón de dinero, aunque tardó más tiempo, y no tuvo muchas posibilidades de diversión mientras lo conseguía. Las damas elegantes de los elegantes salones de cóctel ya no le interesaban, ni tampoco el licor. Además, el médico se lo había prohibido.

Pero se dijo que un hombre rico podía descubrir otros placeres. Por ejemplo, viajar... y nada de viajar en los topes de los vagones yendo de un lugar podrido a otro peor. Martin recorrió el mundo en avión y transatlánticos de lujo. En una ocasión le pareció que, después de todo, iba a hallar el momento preciso, mientras visitaba el Taj-Mahal a la luz de la luna. Martin sacó el maltratado reloj y se dispuso a quitarle la cuerda. Nadie le contemplaba...

Y eso fue lo que le hizo dudar. Seguro, aquél era un momento muy agradable, pero se encontraba solo. Lil y el chico habían desaparecido, Sherry había desaparecido también y, por alguna razón, nunca había tenido tiempo de hacer amigos. Quizá si lograse hallar alguna gente con la que congeniar, lograra la felicidad definitiva. Ésa debía de ser la respuesta: no era simplemente el dinero, o el poder, o el sexo, o el ver cosas hermosas. La verdadera satisfacción se encontraba en la amistad.

Así que, mientras regresaba a casa en barco, Martin trató de hacerse algunos amigos en el bar del buque. Pero toda aquella gente era mucho más joven, y Martin no tenía nada en común con ellos. Además, deseaban bailar y beber, y Martin no se encontraba en condiciones de disfrutar de tales pasatiempos. A pesar de ello, lo intentó.

Tal vez fuera por eso por lo que tuvo el pequeño accidente el día anterior al que atracasen en San Francisco. «Pequeño accidente» fue la descripción que dio el doctor de a bordo, pero Martin se fijó en que tenía un aspecto muy serio cuando le ordenó que se quedara en cama y hasta llamó a una ambulancia para que fuera a recibir al barco al muelle y llevase al paciente directamente al hospital.

En el hospital, a pesar de aquel tratamiento excesivo con aquellas excesivas sonrisas y aquellas atentas palabras no engañaron a Martin.

Era un viejo cuyo corazón estaba débil, pensaban que iba a morirse.

Pero podía ser más listo que ellos. Aún tenía el reloj. Lo encontró en su chaqueta cuando se puso la ropa, y huyó del hospital.

No tenía por qué morir. Podía burlar la muerte con un solo gesto..., y pensaba hacerlo, allá afuera, como un hombre libre, bajo el cielo abierto.

Aquél era el verdadero secreto de la felicidad. Ahora lo comprendía. Ni siquiera la amistad representaba tanto como la libertad. Aquello era lo mejor de todo: el estar libre de amigos o familia o de las furias de la carne.

Bajo el cielo nocturno, Martin caminó lentamente junto al andén de carga. Ahora que lo pensaba, estaba justamente donde había comenzado, hacía tantos años. Pero el momento era bueno, lo bastante bueno como para prolongarlo para siempre. Quien en una ocasión había sido un vagabundo, lo seguía siendo siempre.

Sonrió mientras pensaba en ello, y luego su sonrisa se contorsionó seca y repentinamente, como el dolor que estaba seca y repentinamente contrayendo su pecho. El mundo comenzó a girar, y cayó por el costado del muelle de carga.

Aunque no podía ver muy bien, todavía estaba consciente y sabía lo que había pasado. Otro ataque, y bastante malo. Quizás el definitivo. Excepto que ya no iba a seguir haciendo el estúpido. No iba a esperar para ver lo que encontraba al doblar la esquina.

Justo aquél era el momento, llegaba la oportunidad de usar su deseo y salvar su vida. E iba a hacerlo. Aún podía moverse, nada lo detendría.

Buscó en su bolsillo y sacó el viejo reloj de plata, tanteando la corona. Unas cuantas vueltas, y burlaría a la muerte. Nunca tendría que viajar en aquel Tren al Infierno. Podría continuar vivo para siempre.

Para siempre.

Martin no había considerado nunca antes aquellas palabras. Vivir siempre... Pero ¿cómo? ¿Deseaba seguir siempre así, un hombre enfermo, yaciendo inerme sobre la hierba?

No. No podía hacerlo. No lo haría. De pronto, tuvo grandes deseos de llorar, porque supo que en algún punto a lo largo de su vida se había pasado de listo. Y ahora era demasiado tarde. Se le nubló la vista, sintió un estrepitoso sonido en los oídos...

Naturalmente, lo reconoció. Y no se sorprendió lo más mínimo al ver el tren salir corriendo de entre la niebla y llegar hasta el andén. Tampoco se sintió sorprendido cuando se detuvo, ni cuando el revisor descendió y caminó lentamente hacia él.

El revisor no había cambiado en lo más mínimo. Incluso seguía mostrando la misma sonrisa.

–¡Hola, Martin! –dijo–. Viajeros al tren.

–Lo sé –susurró Martin–. Pero tendrá que llevarme. No puedo caminar. Y tampoco puedo hablar, ¿no?

–Sí, sí puedes –dijo el revisor–. Te puedo oír muy bien. Y también puedes caminar.

Se inclinó, y colocó su mano sobre el pecho de Martin. Siguió un momento de helado atontamiento, y luego Martin pudo caminar de nuevo.

Se alzó y siguió al revisor a lo largo de la rampa, llegando hasta el lado del tren.

–¿Aquí? –preguntó.

–No, en el siguiente vagón –murmuró el revisor–. Supongo que tienes derecho a viajar en primera. Después de todo, eres un hombre de éxito. Has disfrutado de las alegrías de la riqueza, la posición social y el prestigio. Has conocido los placeres del matrimonio y la paternidad. Has probado las delicias de la comida y la bebida y también el sexo, y has viajado mucho y bien. Así que nada de recriminaciones de última hora.

–De acuerdo –suspiró Martin–. No puedo culparle de mis errores. Por otra parte, tampoco usted puede atribuirse lo que sucedió. Trabajé para lograr cada una de las cosas que deseaba. Lo hice todo por mí mismo. Ni siquiera necesité su reloj.

–Así es –asintió el revisor, sonriendo–. Pero ¿te importaría devolvérmelo ahora?

–Lo necesita para el siguiente tonto, ¿eh? –murmuró Martin.

–Quizá.

Algo en la forma en que lo dijo hizo que Martin alzase la vista. Trató de ver los ojos del revisor, pero la visera de su gorra los mantenía en la sombra, así que bajó de nuevo la vista a su reloj.

–Dígame una cosa –dijo suavemente–. Si le devuelvo el reloj, ¿qué es lo que hará con él?

–Pues tirarlo a la cuneta –le explicó el revisor–. Eso es lo que haré con él.

Y extendió la mano.

–¿Qué pasaría si alguien lo encontrara y diera vueltas hacia atrás a la corona y detuviese el tiempo?

–Nadie haría eso –murmuró el revisor–. Aunque lo supieran.

–¿Quiere decir que todo fue un truco? ¿Que éste es únicamente un reloj barato y ordinario?

–Yo no he dicho eso –repuso el revisor–. Sólo he dicho que nunca nadie gira hacia atrás la corona de un reloj. Todos han sido como tú, Martin. Todos esperaban hallar la felicidad perfecta. Esperaban un momento que jamás llega.

El revisor extendió de nuevo la mano.

Martin suspiró y agitó la cabeza.

–Después de todo, me engañó.

–Tú mismo te engañaste, Martin. Y ahora vas a viajar en este Tren al Infierno.

Empujó a Martin escalones arriba, al interior del vagón. Mientras entraba, el tren empezó a moverse, y aulló el pito. Y Martin se quedó de pie en el traqueteante vagón de primera, mirando a los otros pasajeros situados a lo largo del pasillo. Los podía ver a todos ellos allí sentados, y de alguna manera no le resultaba nada extraño.

Allí estaban: los borrachos y los pecadores, los jugadores y los que aceptan sobornos, los manirrotos, los donjuanes, toda esa alegre compañía. Aunque sabían adónde iban, no parecía importarles lo más mínimo. Las cortinillas estaban corridas en todas las ventanas, pero había luz dentro; y todos ellos estaban disfrutando, cantando y pasándose botellas y rugiendo a carcajadas, jugando a dados y contando sus chistes y fanfarroneando por todo lo grande, justo como papi acostumbraba a decir de ellos en su vieja canción.

–Unos encantadores compañeros de viaje –dijo Martin–. Vaya, lo cierto es que jamás había visto un grupo de gente más agradable que éste. Y parece que están disfrutando de lo lindo.

El revisor se alzó de hombros.

–Me temo que las cosas no serán tan alegres cuando nos detengamos en la Estación de Allá Abajo.

Por tercera vez, extendió la mano.

–Ahora, antes de que te sientes, tienes que darme ese reloj. Un trato es un trato...

Martin sonrió.

–Un trato es un trato –repitió a modo de eco–. Acepté viajar en su tren si podía detener el tiempo cuando hallase el momento justo de felicidad. Y creo que en este momento soy más feliz de lo que lo he sido nunca antes.

Muy lentamente, Martin tiró de la corona de plata.

–¡No! –jadeó el revisor–. ¡No!

Pero la corona giró.

–¿Te das cuenta de lo que has hecho? –aulló el revisor–. ¡Ahora jamás llegaremos a la estación! ¡Todos nosotros seguiremos viajando... para siempre!

Martin hizo un gesto de alegría.

–Lo sé –dijo–. Pero lo divertido es el viaje, no la llegada. Usted mismo me lo dijo, y pienso disfrutar de un maravilloso viaje. Mire, quizás hasta pueda ayudar. Si me busca una de esas gorras y me permite conservar este reloj...

Así fue como por fin se resolvieron las cosas. Con su gorra puesta, y el maltratado y viejo reloj de plata en su bolsillo, no hay persona más feliz, dentro o fuera de este mundo, ahora y siempre, que Martin. Martin, el nuevo guardafrenos de ese Tren al Infierno.

martes, 19 de abril de 2022

Todos los mares llenos de ostras, cuento de Avram Davidson

 


Cuando el hombre entró en la tienda de bicicletas F & O, Oscar le salió al encuentro con un cordial:

–¡Hola, amigo! –Poco a poco, a medida que podía ver más de cerca al cliente, un hombre de mediana edad con gafas y traje impecable, Oscar frunció el ceño y la sensación de duda bañó su rostro–. Esto... yo a usted le conozco –murmuró–, señor... hum, tengo su nombre en la punta de la lengua. Maldita sea, no me sale.

Oscar era un tipo corpulento. Tenía el pelo anaranjado.

–Apuesto que sí –repuso el hombre. De la solapa del impecable traje llevaba prendido un emblema con un león–. ¿Recuerda que me vendió una bicicleta de chica para mi hija? Estuvimos hablando de la bicicleta de carreras roja hecha en Francia en la que su socio estaba trabajando...

Oscar dio un manotazo a la caja registradora, alzó la cabeza y los ojos se le salían de las órbitas.

–¡El señor Whatney! ¡El señor Whatney! –Sonrió abiertamente–. Oh, seguro. Vaya, ¿cómo se me pudo olvidar? Recuerdo que después cruzamos la calle y nos tomamos un par de cervezas. Bien, ¿cómo le van las cosas, señor Whatney? Espero que la bicicleta... era un modelo inglés, si no me equivoco. Sí, debe haberle satisfecho, de lo contrario no habría vuelto, ¿no?

La respuesta disipó las dudas de Oscar; dijo que la bicicleta era excelente, verdaderamente excelente, y añadió:

–Creo que ha habido algún cambio por aquí. Ahora está solo. Su socio...

Oscar bajó la mirada, adelantó el labio inferior y asintió con la cabeza.

–¿Oyó hablar de eso? Ahora, estoy solo. Hace tres meses que estoy solo.

 

 

Aunque ya se tambaleaba hacía tiempo, la sociedad se había disuelto hacía tres meses. Las preferencias de Ferd se dirigían a los discos, los libros y las conversaciones profundas. Mientras que a Oscar le gustaban la cerveza, los bolos y las mujeres. Cualquier mujer, a cualquier hora. Como la tienda estaba situada cerca del parque, hacían mucho negocio con la gente que iba allí a merendar y alquilaban bicicletas. En el caso de que una mujer fuese lo suficientemente mayor como para ser llamada mujer y no lo bastante como para ser llamada vieja, o en el que estuviese en un punto intermedio, si se encontraba sola, Oscar se apresuraba a preguntarle:

–¿Qué tal le va esta bicicleta? ¿Se siente bien?

–Bueno... yo diría que sí.

Tomando otra bicicleta, Oscar añadía:

–Bueno, para estar seguro iré un poco con usted. Vuelvo enseguida, Ferd.

Aunque con seriedad, Ferd asentía siempre. Sabía que Oscar tardaría en regresar. De vuelta, Oscar solía hacerle siempre el mismo comentario:

–Espero que te haya ido tan bien en la tienda como a mí en el parque.

–Siempre y a todas horas me estás dejando solo –contestaba Ferd malhumorado.

Y Oscar generalmente le replicaba:

–De acuerdo, cambiaremos los papeles; la próxima vez tú vas y me dejas aquí a mí. Para que luego digas que no te dejo divertirte. –Naturalmente, ya sabía de antemano que Ferd, el alto, delgado, desorbitado Ferd, nunca iría–. Te hará que te salgan los pelos –añadía Oscar, dándole palmaditas en el pecho.

Ferd farfullaba que no necesitaba más pelos en el pecho, que así estaba bien. Cuando nadie podía verle, miraba sus antebrazos: cubiertos de espeso y largo vello oscuro, por contra, sus brazos eran blancos y sin pelo. Desde que iba a la escuela ya era así, provocando las risas y burlas de algunos compañeros que llegaban a insultarle llamándole «Ferd el bicho». Sabían que esto le molestaba, a pesar de lo cual insistían en ello. En la escuela, y ahora también, se interrogaba sobre cómo era posible que, de modo deliberado, la gente hiciese daño a alguien que jamás les había molestado. ¿Cómo era eso posible?

También había otras cosas que le preocupaban. Constantemente.

«Los comunistas...», meneaba la cabeza mientras leía el periódico. En pocas palabras Oscar daba su opinión acerca de los comunistas. A lo mejor se trataba de la opinión que le merecía la pena capital.

–Oh, es verdaderamente terrible que se pueda llegar a ejecutar a un hombre inocente –se quejaba Ferd.

Por respuesta, Oscar decía que mala suerte para el tipo.

–Dame ese gancho de neumáticos –le pedía Oscar.

A Ferd incluso le preocupaban los pequeños problemas de los demás. Por ejemplo, en aquella ocasión en que una pareja con una bicicleta tándem y una cestita para niño entró en la tienda. Simplemente hincharon las ruedas, y gratis. La mujer quiso cambiar los pañales al niño, y entonces se le rompió uno de los imperdibles que sujetan los lados.

–¿Por qué será que nunca llevo imperdibles encima? –comentó la mujer, mientras rebuscaba en su bolso–. Nunca se llevan imperdibles encima.

Tras hacer un comentario amistoso, Ferd miró a ver si tenía alguno; pero, aun sabiendo a ciencia cierta que en la oficina debía tener alguno, no consiguió encontrarlos. La pareja se marchó con un lado de los pañales atado con un tosco nudo por imperdible.

 

 

Ferd hizo un comentario durante la comida, diciendo que era una pena lo de los imperdibles. Oscar hincó los dientes en su bocadillo, tiró, arrancó y masticó, tragando luego. A Ferd le gustaba hacer experimentos con composiciones para bocadillo: la que más le gustaba era crema de queso, aceitunas, anchoas y aguacates, todo trinchado y mezclado con mayonesa... Pero la comida de Oscar era siempre la misma: carne de lata.

–Eso de tener un niño debe de ser complicado –dijo Ferd, entre bocado y bocado–. No sólo al viajar, sino también al criarlo.

–¡Por Dios! –exclamó Oscar–. Casi en cada esquina hay una tienda, y no es preciso saber leer para fijarse en los escaparates.

–¿Tiendas? Ah, para comprar imperdibles, quieres decir.

–En efecto. Imperdibles.

–Pero... ¿sabes?, sucede así... nunca hay imperdibles cuando se necesitan.

Oscar destapó su cerveza, tomando un primer trago.

–Exacto. Pero, en cambio, siempre hay muchas perchas. Cada mes se tiran, y al mes siguiente de nuevo el armario está lleno. Si quieres, cuando no tengas nada que hacer, te dedicas a intentar inventar un aparato que transforme las perchas de ropa en imperdibles.

Ensimismado, Ferd asintió.

–Ya sabes que mi tiempo libre lo dedico a la bicicleta de carreras francesa...

Se trataba de una hermosa máquina, ligera, baja, rápida, roja y brillante. Cuando uno montaba en ella se sentía tan ligero como un pájaro. Por muy buena que fuera, Ferd estaba convencido de que la podía mejorar. Insistentemente se la enseñaba a todo el que entraba en la tienda.

La naturaleza, cualquier texto que tratase de ella, se había convertido en su más reciente afición. Un día, unos chicos que volvían del parque, le enseñaron unas latas de conserva en las que habían recogido y guardado salamandras y sapos. Tras este incidente, abandonó mucho su trabajo en la bicicleta de carreras roja. A partir de entonces dedicó su tiempo libre, casi en exclusiva, a leer libros de historia natural.

–¡La mimetización! –le gritaba a Oscar–. ¡Es algo fantástico!

Oscar, que estaba absorto leyendo las noticias sobre bolos en el periódico, le miró.

–La otra noche en la televisión salió Edie Adams, haciendo su imitación de Marilyn Monroe. Muchacho, ¡qué número!

Ferd agitó la cabeza, estaba realmente enojado.

–No me refiero a ese tipo de mimetismo. Me refiero al modo en que los insectos y arácnidos se mimetizan adoptando la forma de hojas y ramitas, evitando así que los pájaros u otros insectos y arácnidos los degüellen.

El grueso rostro de Oscar se transformó en un grueso rostro incrédulo.

–¿Me intentas explicar que cambian de forma? ¿Qué pretendes hacerme creer?

–No intento hacerte creer nada que no sea cierto. Aunque a veces el mimetismo viene motivado por actitudes agresivas... como en el caso de una tortuga africana que parece una roca, al no hacer sospechar, los peces nadan hasta ella y así los atrapa. O en el de esa araña de Sumatra. Cuando está sobre su espalda, parece un excremento de pájaro. Es así como consigue cazar a las mariposas.

El molesto e increíble sonido de la risa de Oscar se dejó oír. El sonido cesó cuando la atención de Oscar se centró en los resultados de los bolos. Sin dejar de leer, su mano buscó en su bolsillo, salió de él, rascó ausentemente la pelambrera anaranjada bajo la camisa, y, por último, se perdió en el bolsillo trasero de su pantalón.

–¿Dónde está ese lápiz? –preguntó. Se levantó del asiento para ir hasta la oficina y allí rebuscar en los cajones. Dio un fuerte grito–: ¡Hey!

Ferd entró en la pequeña habitación.

–¿Qué pasa? –le preguntó.

Oscar le indicó el cajón.

–¿Supongo que recordarás que aquí no había ningún imperdible? Pues mira... todo ese maldito cajón está lleno.

Tras mirar con asombro, Ferd se rascó la cabeza, y con un hilillo de voz dijo que estaba seguro de haber mirado allí...

Un tono de voz totalmente contrario al de Ferd le dijo desde fuera de la estancia:

–¿Hay alguien?

Inmediatamente, Oscar dio la espalda al escritorio y a lo que contenía, y contestó:

–Voy en seguida –dijo mientras desaparecía.

Lentamente Ferd le siguió.

La persona que había entrado era una mujer joven, una mujer joven de aspecto bastante robusto, con musculosas pantorrillas y gran pecho. Señalaba el sillín de su bicicleta como queriendo mostrarle algo a Oscar, pero éste la miraba más a ella que a otra cosa, al tiempo que decía: «Uh-u».

–Como puede ver («Uh-u»), está demasiado hacia delante. Tan sólo necesito una llave inglesa («Uh-u»). Qué despistada soy, olvidé mis herramientas.

–Uh-u –repitió automáticamente Oscar, y luego añadió–: Se lo arreglaré en un instante.

Aunque ella insistía en que podía arreglarlo por sí misma, fue Oscar quien lo hizo, aunque no en un instante. No quiso aceptar dinero. Prolongó la conversación tanto como le fue posible.

–Bueno, gracias –le dijo la joven–. Ahora tengo que irme.

–¿Está bien tal como ha quedado ahora?

–Perfectamente, gracias...

–Le diré lo que haremos. Iré con usted un rato, para ver si...

El pecho de la joven se agitó por las carcajadas.

–¡Oh, no iba a poder seguir mi ritmo! ¡Mi máquina es de carreras!

En cuanto vio la mirada de Oscar dirigirse hacia el rincón, Ferd supo en lo que estaba pensando. Dio un paso hacia delante. Su grito: «¡no!», fue ahogado por la voz de su socio diciendo:

–¡Bueno, supongo que esta otra podrá mantener ese ritmo!

La joven rió alegremente, dijo: «Bueno, ya veremos», y salió. Oscar, ignorando la mano de Ferd, montó sobre su bicicleta francesa y desapareció. Ferd se quedó en la puerta, mirando cómo las dos figuras, inclinadas sobre los manillares, se desvanecían a lo largo del camino que llevaba al parque. Volvió a entrar, lentamente.

 

 

Había oscurecido ya cuando Oscar regresó sudando, aunque sonriendo. Sonreía de oreja a oreja.

–¡Hey, vaya una chica! –gritó. Agitó la cabeza, silbó, hizo gestos y sonidos como de vapor que escapa–. ¡Muchacho, oh, muchacho, qué tarde!

–Dame la bicicleta –ordenó Ferd.

Oscar dijo que sí, que seguro; la entregó, y fue a lavarse. Ferd observó la máquina. El esmalte rojo estaba cubierto de polvo; tenía barro, suciedad y fragmentos de hierba seca. Parecía envilecida..., degradada. Y la había notado como un pájaro cuando montaba en ella...

Oscar regresó húmedo y sonriente. Lanzó un grito de desaliento y corrió.

–Apártate –dijo Ferd, haciendo un gesto con el cuchillo.

Rasgó los neumáticos, el sillín y su tapizado, una y otra vez.

–¿Estás loco? –aulló Oscar–. ¿Has perdido la cabeza? ¡Ferd, no lo hagas, no, Ferd...!

Ferd cortó los radios, los dobló, los rompió. Tomó el martillo más pesado y golpeó con él el bastidor hasta hacerle perder la forma. Y luego siguió golpeándolo hasta no poder más.

–No sólo estás loco –le dijo Oscar amargamente–, sino terriblemente celoso. ¡Y puedes irte al infierno!

Se marchó, pisando muy fuerte.

Ferd, sintiéndose mareado y envarado, cerró la tienda y se marchó lentamente a casa. No tenía ganas de leer, apagó la luz y se dejó caer sobre la cama, donde transcurrieron las horas escuchando los sonidos susurrantes de la noche y sufriendo pensamientos agrios y enrevesados.

Excepto para las necesidades del trabajo, no se hablaron durante muchos días después de aquel incidente. Los restos de la bicicleta de carreras francesa se hallaban detrás de la tienda. Durante dos semanas ninguno deseó ir allí, no querían verlos.

Una mañana, cuando Ferd llegó y fue saludado por su socio, éste empezó a agitar su cabeza, asombrado, aun antes de empezar a hablar:

–¿Cómo lo hiciste? ¿Cómo lo hiciste, Ferd? ¡Jesús, qué hermosura! Tengo que reconocerlo... Ya no habrán malos sentimientos entre nosotros, ¿eh, Ferd?

Ferd le estrechó la mano.

–Seguro, seguro. Pero ¿de qué estás hablando?

Oscar le acompañó a la parte trasera de la tienda. Allí estaba la bicicleta de carreras roja, en una pieza, sin una marca o señal, con su esmalte tan brillante como siempre. Ferd abrió desmesuradamente la boca. Se acurrucó y la examinó. Era su máquina. Presentaba cada cambio y cada mejora que le había hecho.

Se alzó lentamente.

–Regeneración...

–¿Qué? ¿Qué dices? –le preguntó Oscar–. Oye, chico, estás muy pálido. ¿Qué has hecho, trabajar toda la noche sin dormir? Entra y siéntate. Pero sigo sin saber cómo has conseguido hacerlo.

Una vez dentro, Ferd se sentó. Se humedeció los labios y dijo:

–Oscar, escúchame...

–¿Ajá?

–Oscar, ¿sabes lo que es la regeneración? ¿No? Escucha: en algunos tipos de lagartos, cuando los agarras por la cola, ésta se rompe y les crece una nueva. Si un cangrejo pierde una pinza, regenera otra. Algunos tipos de gusanos, y las hidras y las estrellas de mar, si los cortas a trozos, a cada uno de ellos le crecen las partes que le faltan. Las salamandras pueden regenerar manos perdidas, y a las ranas les crecen otra vez las patas.

–No me digas, Ferd. De acuerdo, todo eso de la naturaleza me parece muy interesante. Pero volvamos ahora a la bicicleta... ¿Cómo lograste repararla tan bien?

–Ni la toqué. Se regeneró. Como una lagartija acuática. O una langosta.

Oscar pensó en ello. Bajó la cabeza, y miró a Ferd de reojo.

–Bueno, Ferd... Óyeme... ¿Cómo es que no todas las bicicletas hacen eso?

–Ésta no es una bicicleta corriente. Quiero decir que no es una verdadera bicicleta. –Observando la mirada de Oscar, le gritó–: ¡Bueno, pues es cierto!

El grito transformó la actitud de Oscar, de asombro pasó a incredulidad. Se puso en pie.

–Supongamos por un momento que todas esas cosas de los bichos y lagartijas o lo que infiernos estés hablando sea cierto. Pero esos están vivos. Una bicicleta no.

Bajó la vista, triunfante.

Ferd movió la pierna de un lado a otro, y se la miró.

–Un cristal tampoco está vivo, pero un cristal rojo puede regenerarse, si se dan las condiciones correctas. Oscar, mira si los imperdibles siguen en el escritorio. Por favor.

Escuchó a Oscar murmurar mientras abría los cajones del escritorio, buscando en ellos. Los cerró de golpe y regresó.

–No –dijo–. Han desaparecido todos. Como dijo aquella señora, o como dijiste tú, nunca hay imperdibles cuando uno los busca. Desapare... ¿Ferd? ¿Qué es lo que...?

Repentinamente, Ferd abrió de un tirón la puertecilla del armario de la ropa, y retrocedió al tiempo que una cascada de perchas caía al suelo.

–Y como tú dijiste –comentó Ferd con la boca torcida–, por otra parte, siempre hay muchas perchas. Antes no estaban ahí.

Oscar se encogió de hombros.

–No sé adónde quieres ir a parar. Cualquiera pudo entrar, llevarse los imperdibles y dejar las perchas. Yo pude hacerlo, pero no lo hice. O tú pudiste. Quizá... –entrecerró los ojos–. Quizá viniste dormido, sonámbulo, y lo hiciste. Será mejor que vayas a ver a un doctor. Jesús, pareces estarte pudriendo.

Ferd volvió a sentarse, sujetándose la cabeza entre las manos.

–Me siento podrido. Estoy asustado, Oscar. ¿Y asustado de qué? –Suspiró profundamente–. Te lo diré. Como te expliqué antes, hay cosas que viven en lugares poco seguros y se mimetizan como si fueran otras cosas. Ramas, hojas... sapos que parecen rocas. Bueno, supongo que hay... cosas... que viven en los lugares en que vive el hombre. Ciudades, casas. Esos seres podrían imitar... Bueno, otras cosas que se encuentran en los hogares de los hombres.

–¡Qué idea!

–Quizá se trate de una forma de vida distinta. Quizá se alimentan de los elementos que hay en el aire. ¿Sabes lo que son los imperdibles... esos seudoimperdibles? Oscar, esos imperdibles son las crisálidas, y después se transforman, pasando a ser larvas. Que tienen la forma de perchas. Hasta tienen el mismo tacto que éstas, pero no lo son. Oscar, no lo son. En realidad no lo son. No lo son...

Comenzó a llorar, sin levantar la cabeza de entre las manos. Oscar lo miró y agitó la cabeza.

Al cabo de un minuto, Ferd consiguió controlarse un poco. Sorbió por la nariz.

–Todas esas bicicletas que encuentra la policía, y que guarda esperando que aparezcan sus dueños, y que luego les compramos en una subasta porque nadie las ha reclamado, porque no tienen dueños, son iguales que estas que los chicos siempre tratan de vendernos, diciéndonos que se las han encontrado, y es cierto, pues nunca fueron hechas en una fábrica. Crecieron. Crecen. Las aplastas, y las tiras, y se regeneran.

Oscar se volvió hacia alguien que no estaba allí, y movió la cabeza.

–Jooooo, muchacho –dijo. Y luego, volviéndose hacia Ferd–: ¿Quieres decir que un día son un imperdible, y al día siguiente una percha?

 

 

Ferd le contestó:

–Un día hay un huevo; al siguiente, una polilla. Un día hay un huevo; al siguiente, un pollo. Pero con esas... cosas, no sucede de día, cuando puede verse. Pero durante la noche, Oscar, durante la noche, puedes oír cómo sucede. Todos estos ruiditos de la noche, Oscar...

–Entonces, ¿cómo es que no estamos forrados de bicicletas? –dijo Oscar–. Si tuviera una por cada percha...

Pero Ferd también había pensado en ello. Si cada hueva de bacalao, explicó, o cada una de ostra creciese hasta madurar, un hombre podría caminar a través del océano pisando los bacalaos o las ostras que lo cubrirían. Pero morían tantas, y tantas eran devoradas por animales predatorios, que la naturaleza tenía que producir un máximo con el fin de lograr que un mínimo llegase a la madurez. Y la pregunta de Oscar fue: entonces, ¿quién, esto, se come las, esto, perchas?

Los ojos de Ferd se enfocaron a través de la pared, los edificios, el parque, y más edificios, hasta llegar al horizonte.

–Tienes que verlo de una manera global. No te estoy hablando de imperdibles o perchas reales. Tengo un nombre para esos otros; los llamo: falsos amigos. En la escuela, cuando estudiaba francés, teníamos que vigilar las palabras francesas que se parecían a otras de nuestro idioma pero que en realidad eran diferentes. Faux amis, les llamábamos. Falsos amigos. Seudoimperdibles, seudoperchas... ¿quién se los come? No estoy seguro. ¿Serán los seudoaspiradores?

Con un fuerte gruñido, su socio se golpeó las caderas con las manos.

–Ferd, Ferd, por Cristo –dijo–. ¿Sabes cuál es tu problema? Que hablas de ostras, pero te olvidas para qué sirven. Olvidas que hay dos tipos de gente en el mundo. Cierra los libros, esos libros de bichos y esos libros de francés. Sal, mézclate con la gente, haz amigos. Bebe cerveza. ¿Sabes qué haremos? La próxima vez que Norma, que es esa chica de la bicicleta de carreras, la próxima vez que venga por aquí, tú coges la bicicleta roja y te vas al bosque con ella. No me importa. Y no creo que a ella le importe tampoco. Al menos, no demasiado.

Pero Ferd dijo que no.

–Nunca quiero volver a tocar esa bicicleta de carreras. Le tengo miedo.

Ante esta respuesta, Oscar lo obligó a levantarse, y entre protestas lo arrastró hasta la parte trasera, obligándole a subirse a la máquina francesa.

–Es la única forma de que te quites el miedo que le tienes.

Ferd se puso en marcha, con el rostro pálido y tembloroso. Y un momento más tarde estaba por el suelo, rodando y pataleando, chillando.

Oscar le sacó de debajo de la máquina.

–¡Me tiró al suelo! –aulló Ferd–. ¡Trató de matarme! ¡Mira... sangre!

Su socio dijo que había sido un bache lo que le había tirado... y su propio miedo. ¿La sangre? Había sido un radio roto que le había arañado la mejilla. Insistió en que Ferd montara de nuevo la bicicleta, para controlar su miedo.

Pero Ferd se había puesto histérico. Gritó que nadie estaba a salvo, que la humanidad tenía que ser avisada. Oscar tardó un buen rato en poder calmarlo y lograr llevarlo a casa y meterlo en la cama.

 

 

Obviamente, al señor Whatney no le explicó todo esto. Simplemente le dijo que su socio se había hartado del negocio de bicicletas.

–No sirve de nada preocuparse tratando de cambiar el mundo –señaló–. Siempre he dicho que las cosas son como son. Si uno no puede derrotarlas, tiene que unirse a ellas.

El señor Whatney dijo que justamente ésa era su propia filosofía, y le preguntó cómo iban las cosas.

–Bueno... no demasiado mal. ¿Sabe?, estoy prometido. Se llama Norma. Está loca por las bicicletas. Considerándolo bien, las cosas no van nada mal. Sí, tengo más trabajo, pero ahora puedo hacer las cosas a mi manera, así que...

El señor Whatney asintió. Paseó su mirada por toda la tienda.

–Veo que todavía hacen bicicletas para chica –dijo–. Aunque, ya que cada vez se ven más chicas con pantalones, no sé por qué se preocupan.

Oscar le contestó:

–Bueno, no sé. A mí me gusta así. ¿No ha pensado nunca que las bicicletas son como la gente? Quiero decir que, de todas las máquinas del mundo, las bicicletas son las únicas en las que hay machos y hembras.

El señor Whatney, con una sonrisa en los labios, dijo que tenía razón, y que jamás había pensado en ello. Entonces, Oscar le preguntó al señor Whatney si deseaba alguna cosa en especial... y no era que no apreciara su visita en cualquier momento.

–Bueno, quería ver lo que tiene por aquí. Se acerca el cumpleaños de mi chico y...

Oscar asintió comprensivamente.

–Aquí tiene una bicicleta –dijo– que no es posible conseguir en ningún otro lugar. Es la especialidad de la casa. Es una combinación de las mejores características de la bicicleta de carreras francesa y la bicicleta estándar norteamericana. Sólo que se fabrica aquí mismo, y se presenta en tres modelos: infantil, juvenil y normal. ¿No le parece hermosa?

El señor Whatney observó que justamente podía ser lo que andaba buscando.

–Por cierto –preguntó–, ¿qué pasó con aquella bicicleta de carreras, la roja, que andaba por allí?

El rostro de Oscar se contorsionó en una mueca. Luego tomó una expresión suave e inocente, y se inclinó hacia su cliente dándole un codazo.

–Oh, ¿esa? ¿La vieja francesa? ¡Pues la uso de semental!

Y se echaron a reír, después se contaron algunos chistes y realizaron la transacción, se tomaron unas cuantas cervezas, y continuaron riendo. Comentaron que era una pena lo del pobre Ferd, el pobre Ferd, que había sido encontrado en su propio armario, con una percha enrollada fuertemente alrededor de su cuello...