viernes, 10 de abril de 2026

El ojo en la garganta, cuento de Samanta Schweblin

 


Mi padre atiende el teléfono. Tiene veintisiete años y, como hace todo el mundo en los noventa, levanta el tubo sin saber quién está llamando. La gente llama y dice soy yo, Carmen, o dice soy de la oficina de correos, o dice buen día, quería confirmar su turno. Pero en la noche, si el teléfono suena y mi padre atiende, nadie responde. Él espera con el tubo en la oreja hasta que se cansa de estar ahí sin hacer nada, o de hacer preguntas en vano, o incluso a veces de putear. Apoya el tubo sobre el aparato y, aunque el clac mecánico da por cerrado el asunto, presiente que hay algo más. El silencio que lo llama cada noche se le queda pegado a lo largo del día, y no puede dejar de pensar en Morris. En él y en las tres islas de surtidores de la estación de servicio de General Acha, las mangueras colgadas de los soportes, las luces nocturnas de esa YPF de la interminable ruta pampeana. Para mi padre el silencio es un disgusto tramposo, y los llamados, un largo enigma que lo acompañará durante casi veinte años.

Es una época en la que unos pocos artefactos hogareños son capaces de funcionar sin cables. Oculto dentro de la pila, y la pila oculta a su vez tras pequeños compartimentos plásticos, el litio es un elemento imperceptible y encapsulado, latiendo en silencio en cientos y miles de corazones metálicos a los que nadie les está prestando la atención que debería. La gente se olvida de ellos, y sin pila a la vista, en ese barrio de El Bolsón y en todas las ciudades del mundo, esta nueva forma de energía parece un milagro sencillo.

Para que el timbre no suene, mi padre desconecta el teléfono antes de acostarme y vuelve a conectarlo al día siguiente. La familia entera vela por mi sueño, también los médicos y la mujer que viene a limpiar. ¿Cómo pasó la noche el chico? Dormir es peligroso. Relaja mi laringe abierta, los músculos aún débiles, los tendones que nunca volvieron a sanar. Si me ahogo, me despierto. ¿Pero qué es realmente lo que me ahoga?

A veces mi madre atiende y el llamado se interrumpe de inmediato. Cuando por algún motivo mi padre se olvida de desconectarlo y el teléfono suena, sabemos que suena solo para él. Y mi padre, que es agente de ventas y cuyo trabajo consiste sobre todo en leer en la cara de la gente cosas que la gente no sabía que tenía escritas, se queda escuchando ese silencio sin cara con el tubo un buen rato en la oreja, aterrado por su propio desconcierto.

 

Casi seis meses antes de que empezaran las llamadas, tengo dos años y estoy sentado frente a la pantalla de un Grundig en el living de mi abuela paterna. En cuanto me distraigo gateo y camino bamboleándome, investigo cada objeto con el que me cruzo, toco todo lo que esté al alcance de mis manos. A quien sea que dejen a mi cuidado, mi madre dice «por favor, prestá atención». Incluso se lo dice a mi padre esa tarde, dos veces, antes de dejarnos en la casa de la abuela. Los dibujos animados suenan en el living y me entretienen solo de a ratos. Desde el comedor, mi padre charla con la abuela sin dejar de controlar qué estoy haciendo, siempre atento a mis movimientos, a mi constante conversación con las cosas que me rodean.

Si no entiendo claramente la función de los objetos, los chupo, los muerdo, los golpeo unos con otros. Las chancletas contra el control remoto del televisor, el control remoto contra la calculadora de la repisa; el reloj de la abuela, a la boca y, antes de abandonarlo en el piso, lo golpeo un par de veces contra la alfombra. Me calman los objetos a los que sí les encuentro una función. Las muñecas rusas del estante inferior se desarman, van una dentro de la otra, se vuelven a cerrar. Es complejo calzar las piezas, pero hay un deseo de plenitud en esas formas capaces de separarse en dos y luego volver a unirse que me fascina aún más que los números digitales de la calculadora o la pantalla del Grundig.

Basta un largo silencio para que mi padre se voltee. Sentado frente al televisor, rodeado de objetos desparramados por el piso, descubro que está asustado. Se levanta, viene hacia mí de un salto porque lo que pasa no es un berrinche, eso es algo que él entiende enseguida. No es el silencio que antecede al llanto. Ha visto mi cara, cómo inf lo mis cachetes hasta ponerlos colorados, algo está ocurriendo. Tarda unos segundos en entender que me estoy ahogando, que no puedo respirar. Cierro una de mis manitas en puño y me golpeo la boca con torpeza.

—¿Qué hiciste? —me pregunta.

Intenta abrirme el puño, la boca. Me escabullo, me atrapa. Fuerza mis dedos para abrirme la mano. De pronto trago, trago algo y mi padre me mira con terror.

—¿Qué es eso? ¡Qué tragaste!

Los ojos se me llenan de lágrimas.

—¿Qué te tragaste?

—Nada —digo.

Mi voz es tan dulce que parece sincera, su recuerdo lo interrumpe todo cada vez que vuelve. Un sonido que me pertenece pero está quebrado. Acción y consecuencia, escena tras escena, a partir de ahora mi padre y yo recordamos todo con la nitidez de una alarma que ninguno logrará volver a apagar. Digo «nada» y me conmueve el milagro de mi lengua tocando el paladar superior, el aire bajando por la tráquea hasta los pulmones y la vibración de mis cuerdas vocales.

Mi padre me agarra y yo lo dejo, aún confío en él. Me abre la boca porque quiere mirar adentro, quiere creer que no hay nada, ni ahora ni un momento antes, pero tiene que estar seguro.

—Decí la verdad, es importante —dice—. ¿Te tragaste algo?

Niego.

—¿No te tragaste nada?

Parece una pregunta distinta, pero intuyo la trampa y doy la misma respuesta.

En El Bolsón, y en todas las ciudades del mundo, en esta época en la que casi todo lo que funciona está unido por cables a las paredes, no hay ningún lugar donde podamos llamar a mamá. Si queremos saber su opinión, hay que esperar a que llegue. Mi padre piensa «el chico está bien», «el chico está bien», es un mantra silencioso golpeándole la sien desde adentro. Sentado pero desarmado, exhausto de tanto imaginar lo peor, se calma registrando cómo vuelvo a distraerme, juego, me río, tomo el gajo de mandarina que él deja frente a mí, me lo llevo a la boca y lo trago sin ningún problema.

Recién en la noche, ya en casa y después de comer, empiezo a toser. Más tarde, acostado en la cama, me despierto con arcadas, y entonces, por las dudas, «no sea cosa», dice mamá, y «mejor prevenir», piensa mi padre, me llevan a la salita de emergencias. Un médico me ausculta. «Parece que está todo bien», dice, sonriéndome con simpatía, «vuelvan si hay síntomas». Me pellizca un cachete. «O mañana, si no elimina nada por vía fecal y siguen las arcadas», dice ya en la puerta de su consultorio, buscando con la mirada al próximo paciente.

Con un tenedor, mamá aplasta concienzudamente cada deposición. Me ausculta como lo vio hacer al médico, pero con sus oídos. Grito de placer por las cosquillas de esa oreja fría en la panza, en el pecho y en la espalda, y entre risa y risa sigo tosiendo. Mamá, que aprendió que cuidar es entender qué hacer y por qué hay que hacerlo, me ausculta y me ausculta con la angustia de no saber qué es lo que está buscando. Se inquieta. Necesita una segunda opinión. Para el médico familiar esperamos hasta el día siguiente, y al día siguiente mamá obtiene el mismo diagnóstico.

En la mañana del tercer día amanezco afónico y con un poco de fiebre, en la tarde empiezan las dificultades respiratorias. Mamá llama al hospital, esta vez los médicos se alarman. Vomito en la sala de espera, me atienden directamente en rayos X. Un médico cuelga la radiografía frente a mi madre, sobre una caja luminosa. La placa es de un negro denso que apenas trasluce los huesos torácicos y las sombras de algunos órganos. Al centro, suspendida entre las clavículas, hay una circunferencia blanca y perfecta, tan llena de luz que las lámparas de la caja palpitan a través de ella. Es una centella que el médico señala con preocupación, justo debajo de mi garganta: pequeña, chata y redonda. Mi padre no deja de pensar en ella cuando, después de llevarnos a casa, va hasta lo de la abuela y revisa todos los objetos con los que he estado jugando. Abre y cierra el reloj de la mesada, abre y cierra el compartimento de las pilas del control remoto del Grundig; abre, pero no cierra, la tapita trasera de la calculadora digital. «¿Cómo sabías que no funcionaba?», pregunta mi abuela, que ata cabos rápido y entiende por qué su hijo se queda ahí parado sin decir nada.

A ciento veintidós kilómetros de El Bolsón, en Bariloche, se coordina por teléfono una cirugía para el día siguiente. Viajamos en la madrugada para estar en el hospital a primera hora. Ya en Internación, hay unos minutos en los que me quedo solo. Quizá es la primera vez que me quedo solo en un sitio que no es mi cuarto o el de la abuela. Estoy acostado en una camilla, en el pasillo de Cirugía. La enfermera a cargo se ha dado cuenta de que las planillas médicas no están y se va un momento a buscarlas. No estoy asustado. Miro el tubo de luz del techo, tan espectacularmente largo y titilante. Soy consciente de que hace unos días que casi no hablo, pero yo qué sé qué es normal y qué no. Un chico en la televisión dijo ayer que hay dientes falsos que se caen para que salgan los verdaderos, quizá también deja uno de hablar antes de que las primeras palabras verdaderamente adultas lleguen. Tal vez todos los chicos de mi edad pasan tarde o temprano por un pasillo así, y este tubo alto y largo tiene una función específica sobre mi cuerpo. Quizá, como dicen los médicos, se trata de esperar.

Un anestesista me duerme, un cirujano y dos asistentes practican una perforación traqueoesofágica y retiran la pila. La humedad interna del cuerpo ha puesto en marcha la corriente de la batería, que agujereó el esófago con una quemadura oscura y profunda. El litio, oculto en su corazón metálico, ha sido liberado. Las cuerdas vocales están dañadas y hay lesiones en la laringe, por el ref lujo. Reparan lo posible, toman notas minuciosas, prescriben medicamentos. Tras una segunda intervención, quedo entubado. Paso tres días en terapia intensiva. Hay que bajar con urgencia los altísimos niveles de toxicidad irradiada a los órganos conectados al esófago. Mamá camina de un lado a otro de mi cama. No puede sentarse, no puede pensar. Como las secuelas de la laringe han sido graves, y los problemas respiratorios continúan, deciden hacerme una traqueotomía.

Me despierto seis horas después y mis manos van directas hacia la garganta, aunque en realidad lo que pica tanto está un poco más abajo. Lo busco, tanteo, toco y descubro el plástico. Una protuberancia abierta que ahora es parte de mi cuerpo. Nos piden paciencia, nos despiden. Para la derivación a Buenos Aires habrá que gestionar las cosas con tiempo, ya desde casa.

Todo se ha hecho demasiado tarde, nadie lo dice, pero todos lo saben. Mientras que los chicos de mi edad comienzan a jugar con palabras más complejas, descubren la fuerza del tono y el lujo de los silencios intencionales, yo pierdo para siempre las pocas palabras que había aprendido. No lloro, no estoy asustado, no entiendo las consecuencias y todavía hay muchas cosas de este mundo que me embelesan de curiosidad.

Me gusta que me bañen. Me gusta que mi padre se siente en ese banco diminuto que le ha asignado mamá y me sostenga desde ahí sobre el agua para enseñarme a f lotar. Pese al esfuerzo de ambos, aún no lo logramos, aunque es algo que los tres todavía creemos posible. Así que yo, sostenido por las palmas de sus manos, sigo intentando inf lar la panza de aire. Todo lo que él tendría que hacer es soltarme, y aun así, no puede, no se acostumbra a su tormento: mi padre ha cambiado. Esquiva mis ojos, con el ceño fruncido se concentra en la protuberancia plástica de la traqueotomía. «No puede entrar agua», piensa en el baño, y en la oficina por las mañanas, y en el supermercado antes de regresar a casa, y en el coche cuando está por bajar, «No puede entrar agua». Sostiene mi cuerpo que f lota sobre sus palmas, evita mi mirada que dice: «¡Por favor!», «¡Por favor!», «¡Por favor!». Yo quiero que me suelte, y él no sabe cómo. Ha perdido una capacidad cuyo circuito está conectado también al abrazo. No puede soltarme ni puede agarrarme. Tengo el mismo tamaño de una semana atrás, pero hay algo en sus abrazos que ya no me reconoce, algo que está desajustado. «¿Qué pasa, papá?», «¿Qué pasa?», «¿Qué pasa?». Yo quiero saber, yo siempre pregunto, es mi garganta la que no puede ejecutar los sonidos. Es como si el espacio de toda la casa se me metiera por ese agujero. Hay que poder apretar el aire para que el silencio suene a algo, pero yo estoy tan abierto que a veces me confundo, ¿yo estoy adentro o estoy afuera? Un cuerpo así, pinchado, ¿sigue siendo un cuerpo? En realidad da lo mismo, el problema no es que no puedo hablar, el problema es que, si yo no hablo, él no me mira.

Mamá se da cuenta de lo que me pasa, o ya no me pasa, con mi padre. Pero qué puede hacer. Desde el principio, desde el día en que me solté de las paredes y me animé a caminar sin agarrarme de nada, he estado corriendo hacia mi padre. Busco la locura de ese placer intenso que empieza con él sosteniéndome boca abajo por un solo pie, con toda la energía de su mano abrazada a mi tobillo; o atacando mis costillas con sus dedos; o gruñendo con sus labios apretados contra mi panza, tan fuerte que la vibración de sus cuerdas vocales me hace temblar todo por dentro. Y un momento antes de ese placer intenso, la teatralización conjunta: mi padre que me descubre a upa de mamá, o abrazado a sus piernas, y me mira con rencor, ofendido. Yo que grito de placer y pienso «¡ha empezado!», «¡va a pasar!». Y entonces él suelta lo que sea que tenga en las manos, deja caer todo al piso, se agacha y abre frente a mí sus brazos. Me ha entrenado en esta desesperación por correr hacia él. He hecho una nota física y mental que dice: «Si algo pasa, él me salvará», «si algo pasa, él vendrá hasta donde sea que yo esté, y me salvará». Y he guardado la nota entre el corazón y la columna vertebral, justo ahí donde todo está comprimido.

A mamá le duele mi preferencia, aunque todo lo que me hace feliz la hace feliz también a ella, como todo lo que me lastima la endurece. Ahora que no hay ninguna teatralización, que los brazos de mi padre están desajustados y ya no pueden soltarme ni agarrarme, mamá intenta hablar con él. En la noche, se sienta en la cama, y dice «qué te pasa», «dónde estás». Lo pregunta con rigidez, con su mano agarrada a una contractura que baja de la nuca y se abre hacia los hombros. Camina así también en la mañana cuando prepara el desayuno. Con los dedos en el cuello y el codo apuntando al cielo mamá parece un muñeco colgando de su propia mano. Andará así todo el verano, recién al final del otoño habrá aprendido a ignorar el dolor, y en el invierno dejará caer ambos brazos a los lados, las manos sueltas pero dispuestas, lo suficientemente ocupadas para no develar nunca su resignación.

 

Medio año más tarde cabeceo de sueño en mi sillita del asiento trasero del coche. Mis catorce kilos doscientos cruzan el desierto hacia Buenos Aires a toda velocidad. Mi padre conduce. Está cansado y el viaje recién empieza. Mamá se distrae en la fotografía muda y sepia del paisaje, se siente tranquila dentro del coche. Todo espacio cerrado, escrupulosamente inspeccionado por ella, es zona libre de amenazas.

En el Hospital Italiano de Buenos Aires se hace la tercera operación. De todas las veces que me expondrán al quirófano, cuatro en total a lo largo de mis primeros seis años de vida, esta será la única en la que realmente tendrán esperanza. Son padres a los que todavía les falta información para entender lo que está ocurriendo. Creen que un cuerpo joven será capaz, con el tiempo, de repararse, y es esta sola ilusión, y nada más, lo que los mantiene juntos.

Se instalan en una habitación de hotel a cuadras del hospital y descansan por turnos para que siempre haya alguien conmigo. Yo sigo tranquilo, porque todo lo nuevo me alegra, y desconozco las consecuencias de este escalado desastre compartido. Hago ruidos en lugar de pronunciar palabras, me fijo en cada detalle físico cuando la gente habla, copio todo con devota precisión.

—¿Entendés? —pregunta cada tanto mi padre sentado junto a mi cama. No me mira ni espera respuestas. Lee en voz alta libros infantiles, el diario, artículos de revistas. A veces se queda en silencio, o se duerme. Si me mira, me río. Si me habla, me río. «Quereme», «quereme», «quereme», pienso. No puede escucharme. El estado de alarma de mi padre ha quedado encendido y apaga cualquier otro sonido. Yo tendría que poder decir «qué te pasa». «Dónde estás». «Yo estoy bien». Como no puedo hablar, retuerzo mi cuerpo, mi cara, mis gestos. Él desconoce mi perfeccionado lenguaje corporal, y mis ruidos por la traqueotomía lo consternan. Se despierta y levanta la cabeza de golpe, no parece que acabara de volver de algún lugar, sino que no pudiera creer que aún sigue en el mismo sitio. Sonrío, me río, pero mi buen humor también lo martiriza.

En cuanto nos dan el alta, volvemos a subirnos al coche hacia El Bolsón. Es un largo trecho de mil setecientos kilómetros al que nos hemos ido acostumbrando, cruzamos La Pampa cada verano para visitar a los abuelos del lado de mamá, que viven en La Plata. En la estación de servicio de General Acha hay que llenar el tanque sí o sí. Porque en los noventa, además de que todos los cables están conectados a las paredes, la nafta rinde poco, los coches gastan mucho, y esa es la última estación hasta Neuquén.

Justo un rato antes de parar a cargar nafta, empiezo a bostezar. Para mis padres no es un evento más, es un milagro. Porque aunque sí soy capaz de quedarme dormido en el coche, y de hecho, una vez que me rindo, puedo dormir por horas, hay algo en el ronroneo del motor que en lugar de relajarme me inquieta y me impide entregarme al sueño. Entonces mamá hace algo que le encanta: inclina su respaldo y se arrastra hasta el asiento trasero, me saca de mi sillita, se sienta a un lado y me acuesta sobre sus piernas. Mi padre solía advertir «es peligroso». Lo decía una vez, luego otra, hasta que ella volvía a atarme a mi sillita y regresaba al asiento del acompañante. Pero mi padre ya no distingue qué es peligroso y qué no. Y como nadie reclama nada, ella nos cubre a ambos con mi manta amarilla y nos quedamos juntos en el asiento trasero. Yo me muevo para un lado y para el otro, parece que voy a despertarme. El cansancio de mi madre es un yunque tan pesado que compite con su instinto de protección. Aún me sostiene, pero podría soltarme, hundirse en su sueño y dejarme caer. No lo hace, aguanta, me abraza, y en algún momento de esta interminable línea recta de la ruta 152, «oh, milagro, al fin», piensa mi madre, me quedo profundamente dormido.

Cuando llegamos a la estación de servicio ya es de noche y hay cola para los surtidores. Es viernes de temporada alta y entre los ruidos de puertas abriéndose y cerrándose, gente hablando y llamándose, mis padres hacen todo lo posible por no despertarme. Muy despacio, mamá se aparta, me acuesta en el asiento y me cubre con mi manta amarilla: desde los pies, que siempre tengo fríos, hasta la cabeza, para que las luces de la ruta no me den en los ojos.

Se asoma hacia delante y susurra:

—¿Querés café?

Mi padre se vuelve y se queda mirándole el pelo que le cae suelto y largo sobre el pecho. Después de ese viaje ella lo llevará siempre corto, dejará de compartir con él la cama para dormir en un colchón en el suelo, junto a mí, y lo presionará con demandas imposibles hasta que a él no le quede otra alternativa que aceptar la separación.

Mi padre está tan exhausto que tarda en contestar.

—Pues café, entonces —susurra mamá, lo que significa que ya ha elegido algo para ella.

Él la mira bajar del coche con cuidado y alejarse, hasta que tocan bocina para avisar que es su turno. Se dice a sí mismo: «Todo lo que hay que hacer es volver a encender el motor y mover el coche hasta los surtidores». El cansancio físico que siente es oscuro y amenazante.

Un hombre alto se mueve entre los coches, cobrando. Tiempo después, buscando información sobre él, mi padre se enterará por un diario local que tiene cuarenta y seis años y se apellida Morris, que heredó esa YPF inesperadamente, de un tío que no sabía que tenía, y que desde entonces todo lo que ha hecho es moverse entre surtidores. Al final, declarará Morris en el diario local, todo se trata del mismo impulso: intuir qué zona cumplirá su ciclo antes y focalizarse en eso. Si en las horas pico se ocupa de los surtidores, en la noche, en cambio, deja la estación en manos de su mujer y se dedica a marcar sus cartones de la lotería. No importa si son surtidores o casilleros de colores, hay que estar listo y prestar atención. Dos cosas que la gente confunde, aclara Morris, y que no son lo mismo.

Mi padre cree que ese es el hombre que llama por teléfono, porque todo empieza al día siguiente de esa primera vez que hablan.

—Son veintisiete pesos —dice Morris.

Saca la manguera del tanque del coche, la cuelga en el surtidor y se queda mirándolo. Mi padre es de los que se bajaban para abrir ellos mismos la puertita del combustible, está a solo unos metros de Morris y hurga en sus bolsillos buscando el dinero, pero no lo encuentra. Presiente su impaciencia, piensa que tiene que estar en su pantalón o en el abrigo, o en el bolsillo de su camisa. Monitorea su propio cansancio y se dice: «Tranquilo, todo lo que hay que hacer es encontrar el dinero». Al final tiene que volver a meterse en el coche. Busca la billetera en la puerta del conductor, en la guantera, en su bolso. La encuentra entre los asientos delanteros. Cuando regresa, Morris lo está esperando con los brazos cruzados. Mira hacia los lados como controlando el resto de los surtidores, la voz le ha cambiado:

—Le gusta que haya nafta, ¿no?

Mi padre no entiende a qué va el comentario.

—Bueno, a mí me gusta que usted tenga la plata a mano —dice Morris, y mi padre ve que masca algo que no parece ser chicle—, ¿por qué soy siempre yo el que tiene que estar esperándolo?

Mi padre está desconcertado. ¿Es que ya ha ocurrido esto otras veces? ¿Y por qué ese hombre se acordaría de él? ¿Quizá fue en la ida a Buenos Aires? ¿Quizá se acuerda del chico de la traqueotomía? Mi padre se acerca unos pasos para darle el dinero y enseguida regresa al coche sin saludar.

Mamá aún no ha vuelto, así que estaciona junto a la línea de álamos y se baja para fumar, mientras sigue a Morris con la mirada, que se mueve rápido entre los coches. Hay empleados a cargo de los surtidores, pero basta que a alguien le llegue el turno de pagar para que Morris se pegue a él con el ceño fruncido y sin decir una palabra. Son los clientes los que tienen que decir buenas noches, muchas gracias y adiós. Morris solo toma el dinero y asiente.

Mi padre se apoya en el coche y busca a mamá alrededor. Yo duermo del otro lado del vidrio, estirado a lo largo del asiento con los pies tocando apenas la sillita, y él me descubre así todo envuelto, tapado casi por completo. Aunque mi cabeza sigue cubierta, mi madre apartó cuidadosamente la manta a la altura de la traqueotomía: nada debe bloquear mi respiración. Lo que enternece a mi padre es mi nariz apenas asomando. Repara en mí, y después de mucho tiempo deletrea mi nombre con la misma intensidad que el día que lo eligieron: Elías. Eli. El. Cree que tengo la nariz idéntica a la de su madre, y recuerda cómo la frunzo, cuánto la frunzo, todo el tiempo, a cada rato, yo frunzo mi nariz y él sabe que estoy por reírme. Piensa en eso, y en su cansancio galopante, y en el esfuerzo enorme que tiene que hacer para no ponerse a llorar.

Cuando mamá regresa con dos vasos de plástico, él decide ir un momento al baño.

—Pero se te enfría el café...

Mi padre se cruza con Morris, que sale de la cafetería contando dinero. Se mete en los baños e intenta tardar lo menos posible, porque ahora todo lo hace así: distraído pero sin demora. Mea y lee en los azulejos del mingitorio un mensaje que alguien ha escrito en rojo: POR FAVOR, LLAMEN. Lee el número una y otra y otra vez, y cuando decide al fin regresar, cuando pasa frente a las bachas y se queda un segundo mirándose al espejo, escucha una voz que lo desconcierta. «¿Estoy loco?», piensa, porque la voz de mamá resuena en el baño y dice: «Disculpe, ¿hay papel?». Pero es solo su cabeza funcionando demasiado lento. La voz llega en realidad desde el otro lado del espejo, y otra mujer contesta enseguida: «Hay papel, sí, sí, fíjese en la mesita de entrada». Ahora que sabe que ella no está esperándolo, mi padre abre una canilla, mete las manos debajo del agua y se entrega a la corriente. Cierra los ojos unos segundos, se lava la cara, se queda un poco más con las manos bajo el chorro. Tiene que apartarlas para lograr abrir los ojos, volver en sí y salir.

Se esperan en la puerta de los baños, quizá es la última vez que se esperan. En realidad, es mi padre el que espera. Está junto a la salida del baño de mujeres, atento al coche brillante entre los álamos. Duda un momento, ¿me ha dejado mi madre solo en el coche? Pero ella sale enseguida y regresan en silencio. Mi padre abre su puerta evitando cualquier ruido que pudiera despertarme. Ve que mi madre intenta subir otra vez detrás, no en su asiento de acompañante. Le chista. Susurra:

—Dejalo quieto —quiere prolongar el milagro de mi sueño—, pasate adelante.

Mamá sabe que él tiene razón, duda pero acepta, cambia de puerta, abre adelante, se sienta y cierra despacio, controlándome por el espejo retrovisor. ¿Será suficiente abrigo esa manta amarilla? ¿Será seguro dejarme dormir así? ¿Y si la tela apretara justo donde está la traqueotomía? Pero ella me oiría moverme, conoce mi respiración en todos sus matices y el silencio es la mejor señal, sobre todo en la noche. Cuando cierra la puerta la luz del techo se apaga y la manta amarilla se oscurece, alejándome momentáneamente de sus preocupaciones. Mi padre enciende el motor y ya estamos otra vez en marcha. Toman el café, escuchan las noticias bien bajito, susurran indignados algunos comentarios. Después apagan la radio y tras un largo, larguísimo rato en silencio, y por primera vez en el viaje, mi madre, al fin, se rinde: se queda dormida. Es un alivio para ella y es un gran alivio para mi padre. En la ruta, cuando el silencio crece durante tanto tiempo, él lamenta ser el único que no puede dormir, pero agradece al menos ese largo descanso para estar solo.

Algún administrativo de la provincia de Buenos Aires mandará a quitar en unos años las inmensas esculturas instaladas cada cien kilómetros a ambos lados de la ruta. Hay siete a lo largo del primer trecho recto e interminable. En la noche, iluminadas por las luces de un tráfico esporádico, cuesta reconocer en esas grandes chatarras retorcidas los coches que alguna vez habrán sido. El apellido de las familias que los conducían figura abajo, en blanco sobre una chapa azul, con el número de víctimas fatales en rojo y una advertencia: NO SE QUEDE DORMIDO. En los noventa la campaña de prevención todavía es efectiva, y aunque mi padre no aminora la velocidad, sí vuelve a encender la radio al mínimo para mantenerse despierto. Cada tanto me controla por el espejo retrovisor. Desde donde está, no puede ver la punta de mi nariz, pero le basta recordarla. Sostiene el volante con una sola mano, que al rato cambia por la otra, un gesto que se alterna sin cesar. A veces suspira, profundamente.

Mamá se despierta en el cruce con la ruta 24, casi una hora después. Le toma unos segundos despabilarse, le pregunta a mi padre si está cansado. Para dar charla, él le cuenta lo que le ha dicho el hombre de la YPF.

—Raro, ¿no? Que se acuerde de mí...

Mamá no contesta, está mirando el espejo retrovisor. Entre una milésima de segundo y la siguiente, mamá ha dejado de respirar. Da un salto hacia arriba, se abalanza hacia el asiento trasero. Mi padre intenta entender qué pasa, pero un camión viene en dirección contraria y no puede quitar la vista de la ruta. Escucha los gritos de ella y por el rabillo del ojo ve mi manta amarilla volar con violencia de un lado a otro. Entre gritos ahogados mamá intenta decir algo. Lo escupe de pronto:

—¡No está!

Él clava los frenos, se hace a un lado en la banquina lo más rápido que puede. Un coche los sobrepasa a toda velocidad tocando la bocina.

—¡No está! —grita mamá—, ¡no está!

«¿Qué cosa no está?», pregunta él, porque lo que dice ella no tiene sentido, o es imposible de imaginar. Y ahora lo está golpeando en el hombro con los puños. Mi padre logra detener el coche y se gira hacia atrás. No estoy. Ya no estoy. He desaparecido.

Está la manta, y mamá bajándose del coche, pero yo ¿dónde estoy? Mi padre baja también, vuelve a meterse por la puerta de atrás. Afuera mamá mira a un lado y otro de la ruta, se tira del pelo con los puños como si algo inmenso estuviera inf lándose en su cabeza y fuera a romperla. Pero ¿qué es todo este dolor? ¿Tiene que ver con mi agujero en la garganta? ¿Todo lo agujereado es una úlcera? ¿Un exceso de energía en un lugar equivocado?

—Pero cerraste el coche —grita mi padre— cuando fuiste al baño, ¿no?

Mamá no parece estar en condiciones de contestar. «¿De quién es ahora la culpa?», piensa mi padre. No espera a que ella entre al coche, enciende el motor, da una vuelta en U y de alguna manera ella ya está adentro otra vez. Todo lo que pasa entonces sucede confusamente y de a saltos, y aun así, con una lentitud exasperante. Regresan hacia la YPF en un coche que parece arrastrarse, aunque el velocímetro marque su máxima velocidad.

Es raro no estar. No soy nada de lo que queda: ni el asiento trasero, ni la manta amarilla, ni mi sillita vacía. Pero hay algo de mí en todo lo que ha sido mío. «Mirame», «Mirame», «Mirame», le digo a mi padre. Él se aferra al volante con fuerza, está pensando en sus manos debajo del agua fría del baño, en mi nariz que se parece tanto a la de su madre, en su propia voz cuando me pregunta: «¿Te tragaste algo?», y en mi voz contestándole, tan suave y muda como esa línea de niebla sobre todo el valle de la ruta pampeana: «Nada», «Nada», «Nada».

Un coche pasa en dirección contraria con el conductor hablando por uno de esos Movicom negros y enormes que empiezan a verse entre los ejecutivos. A mamá todavía le lleva varios segundos calcular que podría haberle hecho señas, que podría haber intentado parar el coche y llamar a la YPF, o a la policía, aunque la policía está aún más lejos que ellos de esa YPF. ¿Y cómo conseguirían el número de la estación? ¿Y el de la policía? Todo se le revela desproporcionadamente imposible, a pesar de no haber estado nunca tan despierta.

Pero yo ¿dónde estoy, si no estoy acá? El plástico por el que respiro es un orificio, no una nariz. Me he acostumbrado a que las cosas y la gente no huelan a nada. Pero algo ha pasado, porque no se puede saber a qué huelen las cosas si el aire que entra al cuerpo no pasa por la cabeza, y aun así huelo. Por primera vez tras casi cinco meses: la lavanda del pino de felpa que cuelga del espejo retrovisor, la goma nueva de los asientos del coche, el desodorante de mamá. Si estoy acá, si acá es donde huelo y no sé dónde ha quedado mi cuerpo, ¿dónde estoy exactamente?

—Mierda —mamá se pone a llorar—. Mierda. Puede estar en la ruta —y se queda mirando a mi padre.

Él no parece escucharla, ni mover las manos en absoluto del volante. Está demasiado asustado.

—No puede hablar —dice mamá—, mi hijo. Está solo, y no puede hablar.

Y yo ¿desde dónde los miro? Lo que sea que me haya pasado me ha convertido en algo distinto. Me ha desarmado y expandido, me ha ampliado. Es un dolor que queda fuera de mi cuerpo. Soy una válvula plástica abierta, lo que sea que me esté pasando adentro se sale y toca a los demás.

Cuando al fin ven la YPF, mamá tiene tal ataque que gime agarrada a la manija de la puerta. Llegan dando saltos sobre las cunetas de entrada. Ella abre la puerta frente a la cafetería, deja el coche antes de que se detenga. Él apaga el motor, baja y se queda mirando los alrededores: el estacionamiento, la zona de los álamos y el descanso, las inmediaciones de la ruta. La gente ha dejado de hacer lo que estaba haciendo para observarlo. Morris está entre los surtidores, camina hacia él, quizá para volver a increparlo, pero mi padre no tiene tiempo para eso y entra también a la cafetería.

Hay clientes comiendo en las mesas y algunos más entre las góndolas, no ve a mamá por ningún lado. Una señora sentada con sus hijos le señala una entrada detrás de un mostrador que dice PRIVADO. Él se arroja hacia la puerta, la empuja, cruza un largo pasillo repleto de cajas y mercaderías. Los llantos de mamá llegan como desde el fondo de una caverna y mi padre se da cuenta de que podría desmayarse, de que cabe la posibilidad, inaceptable, de que no logre llegar al otro lado.

Y entonces mamá grita: «¡Quién lo encontró!», y él respira. «¡Dónde estaba!», sigue, y él se suelta de la pared y ya está casi ahí, ya casi la alcanza. Me ve, estoy a upa de mamá, la abrazo, escondo mi cara en su axila. La mujer que recibe los gritos asiente en silencio. Es más alta y grandota que mamá, parece cansada con sus hombros hundidos hacia delante, como si hubiera intentado responder varias veces y al fin se hubiera rendido. Mi padre ya llega, respira agitado. Estamos en el living de una casa conectada al fondo de la estación de servicio. En el piso ha quedado el pilón de bloques de madera con los que la mujer ha intentado entretenerme.

—¿Quién estuvo con mi hijo todo este rato? —Mamá quiere parar, volver a tomar aire, pero no puede. Me agarra tan fuerte que parece que estuviera perdiendo el equilibrio y de verdad pensara que soy capaz de sostenerla.

Mi padre sabe que si se agacha y estira los brazos hacia mí, yo voy a soltar a mamá, voy a patalear para pedir que me baje y voy a correr hacia él. Sabe el daño que algo así ocasionaría en mamá en un momento como este. Yo lo sé, él lo sabe, ella lo sabe. Y aun así. Después de demasiado tiempo sin hacerlo, f lexiona sus rodillas, se acerca al suelo. Me mira, me llama, pronuncia mi nombre. La vibración de sus cuerdas vocales estremece mi columna vertebral. Yo hablo conmigo para no escucharlo a él, me digo «no te muevas», digo «no», «no», «no». No quiero no puedo no basta, pero qué me pasa, por qué estoy tan furioso. Hay un agujero debajo de mi garganta, un agujero en mi cuerpo que duele en el de ellos. Si meto un dedo por ahí, ¿a cuál de los dos toco? ¿A mi padre o a mi madre? «Toco a mi padre», pienso, porque a mamá la tengo acá afuera, de este otro lado, porque aprieto los párpados contra su blusa y eso significa que a ella todavía puedo alcanzarla. Entonces, si meto un dedo en ese agujero que es mío pero duele en el cuerpo de otro, y hurgo, y empujo, lo que estoy tocando por dentro ¿es a mi padre?

Mi padre extiende los brazos, los ha extendido, a pesar de todo el precio que tendrá que pagar. Yo no suelto a mi madre. Niego, aprieto mis párpados contra su blusa. La voz de mi padre vuelve a llamarme pero yo ya no puedo, ya no quiero. «No», «no porque no», «no porque ya no es lo mismo». Mamá me abraza. Todo lo que me lastima endurece a mi madre, y hay algo en mi rechazo que aúna a mis padres en un mismo temor. ¿Cómo es posible? El chico nunca antes ha rechazado al padre. Algo ha pasado. ¿Qué ha pasado? ¿Cuándo ha pasado? ¿Alguien le ha hecho algo?

—Ya le dije a la señora —la mujer le está hablando a mi padre—. Fue mi marido el que lo encontró y me lo trajo.

—¿Pero dónde estaba? —pregunta mi madre.

La mujer no sabe, no preguntó, ¿tendría que haber preguntado?

—Esperamos un rato, ¿no, gordito? —La mujer se acerca, se inclina hacia mí buscándome, mamá me aparta—. Y como el chico tiene ese problemita —dice estirándose la piel del cuello donde yo tengo el agujero—, no nos entendíamos, ¿no, gordito? Así que llamamos a la policía, por las dudas. Y hay que decir que fueron muy amables, ¿no es cierto?

La mujer me mira como si yo de verdad la siguiera. Luego mira a mi madre.

—Dijeron que iban a pasar en cuanto terminaran la ronda y eso tarda todavía un rato. ¿Quieren tomar alguna cosita?

Entonces Morris entra a la sala, mi padre se incorpora de inmediato. Tiene un fajo de billetes en la mano y cruza el living hasta la repisa del televisor. Saca una pequeña caja de seguridad, la abre y mete dentro los billetes.

—¿Más tranquilo? —pregunta de espaldas.

Cierra la caja y la regresa a su sitio, solo entonces mira a mi padre. Mastica algo, ¿qué mastica?

—¿Vio qué rápido le entrego siempre todo lo que me pide?

Lo que sucede luego es algo en lo que mi padre ha pensado una y otra vez, tantas veces, en todos estos años.

—Sígame —dice Morris.

Mi padre mira un momento a mamá y se aleja detrás del hombre. Cruzan el largo pasillo hacia la cafetería y salen otra vez al mostrador. Del otro lado, junto a las primeras mesas, hay un teléfono público fijado a la pared. Morris saca una ficha de su bolsillo y marca un número de memoria. Las manos grandes y percudidas sostienen el tubo plástico contra la oreja, Morris espera.

—Acá de la YPF —dice, y se queda mirando a mi padre.

Dice al teléfono su nombre y después de un silencio suelta una carcajada, como si del otro lado acabaran de hacerle un chiste. Habla distraído mientras estudia a mi padre con descaro, revisándole la cara, la ropa, las manos.

—Sí, qué sé yo —dice al teléfono—, vio cómo es la gente ahora —asiente—, sí, comisario, por supuesto.

Levanta apenas la mandíbula para llamar a mi padre. Morris huele a nafta y tabaco, le pasa el teléfono y se aleja unos pasos. Mi padre contesta algunas preguntas, da mi nombre completo y el suyo, sus datos personales y de contacto, incluso el número de la casa de El Bolsón. Cuando corta, Morris ya no está en la cafetería.

Tras una parada en Neuquén para dormir un poco, y otras siete horas de viaje al día siguiente, llegamos a casa. Y esa misma noche, al fin acostado en su cama a punto de quedarse dormido, mi padre se sobresalta cuando timbra el teléfono del living, se levanta para atender y escucha por primera vez ese silencio frío y oscuro que tanto lo consternará durante años. Y todavía siguen varias noches en las que continúa levantándose para atender. Porque podrían llamar de Buenos Aires con un último parte urgente, porque en el Hospital Italiano las noticias álgidas les habían llegado siempre de madrugada. Y él atiende, él siempre atiende. «Hola», dice, «¡hola!». Y le lleva un rato resignarse y cortar.

 

Antes del baño, mi padre revisa mi cuerpo concienzudamente, incluso bajo las axilas, en la entrepierna, y hasta me hace abrir la boca. No es la primera vez que lo hace desde el regreso de Buenos Aires. No sabe qué busca, quizá marcas en la piel, un raspón, pero no hay nada de nada. Me mete en la bañera sosteniéndome por los brazos, atento a que ni una sola gota de agua entre por la traqueotomía. Me moja el pelo despacio, me enjabona, está atento a la espuma, que solo puede caer por la parte trasera de la cabeza, y aprovecha el gesto para revisarme el cuero cabelludo.

—Era lindo el juego de las maderitas, ¿no? En la YPF...

Lo comenta haciéndose el distraído, a ver qué pasa. Yo me concentro en mis rodillas. Mamá cree que algo me pasó en la estación de servicio cuando ellos no estaban, que no soy el mismo, que algo ocurre. Mi padre la calma diciéndole que solo estoy más cansado de lo normal, pero eso no es lo que piensa. Me sostiene por los hombros, me gira hacia él, se acuclilla a mi lado.

—¿Y qué tal la mujer? ¿Te trató bien?

Asiento. A mi padre le gusta sostenerme así, comprobar que mis omóplatos son todavía lo suficientemente pequeños como para caber en las palmas de sus manos.

—¿Y el hombre? ¿El hombre también te trató bien? —Vuelvo a asentir, miro la espuma inf lándose alrededor de mis rodillas—. ¿Pasó algo?

Esperamos un momento.

—Hijo —dice mi padre. Mi padre dice «hijo»—, ¿alguien te hizo daño?

Estoy furioso, así, de pronto. Soy un resorte de hierro que acaba de escaparse del colchón. Lo miro porque no puedo evitarlo. Torcido, enroscado. ¿Qué está queriendo saber?

—¿No? —pregunta mi padre—, ¿nada?

¿Se contesta a sí mismo? ¿Contesta por mí? ¿Es algo que está pidiendo saber o es algo que está concluyendo?

—Si alguien te hiciera daño me lo contarías, ¿no? ¿Seguro?

Se lo estoy diciendo. ¿No lo ve? He estado diciéndoselo todo este tiempo. ¿No era el trabajo de mi padre leer en la cara de la gente cosas que la gente no sabía que tenía escritas? ¿Qué es lo que no ve? ¿Qué es lo que no escucha?

Entonces me suelto, me zafo. Si no me ve, si no me escucha, no quiero que me toque. ¿De qué me sirven sus manos sosteniéndome en el agua? Él me mira sorprendido. Me agarro de los bordes de la bañera, me sostengo con una fuerza que no sabía que tenía, y me doy cuenta de que he tomado la decisión de no volver a entregarle este peso a nadie, de que no estoy dispuesto a dejarme agarrar nunca más.

En la madrugada, cuando suena el teléfono, mi padre susurra en el tubo apretando los dientes. «Hijo de puta», dice, y «te voy a matar». Piensa en Morris reconociéndome en la ruta, cargándome hasta la cafetería, dejándome al cuidado de la mujer. Pero antes, piensa mi padre, entre el momento en que Morris me encuentra y el momento en que me entrega, ¿qué pasa?

«¿Vio qué rápido le entrego siempre todo lo que me pide?».

Mi padre recuerda el modo en que Morris se lo pregunta, el tono brusco y frontal. ¿Será por eso que al teléfono nunca le contesta? ¿Porque cree que sería capaz de reconocerle la voz?

Después de varias noches mi padre empieza a desconectar el teléfono antes de irse a la cama. Vuelve a conectarlo en la mañana. Durante el día, cuando mi padre no está, la gente llama y siempre habla. Las llamadas silenciosas son solo para él.

 

Tras los resultados de la última operación, entregados a cuentagotas desde distintos consultorios del hospital de Buenos Aires, mamá arrastra un colchón viejo hasta mi cama y se muda definitivamente a mi cuarto. Dice que así es más seguro. Una semana después se lleva también la ropa, y la habitación matrimonial se vuelve la habitación de mi padre.

Ahora que está solo, el insomnio lo despierta de una cachetada, con la adrenalina picándole las extremidades del cuerpo como si acabara de tirarse de la terraza de un rascacielos. Lo angustia desperdiciar en la noche la fuerza que necesita para cada día. Se levanta y deambula por la casa. Prende las luces de la cocina, mira los muebles y las cosas, vuelve a apagar todo y sigue hasta la siguiente ficha de luz. Hay otras dos fichas en el comedor, una en el living, una en cada baño. A veces va hasta mi cuarto, pero mamá sabe de esa danza nocturna y deja la puerta cerrada. Así que él pasa de largo hasta el teléfono, se apoya contra el respaldo del sillón y ahí se queda esperando a que el sueño lo devuelva a la cama.

Una noche se imagina a Morris en la cafetería, chequeando su reloj frente al teléfono público, calculando con paciencia para asegurarse de que, al llamar, despertará a toda la familia. Mi padre va hasta el teléfono y enchufa el cable en la pared, está tan convencido de que va a sonar que mantiene su mano sobre el tubo para atender al mínimo indicio. Y el teléfono suena. Atiende rápido, y todavía más rápido en las noches siguientes. Aprende a escuchar el clac que antecede al mecanismo del timbre y a levantar el tubo antes de que la campana alcance siquiera a temblar. Aprende a llevarse el auricular a la oreja despacio, sin saludar, infringiendo él también su silencio, agarrado con fuerza al cable en la espera, sintiéndose él mismo parte de ese teléfono mudo.

Cree que aprende a escuchar, por primera vez en su vida. Que un agente de ventas expuesto a tales niveles de sinsentido no puede hacer otra cosa que desarrollar una escucha extraordinaria. Mientras mi madre hace sus primeras averiguaciones para mudarnos cerca de algún instituto especial donde yo pueda empezar la escuela, mi padre encuentra en sus sesiones telefónicas una calma que no hubiera esperado. Lo que sea que llegue por ese tubo empieza a resultarle cada vez más familiar. Ya no corta, sino que espera a ser cortado. Solo entonces desconecta otra vez el cable de la pared y se siente preparado para volver a la cama y quedarse dormido.

El acuerdo al que llegan es, según mamá, el mejor para mí: mi padre acepta sin escándalos quedarse en la casa, y nosotros nos mudamos a La Plata, la ciudad de mis abuelos maternos. A cambio mis abuelos se hacen cargo de los gastos médicos y la escuela especial. El agente de ventas con superpoderes de escucha logra tramitar un ascenso que le permite pagarse un viaje a Buenos Aires cada mes, y así pasar dos tardes conmigo antes de regresar a la casa de El Bolsón, donde el teléfono, ahora que él vive solo, permanece siempre enchufado.

Entre mudos, sordos y disléxicos, yo hago nuevos amigos, me integro, progreso. Por requisito de la escuela, mamá perfecciona el lenguaje de señas para acompañarme en las unidades educativas. Mi padre limita su lenguaje a instrucciones imprescindibles, como «quedate quieto», «no te entiendo», «te quiero», y «a dormir». Sé que de mí también sabe interpretar la señal de «ayuda», a pesar de que a él nunca se la he visto hacer. Le gustaría aprender más, pero toda su energía está puesta en generar suficiente dinero para financiarse los vuelos a Buenos Aires.

Aunque no pronuncio ni una palabra, leo y escucho con devoción. Me fascinan las historietas inglesas y francesas que el abuelo lee y traduce para mí en voz alta. Es un hombre rígido y constante que se sienta al borde de mi cama cada noche. Su cuerpo enorme hunde tanto el colchón que los dos nos acomodamos sin culpa a las leyes físicas de ese encuentro, con mi cuerpo acodado sobre el suyo y toda su rigidez sosteniéndome con recta elegancia. Lee una viñeta, traduce al español, pasa a la viñeta siguiente. Señalo todo lo que no entiendo. Cuando estoy listo para seguir adelante, asiento.

En la escuela empiezo a escribir, y en casa ya hemos leído juntos casi todo lo que el abuelo tenía a mano. Así que me compra colecciones más complejas, y cuadernos donde anotar nuestras impresiones de las lecturas, en francés y en inglés. Su nuevo hobby es mi entrenamiento en la práctica de estas lenguas. Yo absorbo todo lo que se me ofrece, pero él no aprende una sola palabra en mi lenguaje de señas. Tras cada jornada de lectura, él cierra el libro y yo atrapo con mis manos una de las suyas, salto sobre él, lo ataco en su distracción. Él me caza a su vez de un solo manotazo, como si la bestia que yo acabara de atrapar contraatacara ahora victoriosa. La coreografía es breve y precisa. El abuelo me agarra por la muñeca y me levanta así en el aire. No siento la fuerza de las manos de mi padre alrededor de mi tobillo, ni cuelgo boca abajo como tanto me gustaba. Cuelgo boca arriba, y al menos así hay algo en esa suspensión que me recuerda a él. A veces el abuelo se queda sosteniéndome más de lo que puedo aguantar. Quiero gritarle «¡basta!» para que me suelte, pero mi cuerpo sigue abierto al vacío: abro la boca y la boca no funciona. Quiero aplaudir dos veces, que es mi manera de decir basta, pero cuelgo del abuelo por una mano y, aunque golpeo la otra contra mi pecho y contra el suyo, él solo obedece órdenes que puedan escucharse, órdenes en inglés o en francés. Así que espero. Estoy colgado en el aire, y espero.

 

Lo que pasa en los quince años que siguen no sorprende ni a mamá, ni al abuelo, ni a mi padre. Soy todo lo que esta familia espera de un chico maravilloso: una rápida adaptación a cada nueva instancia educativa, notas sobresalientes en la secundaria, una beca en Buenos Aires. Tengo fascinación por los lenguajes, el más preciso de todos es también el más abstracto y el que los contiene a todos, así que me especializo en las matemáticas de la física y, aún antes de recibirme, acepto una oferta de trabajo en una multinacional instalada en Rosario.

Mi padre está orgulloso. En algún momento a lo largo de estos años se ha convencido de que todo lo que tiene que hacer para ayudarme es mantenerse al margen, y cree que el tiempo solo confirma su teoría. Le duele tenerme lejos, pero lo único que sabe hacer con su dolor es aguantar.

En la casa de El Bolsón el teléfono sigue sonando por las noches, aunque mucho menos que antes. Una vez a la semana, una vez al mes, un par de veces al año. Y aun cuando los teléfonos se han independizado de los cables y las paredes, mi padre conserva de todas formas la línea de la casa. Saber que el teléfono no está desconectado lo ayuda a descansar mejor. Si suena, él atiende, y luego le es fácil volver a quedarse dormido.

En una góndola de supermercado, descubre que las nuevas pilas botón traen una cubierta de seguridad por si los bebés se las tragan, y se queda un rato ahí mirándolas, hasta que un empleado se acerca a preguntar si necesita ayuda y él no es capaz ni de contestar ni de comprar el producto. Regresa dos días después, porque ahora hay algo terriblemente indignante en esa pila y necesita llevársela para estudiarla. Está en el living, rodeado de esas siete llaves de luz que ha dejado de encender y apagar por las noches porque, como nada se ha movido de lugar desde que dejamos la casa, él ha aprendido a moverse en la oscuridad. Aunque para esto que está por hacer ha encendido todas las luces. Tiene la pila en la mano, la mira, forcejea con el plástico hasta que logra sacarla de su envoltorio. Y ahora la sostiene frente a él. Le parece tan pequeña que podría saltársele de los dedos, y tendría que ponerse a buscarla otra vez, como le pasó ya años atrás. Quizá para evitar el desastre, mi padre se lleva la pila a la boca. Cierra los labios y la hostia calza un segundo sobre su lengua, menos de un segundo: el sabor del benzoato le estalla en la boca, le quema las papilas. La sustancia más amarga de este mundo obliga a mi padre a escupir. Cae de rodillas para tantear el suelo. ¿Dónde está la pila? Quiere encontrarla y volver a llevársela a la boca. Quiere terminar de entender. Busca, busca otra vez. Que la capa protectora funcione le resulta tan doloroso como si no hubiera funcionado.

 

Me encuentro con mi padre un par de veces al año, le aviso cuando paso por Buenos Aires camino a La Plata, para visitar a mi madre y a los abuelos, y él vuela enseguida para verme. Nos sentamos en un café cerca de Aeroparque, mi padre dice que la casa de El Bolsón al fin tiene comprador.

«¿Quién compra?», pregunto con signos.

—Pucha —dice él nervioso—, no te entiendo.

«No importa», digo, usando otra vez las manos, porque «No importa» es un signo que, de tanto usarlo, al fin terminó de aprender.

—Me mudo a Buenos Aires —dice—, así no estamos tan lejos.

Sonrío con cordialidad. Sé que eso no hará que nos veamos más, ni que nuestra relación cambie en absoluto. Vivo en un departamento amplio con tres gatos sigilosos. Tengo un coche del año pasado y un grupo de amigos con los que juego al pool. Estoy enamorado de una chica que me quiere. Pero él casi nunca pregunta por eso. Todavía cree que visitarme es venir a Buenos Aires, no se le ocurre jamás que podrían estar sucediéndome tantas cosas buenas que a veces paso semanas sin pensar en él.

El día que entrega la llave de la casa de El Bolsón, desenchufa por última vez el teléfono de la pared. Guarda el aparato en su bolso de mano, que mete en el coche junto con lo que considera delicado. Una empresa de mudanzas se llevará los muebles y las cajas, todo lo valioso viajará con él. Así que casi veinte años después, mi padre vuelve a hacer en coche los mil setecientos kilómetros que separan El Bolsón de Buenos Aires.

Empieza el viaje por la tarde, para a dormir en Neuquén y sigue temprano en la mañana. Son las once y media cuando ya está cerca de la YPF de General Acha. Ahora que hay suficientes estaciones de servicio, que la nafta rinde el doble y no hay ninguna necesidad de parar, él se detiene de todas formas. Hay solo dos coches cargando en las islas de surtidores. Estaciona bajo los álamos, aún más altos y plateados que en su recuerdo. Cruza hacia la cafetería, respira el aire frío de la mañana y piensa que, entre el momento en que ha dejado la casa ayer y su llegada esta noche a Buenos Aires, vivirá sin pertenecer realmente a ningún sitio. Exhala a conciencia, se da cuenta de cuánto lo alivia esta desaparición temporal. Cuelga las manos de una forma nueva, metidas dentro de los bolsillos como tantas veces vio hacerlo a hombres que le parecían tranquilos y confiados. «Es así, era tan fácil», casi escucha su voz en la cabeza, que es el modo en que su propia madre le enseñó a pedir los deseos.

La vieja cafetería se ha convertido en un autoservicio vidriado de puertas automáticas. Solo el largo mostrador de madera maciza ha quedado en el mismo sitio, y detrás, con el mismo cartel de PRIVADO, la puerta vaivén por la que se metió tantos años atrás, buscándome. Le sorprende ver que en el rincón del teléfono público hay un cajero automático. Alguien dice «permiso», lo corre del medio con educación. Mi padre está perplejo, no sabe a qué ha venido y que el teléfono no esté lo confunde. ¿Vino a hablar con Morris? ¿Es porque vendió la casa? Vino tranquilamente, sin ninguna intención, pero se está preguntando qué ocurre en realidad, ¿es que va a haber una pelea? Mi padre no ha golpeado a un hombre en toda su vida. ¿Eso es lo que vino a hacer? «He vendido la casa», le dirá, «a ver a quién jode ahora llamando en medio de la madrugada».

Aunque lleva el pelo lacio y blanco, reconoce a la mujer. Alta, grandota, busca algo en pilones de papeles, junto a dos empleados que atienden las cajas. Encuentra una hoja en particular y se aleja leyéndola hacia la puerta vaivén. De pronto se detiene, se vuelve hacia él con el ceño fruncido.

—Es usted —dice—, es el padre.

La mujer se le acerca.

—¿Cómo está el chico?

Parece emocionada.

—Bien, bien, claro. Disculpe, es que...

—¿Y se acuerda de nosotros?

—Claro que me acuerdo.

Ella se ríe.

—Me refiero al chico.

—Ah, sí. Claro. —Se da cuenta de lo nervioso que está.

—Pasamos tantos nervios, sabe... sin saber de dónde había salido ese chico, sin escucharle decir ni una palabra. No sabíamos cómo ayudarlo —la mujer suspira, se queda mirándolo con la cabeza apenas inclinada—, pobrecito.

Estudia a mi padre con nostalgia, como si hubieran atravesado juntos un drama de días y semanas y ahora necesitara un tiempo para acomodarse a este reencuentro.

—Venga, quiero mostrarle algo —lo invita con un gesto y se aleja hacia la puerta vaivén.

Cruzan el largo pasillo, aún repleto de mercadería apilada. Por un momento mi padre tiene la sensación de que, al llegar a la otra punta, se encontrará otra vez conmigo, quizá incluso con mamá. Si todo vuelve a empezar, ¿tendría ahora la información necesaria para cambiar las cosas? ¿Las cambiaría si pudiera? ¿Volvería a agacharse y a estirar sus brazos hacia mí? ¿Era eso lo que había hecho mal? Quiere entender, pero no lo entiende, y le asusta que el living todavía se parezca tanto al de su recuerdo.

—Mire esta hermosura —la mujer se estira hacia una repisa y levanta un portarretratos—, espero que no le incomode, es que como no tenemos hijos, qué le puedo decir, digamos que me gusta verlo ahí con mis cosas.

Es un dibujo mío, un dibujo hecho por mí: mi padre, mamá, yo al medio entre los dos.

—Intenté entretenerlo de todas las formas posibles —dice la mujer—. Le traje unos bloques de madera que teníamos en la cafetería, le ofrecí golosinas, incluso lo invité a ver juntos la televisión. Al final, sentarse a dibujar fue lo único que lo distrajo por un rato.

En el dibujo tengo las manos grandes y amarillas, los dedos abiertos y, a la altura de la laringe, una suerte de colgante negro, tan grande y deformado como un ojo gigante.

—Ay, es que era tan pero tan lindo ese chiquitito, usted tiene que entender que yo estaba absolutamente conmovida, ya pensaba en cómo convencer a Morris de adoptarlo si nadie aparecía. —Se ríe avergonzada, consciente de su propio exceso.

—Pero pasó algo, ¿no?

—¿Algo como qué?

Mi padre la mira serio. La sonrisa de ella desaparece:

—¿Qué quiere decir?

Mi padre siente cómo el enojo llega de pronto, irguiéndolo con un dolor que lo perturba hasta tal punto que desea que Morris entre por la puerta en ese mismo instante, es el momento perfecto, ahora que su cuerpo parece listo para una batalla inesperada.

—Yo sé que pasó algo. —Siente su propia voz cambiar.

La mujer da un paso atrás.

—Era un buen chico —dice él—, cuatro operaciones pasó sin dejar nunca de sonreír. Pero lo dejamos acá en sus manos, media hora, y no volvió a ser el mismo.

—Pero ¿qué está diciendo?

Y entonces sí. Entra Morris. Más viejo, más f laco. Trae la billetera abierta y un posnet para tarjetas en la cintura. Cruza el living en la misma dirección que veinte años atrás, probablemente hacia la misma caja de seguridad. Se detiene cuando ve a mi padre.

—Usted —dice, baja la mano con la billetera—, ¿y ahora qué perdió?

—Morris... —dice la mujer.

—Algo pasó con el chico —dice mi padre.

—Y parece que acá estamos siempre a su disposición, ¿no? —dice Morris—. Lo perdió una vez ya, ¿se acuerda? Lo perdió y se lo encontramos.

—¿Quién lo encontró?

—Yo lo encontré —dice Morris.

—¿Dónde estaba?

—Junto al teléfono.

—No le entiendo.

Morris niega para sí mismo, casi parece sonreír.

—Sígame. —Morris se aleja por el pasillo con la misma palabra que la última vez.

Mi padre lo sigue. Avanza tras la gran espalda de Morris, la vista se le nubla por un momento y hace un esfuerzo por no tambalearse entre las cajas. ¿Qué guardan? ¿Qué hacen estas cajas apiladas veinte años en el mismo lugar? El mareo le hormiguea el estómago pero se obliga a seguir avanzando detrás de Morris, esa espalda enorme como un paredón tambaleante contra el que solo quiere chocar. Tras ellos los pasos de la mujer se apuran para alcanzarlos. Cruzan la puerta vaivén. En el autoservicio todo sigue en movimiento.

—Acá —dice Morris, se detiene frente al pequeño cajero automático.

—Es que acá estaba el teléfono —explica la mujer.

Morris descuelga un tubo imaginario a la altura de su pecho y lo baja hasta algún punto entre su cadera y su rodilla. Lo sostiene vertical.

—Como a esta altura —dice, y marca con la palma de la otra mano la altura que yo tenía a esa edad—. De alguna manera su hijo se las ingenió para bajar el tubo, pero para marcar el número no llegaba.

Sin mover el tubo imaginario, Morris escupe algo en su mano y se lo guarda en un bolsillo.

—Así que le dije al chico, vos decime el número, y yo te marco.

La mujer asiente, conforme con el relato.

—Mi hijo no habla —dice mi padre. La presión que siente en el pecho apenas le permite usar el diafragma.

—¿Y eso qué tiene que ver? El chico quiere hablar con el padre, yo le marco el número del padre.

—¿Y cómo supo que él quería hablar conmigo? —La presión es tan dolorosa que ya no puede pensar.

—Qué le puedo decir, el chico me mostró el tubo y yo pregunté: «¿Querés hablar con mami?». Y el chico negó. Entonces pregunté: «¿Querés hablar con papi?», y el chico asintió. ¿Puede ser que para usted todo sea siempre tan complicado?

Morris se queda mirándolo.

—Hice como que marcaba y dejé que él hiciera lo suyo. Usted hubiera hecho lo mismo, ¿o no?

Mi padre está llorando. Morris abre grandes los ojos, harto, desconcertado.

—Sabe qué, no lo sigo —dice—. No sé qué más puedo hacer por usted.

—Es que mi hijo no habla. —Mi padre intenta calmarse pero es imposible—. Si mi hijo me llama, ¿cómo va a decirme que es él?

Las manos de mi padre cuelgan rendidas y hay un gesto casi imperceptible en sus dedos, como el de alguien dormido, o tal vez soñando, que quisiera atajarse en el aire, o atajar algo que está en el aire y no debería caer, y lo que pasa después esa mañana ya no tiene ninguna importancia.

Diecisiete años después, mi padre se muere y tengo que esperar a que llegue el médico para que escriba el parte. Me siento junto a su cama, en ese departamento de Buenos Aires al que él nunca se ha acostumbrado, y le digo en silencio: «No te preocupes, papá, hemos sido felices, al principio, es suficiente». «Todo va a estar bien, papá». Y como no me contesta, como nunca me ha contestado, yo meto el dedo por ese agujero que es como un ojo, y lo toco por dentro. Toco por dentro a mi padre, y lo dejo ir.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Los enanos no se miran cuento de Verónica Raimo

 


Empezó por casualidad, y al final terminó como terminó.

Una tarde me paró por la calle un tipo con perilla y unos espantosos zapatos de punta. Pensé que intentaba ligar, sin más, pero resulta que quería ofrecerme un trabajo. Azafata de eventos. Estaba de moda en aquella época. Quizá lo siga estando, no lo sé. Sin los zapatos, el tipo era menos repelente, aunque la perilla —aparentemente— no se la podía quitar.

En todo caso, solo me acosté con él un par de veces, pero la historia del trabajo iba en serio. Yo tenía veintitrés años, era una chica guapa, rostro agradable, delgada, esbelta, piernas largas, el paquete completo para acreditarme con «buena presencia». Parecía más alta de lo que era, pero no lo bastante como para plantearme ser modelo. Tampoco es que lo hubiera pensado en serio. Para ser azafata, un metro setenta escaso era más que suficiente. Si acaso, el problema eran los dientes. Tenía los dientes de David Bowie antes de que le pusieran implantes. Todavía los tengo. Cuando estaba allí como una estaca con mi traje de azafata —chaqueta, falda hasta la rodilla, blusa clara, zapatos de tacón adocenados— en alguna feria de automóviles o de electrodomésticos, me decían: «Si acaso, sonríe con la boca cerrada». Porque sonreír era parte del trabajo, pero luego estaba ese asunto de los dientes.

En general me las apañaba bien. No tenía que hacer nada de particular, solo estar de pie, no apoyarme en nada, sonreír con la boca cerrada, dar la bienvenida, indicar la salida o el baño y proporcionar a veces información muy sencilla que, en todo caso, otros facilitarían sin duda mucho mejor de lo que yo era capaz de hacer y, por lo tanto, acompañar a la persona deseosa de tal información hasta alguien a quien, a diferencia de a mí, le pagaban por pronunciar palabras.

Cuando volvía a casa me dolían los pies y soñaba con poner una bomba en la entrada de la feria pero, aparte de eso, no podía quejarme. Vivía con Bárbara, que trabajaba en un bar y redondeaba su sueldo vendiendo un costo de pésima calidad. A veces nos fumábamos un porro juntas en la cocina y luego nos encontrábamos fatal toda la noche. Ella, encerrada en su habitación escuchando a Manu Chao; yo, encerrada en la mía, imaginando cuerpos que explotaban. Bárbara no me caía bien, yo no le caía bien ni a ella ni a su gato obeso, aficionado a mearse en mi habitación. Cuando empecé a trabajar como azafata ganaba mucho más que Bárbara, así que empezó a inventarse cosas raras con las facturas para escamotearme dinero. No tenía ganas de discutir, así que me quedaba con las meadas y le daba el dinero.

Una mañana, el hombre de la perilla me dijo que tenía una propuesta sensacional. Una feria textil en Nueva York. Se necesitaban azafatas que hablaran italiano. El salario diario era excelente, pero yo tenía que encargarme de todo lo demás. Alimentación, alojamiento, billete de avión.

—¿Y cómo voy a hacer eso?

—Yo te ayudo.

Era uno de esos hombres que se excitan cuando esnifan el reconocimiento. Le di las gracias. Le di las gracias de todo corazón. Hice el gesto del corazón con mis manos y luego me las llevé al pecho.

—Venga, no te cachondees de mí —me dijo, y entonces lo abracé y sentí que se le había puesto dura.

De modo que fue él quien me pagó el vuelo.

—Te lo devolveré —le prometí.

Él se colgó de la cara una expresión de hombre de mundo y dijo:

—Sí, bueno, ya veremos.

Porque fíate tú de una chiquilla de veintitrés años con los dientes raros. En efecto, nunca se lo devolví.

Cuando le conté a Bárbara lo de Nueva York, me encontré con un charco de meada más grande de lo habitual. No me extrañaría que se hubiera acuclillado junto a mi cama con el gato. Me pidió que le presentara al hombre de la perilla.

—Eres demasiado baja —le dije.

—Y tú tienes unos dientes de mierda.

Nuestra relación no despegó a pesar de la profusión de sinceridad.

Tampoco había hecho grandes amistades con las otras chicas que trabajaban conmigo en las ferias: cambiaban a menudo y nunca sabíamos de qué hablar. Nos unía el pestazo a sudor y desodorante de nuestros trajes sintéticos. De vez en cuando, alguna tenía una posición diferente, una especialización cualquiera, un carguito, y eso era nuestra única distracción en aquellos días de aburrimiento, confabularnos contra ella. La llamábamos «la cabrona», la acosábamos. Pero, a veces, la cabrona era una persona maja, como Sara. Sara tenía solo un par de años más que yo y una innata predisposición al altruismo. O tal vez ella también se excitara ante la gratitud, sin demostrarlo. El caso es que, cuando le hablé de Nueva York, en lugar de enviar un gato a mearse en mi habitación, quiso echarme una mano. Tenía unos parientes que vivían allí, unos tíos lejanos a los que no había llegado a conocer. Podía quedarme en su casa unos días al principio.

En el aeropuerto de Nueva York, no vinieron a recogerme los tíos de Sara, sino un chofer. Estaba esperándome fuera con un cartel que decía «Sara», y luego el apellido de Sara. El hombre me acompañó hasta la limusina donde estaba Celeste, la hija de los tíos, junto a un novio rubio y taciturno, que al sonreír tenía los dientes blancos y rectos, como los de Bowie después de los implantes. Celeste me abrazó con fuerza: «¡Saraaa!». Por fin estaba ahí, su lejana primita italiana. No me molesté en aclarar el malentendido. Me ofreció una Coca-Cola y la acepté, aunque detestaba las bebidas carbonatadas. Era difícil rechazar una bebida en una limusina. Pensé que nunca me volvería a pasar. Una intuición que, hasta ahora, se ha demostrado acertada.

Los tíos de Sara vivían en un chalé en Long Island. Sara me había hablado de Nueva York en general, y a mí no se me había ocurrido pedirle aclaraciones. Para mí, Nueva York era una burbuja, no sabía nada de los barrios, de las distancias. Me había imaginado los rascacielos, el humo de las alcantarillas, las mil luces; luego había dejado de imaginar. Y me encontré en Nassau County.

La limusina se detuvo en el sendero de entrada; el tío Pasquale y la tía Susan me esperaban en la puerta de la casa. Más abrazos, asombro, incluso emoción.

—La última vez que te vimos todavía estabas en la tripa —dijo el tío Pasquale.

—¿De verdad? —dije yo—. Pues no me acuerdo.

El tío Pasquale se echó a reír:

—Tan ingeniosa como tu padre.

Tenía un marcado acento de Foggia. Mis padres eran del Gargano, como les gustaba decir, para evitar mencionar su pueblucho desconocido e infestado de mosquitos; resulta que en el fondo éramos de verdad una gran familia.

No sabía si se trataba de un malentendido con Sara, o si ella había anunciado su llegada a propósito para que yo disfrutara de la más cálida bienvenida posible. En cualquier caso, me parecía demasiado tarde ya para intentar explicar el equívoco. Además, apenas conocía a Sara. Si me hubieran hecho preguntas sobre ella o su familia, no habría sabido qué responder y temía no ser creíble como mejor amiga. No soy capaz de decir por qué me pareció más creíble ser directamente Sara.

Había llegado por la noche, la larga mesa del salón estaba puesta para la cena con platos de porcelana y una bandeja de plata llena de enormes cangrejos en el centro. Estaban amontonados unos encima de otros, un montón de criaturas monstruosas que despertaron mi aracnofobia. Y además estaba Gino, el perro de la familia. Un yorkshire con una venda alrededor de la cabeza, que tomaba carrerilla desde la otra punta del salón para ir a estrellarse contra la pared opuesta. Se golpeaba la cabeza, aullaba, luego volvía atrás, tomaba otra vez carrerilla y se estrellaba de nuevo.

—El perro está un poco loco —dijo el tío Pasquale, como si aquello fuera normal, como si de verdad pudiera uno acostumbrarse a un perro que se estrella contra la pared cada dos minutos.

Antes de cenar, la familia y el novio taciturno se pusieron a rezar, yo me uní a sus rezos, salmodiando palabras que desconocía, luego la tía Susan me limpió el cangrejo en el plato y me sirvió un poco de zumo de manzana. Gino, detrás de nosotros, seguía estrellándose contra la pared.

—¿Estás cansada o quieres ver una película de Totò? —me preguntó el tío Pasquale después de cenar.

Dije que estaba cansada: el vuelo, la diferencia horaria, la desorientación, las cosas que se dicen —supongo— para evitar pasar una velada familiar ante una película de Totò.

—Claro —concedió—, ya la veremos mañana, pero ahora te voy a enseñar una cosa estupenda.

Me llevó al vestíbulo, frente a un gran armario empotrado. Permaneció allí unos instantes para dejarme paladear el sabor de la espera. Luego abrió el armario para enseñarme su colección de armas.

—¿Eh? —dijo, con cierta euforia.

—Eh —comenté, para no enfriar su entusiasmo.

La habitación de invitados estaba empapelada con satén rosa. La colcha también era un edredón de raso rosa. Era como estar dentro de un ataúd. No dejé de dar vueltas entre las sábanas toda la noche. Pensaba en los rifles y oía los golpes de Gino. Los aullidos no eran siempre iguales y esa variación de intensidad los volvía aún más inquietantes, como si hubiera algo más profundo, más desesperado, que la pura inercia, el atontamiento de un perro enloquecido. A ratos irrumpía el silencio, prolongados intervalos de nada, y yo confiaba en que Gino hubiera conseguido suicidarse por fin, pero luego llegaba un nuevo testarazo. Era el suicidio más largo que había presenciado jamás.

 

A la mañana siguiente, cuando me desperté, la única que estaba en casa era la tía Susan. Me preparó el desayuno, tortitas con un chorrito de sirope de arce y una taza de café en la que estaba impresa la foto de Gino, o de algún sosia en su sano juicio.

Era un día precioso, así que decidí ir a dar un paseo; la tía Susan me dijo que no me alejara demasiado, que nunca se sabe.

—Okey —la tranquilicé.

No sabía a dónde ir. En el aire flotaba un olor dulzón, como si alguien hubiera vaporizado el jarabe de arce en la calle. Pensé en acercarme al mar, pero no tenía idea de en qué dirección estaba. A mi alrededor solo había otros chalecitos. Me detuve frente a un jardín lleno de enanos de tamaño natural, por más que resulte difícil determinar el tamaño natural de un enano: tenían las dimensiones de un niño de guardería. Me quedé allí un par de minutos, hasta que apareció en la veranda un hombre que empuñaba un rifle, con el que me estaba apuntando. Me quedé paralizada.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó el hombre.

Sentí ácido en la boca por el terror, y no supe qué decir excepto la verdad:

—Estaba mirando a los enanos.

Se acercó unos pasos sin dejar de apuntarme con el rifle:

—Los enanos no se miran.

Una advertencia que todavía llevo conmigo.

Me alejé, tenía ganas de vomitar, pero me daba miedo que alguien me disparara por manchar de tortitas la acera.

Por la tarde, conté lo sucedido en casa y el tío Pasquale asintió, expresando toda su solidaridad con el sujeto del rifle. La próxima vez, me acompañaría él a dar un paseo por el barrio, que nunca se sabe. Quién sabe lo que había que saber, aparte de que tenía que dejar en paz a los enanos.

En cualquier caso, con mucho gusto me habría ahorrado profundizar en mis conocimientos sobre Nassau County. Tenía que ir a Manhattan para la feria que empezaba el lunes. Era domingo.

—De eso ni hablar —dijo el tío Pasquale—. La ciudad es peligrosa.

Llamaba «la ciudad» a todo lo que estaba fuera de Long Island.

—Pero es que tengo que ir por trabajo.

—Entonces iremos todos juntos de excursión. Luego nos organizamos.

Esa noche, después de cenar, Celeste me llevó a la bolera con su novio. Nunca había tocado una bola, así que metí los dedos en los agujeros, di unos pasos y lancé la bola, que se me cayó al lado de los pies, provocándome un tirón en el brazo. Celeste se sintió obligada a justificar mi actuación delante de sus amigas:

—Es que es de Roma.

Una chica rubia, con el pelo muy lacio, como si acabara de alisárselo en el baño, me preguntó:

—¿Y qué hacen allí por las noches?

Pensé en mis veladas romanas, atrincherada en mi habitación o tomando unos tragos de vodka caliente en la plaza del mercado. Los porros malsanos que me fumaba con Bárbara.

—Vamos al cine —dije.

—Guau —dijo Celeste.

—Fantástico —dijo la rubia—. ¿Así que te gustan las películas?

—Sí.

La conversación murió ahí.

Me pasé toda la velada con el brazo dolorido, bebiendo cerveza con muchísima espuma y viendo a Celeste lanzar la bola, mientras su novio le daba cariñosos pellizcos en el culo. La rubia me preguntó, con sincera aprensión, por qué no me arreglaba los dientes. Lamenté causarle ese dolor.

Fuera de la bolera nos esperaba la limusina con el chofer. Me senté en el coche mientras Celeste terminaba de morrearse con su novio. Esta vez, nadie me ofreció una Coca-Cola y me sentó un poco mal.

Cuando volvimos, el tío Pasquale estaba viendo una película de Totò y Gino seguía concentrado en estamparse contra la pared.

—¿Podemos ir a Manhattan mañana? —pregunté yo.

—Luego nos organizamos.

—Es que empiezo a trabajar, tío.

Me sorprendió haberlo llamado tío, pero tal vez quise decir: «¡menudo tipo!».

El tío Pasquale se volvió hacia Celeste:

—Díselo tú, que la ciudad es peligrosa.

Celeste me miró con sus grandes ojos de reina de la bolera.

 

—Sí —confirmó.

—Díselo —prosiguió el tío Pasquale—, ¿tú vas alguna vez?

—No —contestó Celeste—. Yo nunca voy.

No era una hipérbole. En sus veinte años de vida, había estado una vez con su clase y otra, con sus padres, para visitar el zoológico.

—Ven aquí, al lado de tu tío, vamos a ver a Totò.

Me senté a su lado en el sofá. Por otro lado, las películas me gustaban. Gino seguía estrellándose contra la pared y el tío Pasquale recitaba de memoria los diálogos de Rufufú.

El lunes por la mañana me esperaban las tortitas con el sirope de arce y luego, la compra en el supermercado.

—Tengo que ir a Manhattan —volví a decir frente a las botellas de leche de tres litros.

—Luego nos organizamos —contestó el tío Pasquale.

A las seis de la tarde, cuando debería haber terminado mi turno en la feria textil, no había habido atisbo alguno de organización. Pensé en el hombre de la perilla que estaría despotricando, pero no sabía ni cómo avisarlo, mi celular estaba muerto en los Estados Unidos. ¿Y qué iba a decirle? ¿Soy rehén de mis falsos tíos? También pensé en Sara. ¿Estaría al corriente de ese secuestro? Es más, ¿sería cómplice? Me entró la legítima sospecha de que había sido ella la que lo había planeado todo. Tal vez no se había tratado de un acto de amabilidad, tal vez fuera su refinada forma de vengarse porque me habían mandado a Nueva York. En comparación, Bárbara con su gato meón era una principiante.

Para la cena había un rollo de carne ya cortado en lonchas en el plato, con trozos de colores en su interior que parecían fruta confitada, y boniatos al lado. Me uní al ritual de la oración.

—¿Quieres rezar tú algo en italiano? —me preguntó la tía Susan.

Me di cuenta de que no me sabía ni una sola oración de memoria. Quizá me faltaran solo un par de versos del padrenuestro, pero no quería arriesgarme.

—No —dije—. Me viene bien practicar el inglés.

—Bien dicho —comentó el tío Pasquale, el único que me hablaba en italiano.

Gino tenía una venda nueva en la cabeza. En el baño de invitados había una cestilla llena de vendas ensangrentadas y un suministro de vendas limpias dentro de un paquete grande, como los que se usan para los pañales. No tenía ni idea de que pudiera comprarse un producto así y me preguntaba quién narices lo necesitaría, aparte de una familia aquejada por un perro enloquecido. Cuando Gino se dio un cabezazo más violento de lo habitual, tuve una repentina iluminación. Quizá fuera su forma de poner en guardia a cualquiera que cruzara ese umbral: nunca más saldrás de esta casa.

Después de cenar, el tío Pasquale puso el vídeo de Totò, Peppino y los forajidos, y yo me acurruqué entre la tía Susan y Celeste delante del televisor.

Cuando me retiré a mi habitación, hice las maletas para fugarme. Oía los golpes de Gino, me pregunté si le ladraría a una fugitiva: un destello de protección hacia la familia, un sentido de lealtad canina. En el fondo le tenían cariño. Nunca lo había oído ladrar. Me imaginé que el tío Pasquale se levantaba de la cama, agarraba su fusil y disparaba a mi sombra. Pero, mientras me dirigía hacia la puerta principal, me encontré a la tía Susan en la sala fumando junto a la ventana.

—Vuélvete a la cama —me dijo.

Aunque su tono de voz no era amenazador, su silueta oscura envuelta en humo resultaba inquietante. Una criatura de los infiernos.

—No —dije, orgullosa de mi valor.

—Vuélvete a la cama —reiteró la tía Susan—, mañana te llevaré yo.

—No soy Sara —confesé.

—Ya lo sé.

Me metí otra vez entre las sábanas resbaladizas, dentro de mi ataúd rosa. ¿Sabría también el tío Pasquale que yo no era Sara? ¿Y sabría que su mujer fumaba? ¿Que por las noches se transformaba en una presencia sulfurosa? Me quedé dormida, a pesar de tantas preguntas sin respuesta.

Por la mañana, cuando me desperté, toda la familia estaba en casa frente al televisor. Un avión acababa de estrellarse contra las Torres Gemelas. La tía Susan vino a abrazarme con lágrimas en los ojos. Luego Celeste se sumó también al abrazo. Olía a lirios del valle y a champú para bebés. El tío Pasquale me señaló el teléfono de casa:

—Llama a tus padres.

 

Yo no sabía si se refería a mis padres de verdad. Pospuse la llamada telefónica.

Pasamos la mañana viendo «la ciudad» por la televisión, refugiados en nuestra isla, protegidos por los enanos y un arsenal de armas hacinadas en el armario. Me pregunté si de verdad me habían salvado la vida y la pregunta me consolaba. No tenía ni idea de si la feria textil estaba cerca de las Torres, pero quién sabe lo que habría hecho esa mañana en Manhattan antes de empezar a trabajar, suponiendo que alguien no hubiera ocupado ya mi lugar. Sara, quizá. Sentí que me había librado de un desastre y, además, me había librado de una feria. Ni siquiera el hombre de la perilla podía tomárselo demasiado a mal. ¿Cómo va uno a enfadarse con una superviviente?

Nos quedamos frente al televisor, llorando todos juntos. Nunca me había pasado algo así con mi familia, ni siquiera en el funeral de mi abuela. El mundo estaba en llamas y nosotros estábamos allí. Unidos. Miré a Gino. Uno que llevaba toda su vida sobreviviendo.