miércoles, 3 de diciembre de 2025

Los enanos no se miran cuento de Verónica Raimo

 


Empezó por casualidad, y al final terminó como terminó.

Una tarde me paró por la calle un tipo con perilla y unos espantosos zapatos de punta. Pensé que intentaba ligar, sin más, pero resulta que quería ofrecerme un trabajo. Azafata de eventos. Estaba de moda en aquella época. Quizá lo siga estando, no lo sé. Sin los zapatos, el tipo era menos repelente, aunque la perilla —aparentemente— no se la podía quitar.

En todo caso, solo me acosté con él un par de veces, pero la historia del trabajo iba en serio. Yo tenía veintitrés años, era una chica guapa, rostro agradable, delgada, esbelta, piernas largas, el paquete completo para acreditarme con «buena presencia». Parecía más alta de lo que era, pero no lo bastante como para plantearme ser modelo. Tampoco es que lo hubiera pensado en serio. Para ser azafata, un metro setenta escaso era más que suficiente. Si acaso, el problema eran los dientes. Tenía los dientes de David Bowie antes de que le pusieran implantes. Todavía los tengo. Cuando estaba allí como una estaca con mi traje de azafata —chaqueta, falda hasta la rodilla, blusa clara, zapatos de tacón adocenados— en alguna feria de automóviles o de electrodomésticos, me decían: «Si acaso, sonríe con la boca cerrada». Porque sonreír era parte del trabajo, pero luego estaba ese asunto de los dientes.

En general me las apañaba bien. No tenía que hacer nada de particular, solo estar de pie, no apoyarme en nada, sonreír con la boca cerrada, dar la bienvenida, indicar la salida o el baño y proporcionar a veces información muy sencilla que, en todo caso, otros facilitarían sin duda mucho mejor de lo que yo era capaz de hacer y, por lo tanto, acompañar a la persona deseosa de tal información hasta alguien a quien, a diferencia de a mí, le pagaban por pronunciar palabras.

Cuando volvía a casa me dolían los pies y soñaba con poner una bomba en la entrada de la feria pero, aparte de eso, no podía quejarme. Vivía con Bárbara, que trabajaba en un bar y redondeaba su sueldo vendiendo un costo de pésima calidad. A veces nos fumábamos un porro juntas en la cocina y luego nos encontrábamos fatal toda la noche. Ella, encerrada en su habitación escuchando a Manu Chao; yo, encerrada en la mía, imaginando cuerpos que explotaban. Bárbara no me caía bien, yo no le caía bien ni a ella ni a su gato obeso, aficionado a mearse en mi habitación. Cuando empecé a trabajar como azafata ganaba mucho más que Bárbara, así que empezó a inventarse cosas raras con las facturas para escamotearme dinero. No tenía ganas de discutir, así que me quedaba con las meadas y le daba el dinero.

Una mañana, el hombre de la perilla me dijo que tenía una propuesta sensacional. Una feria textil en Nueva York. Se necesitaban azafatas que hablaran italiano. El salario diario era excelente, pero yo tenía que encargarme de todo lo demás. Alimentación, alojamiento, billete de avión.

—¿Y cómo voy a hacer eso?

—Yo te ayudo.

Era uno de esos hombres que se excitan cuando esnifan el reconocimiento. Le di las gracias. Le di las gracias de todo corazón. Hice el gesto del corazón con mis manos y luego me las llevé al pecho.

—Venga, no te cachondees de mí —me dijo, y entonces lo abracé y sentí que se le había puesto dura.

De modo que fue él quien me pagó el vuelo.

—Te lo devolveré —le prometí.

Él se colgó de la cara una expresión de hombre de mundo y dijo:

—Sí, bueno, ya veremos.

Porque fíate tú de una chiquilla de veintitrés años con los dientes raros. En efecto, nunca se lo devolví.

Cuando le conté a Bárbara lo de Nueva York, me encontré con un charco de meada más grande de lo habitual. No me extrañaría que se hubiera acuclillado junto a mi cama con el gato. Me pidió que le presentara al hombre de la perilla.

—Eres demasiado baja —le dije.

—Y tú tienes unos dientes de mierda.

Nuestra relación no despegó a pesar de la profusión de sinceridad.

Tampoco había hecho grandes amistades con las otras chicas que trabajaban conmigo en las ferias: cambiaban a menudo y nunca sabíamos de qué hablar. Nos unía el pestazo a sudor y desodorante de nuestros trajes sintéticos. De vez en cuando, alguna tenía una posición diferente, una especialización cualquiera, un carguito, y eso era nuestra única distracción en aquellos días de aburrimiento, confabularnos contra ella. La llamábamos «la cabrona», la acosábamos. Pero, a veces, la cabrona era una persona maja, como Sara. Sara tenía solo un par de años más que yo y una innata predisposición al altruismo. O tal vez ella también se excitara ante la gratitud, sin demostrarlo. El caso es que, cuando le hablé de Nueva York, en lugar de enviar un gato a mearse en mi habitación, quiso echarme una mano. Tenía unos parientes que vivían allí, unos tíos lejanos a los que no había llegado a conocer. Podía quedarme en su casa unos días al principio.

En el aeropuerto de Nueva York, no vinieron a recogerme los tíos de Sara, sino un chofer. Estaba esperándome fuera con un cartel que decía «Sara», y luego el apellido de Sara. El hombre me acompañó hasta la limusina donde estaba Celeste, la hija de los tíos, junto a un novio rubio y taciturno, que al sonreír tenía los dientes blancos y rectos, como los de Bowie después de los implantes. Celeste me abrazó con fuerza: «¡Saraaa!». Por fin estaba ahí, su lejana primita italiana. No me molesté en aclarar el malentendido. Me ofreció una Coca-Cola y la acepté, aunque detestaba las bebidas carbonatadas. Era difícil rechazar una bebida en una limusina. Pensé que nunca me volvería a pasar. Una intuición que, hasta ahora, se ha demostrado acertada.

Los tíos de Sara vivían en un chalé en Long Island. Sara me había hablado de Nueva York en general, y a mí no se me había ocurrido pedirle aclaraciones. Para mí, Nueva York era una burbuja, no sabía nada de los barrios, de las distancias. Me había imaginado los rascacielos, el humo de las alcantarillas, las mil luces; luego había dejado de imaginar. Y me encontré en Nassau County.

La limusina se detuvo en el sendero de entrada; el tío Pasquale y la tía Susan me esperaban en la puerta de la casa. Más abrazos, asombro, incluso emoción.

—La última vez que te vimos todavía estabas en la tripa —dijo el tío Pasquale.

—¿De verdad? —dije yo—. Pues no me acuerdo.

El tío Pasquale se echó a reír:

—Tan ingeniosa como tu padre.

Tenía un marcado acento de Foggia. Mis padres eran del Gargano, como les gustaba decir, para evitar mencionar su pueblucho desconocido e infestado de mosquitos; resulta que en el fondo éramos de verdad una gran familia.

No sabía si se trataba de un malentendido con Sara, o si ella había anunciado su llegada a propósito para que yo disfrutara de la más cálida bienvenida posible. En cualquier caso, me parecía demasiado tarde ya para intentar explicar el equívoco. Además, apenas conocía a Sara. Si me hubieran hecho preguntas sobre ella o su familia, no habría sabido qué responder y temía no ser creíble como mejor amiga. No soy capaz de decir por qué me pareció más creíble ser directamente Sara.

Había llegado por la noche, la larga mesa del salón estaba puesta para la cena con platos de porcelana y una bandeja de plata llena de enormes cangrejos en el centro. Estaban amontonados unos encima de otros, un montón de criaturas monstruosas que despertaron mi aracnofobia. Y además estaba Gino, el perro de la familia. Un yorkshire con una venda alrededor de la cabeza, que tomaba carrerilla desde la otra punta del salón para ir a estrellarse contra la pared opuesta. Se golpeaba la cabeza, aullaba, luego volvía atrás, tomaba otra vez carrerilla y se estrellaba de nuevo.

—El perro está un poco loco —dijo el tío Pasquale, como si aquello fuera normal, como si de verdad pudiera uno acostumbrarse a un perro que se estrella contra la pared cada dos minutos.

Antes de cenar, la familia y el novio taciturno se pusieron a rezar, yo me uní a sus rezos, salmodiando palabras que desconocía, luego la tía Susan me limpió el cangrejo en el plato y me sirvió un poco de zumo de manzana. Gino, detrás de nosotros, seguía estrellándose contra la pared.

—¿Estás cansada o quieres ver una película de Totò? —me preguntó el tío Pasquale después de cenar.

Dije que estaba cansada: el vuelo, la diferencia horaria, la desorientación, las cosas que se dicen —supongo— para evitar pasar una velada familiar ante una película de Totò.

—Claro —concedió—, ya la veremos mañana, pero ahora te voy a enseñar una cosa estupenda.

Me llevó al vestíbulo, frente a un gran armario empotrado. Permaneció allí unos instantes para dejarme paladear el sabor de la espera. Luego abrió el armario para enseñarme su colección de armas.

—¿Eh? —dijo, con cierta euforia.

—Eh —comenté, para no enfriar su entusiasmo.

La habitación de invitados estaba empapelada con satén rosa. La colcha también era un edredón de raso rosa. Era como estar dentro de un ataúd. No dejé de dar vueltas entre las sábanas toda la noche. Pensaba en los rifles y oía los golpes de Gino. Los aullidos no eran siempre iguales y esa variación de intensidad los volvía aún más inquietantes, como si hubiera algo más profundo, más desesperado, que la pura inercia, el atontamiento de un perro enloquecido. A ratos irrumpía el silencio, prolongados intervalos de nada, y yo confiaba en que Gino hubiera conseguido suicidarse por fin, pero luego llegaba un nuevo testarazo. Era el suicidio más largo que había presenciado jamás.

 

A la mañana siguiente, cuando me desperté, la única que estaba en casa era la tía Susan. Me preparó el desayuno, tortitas con un chorrito de sirope de arce y una taza de café en la que estaba impresa la foto de Gino, o de algún sosia en su sano juicio.

Era un día precioso, así que decidí ir a dar un paseo; la tía Susan me dijo que no me alejara demasiado, que nunca se sabe.

—Okey —la tranquilicé.

No sabía a dónde ir. En el aire flotaba un olor dulzón, como si alguien hubiera vaporizado el jarabe de arce en la calle. Pensé en acercarme al mar, pero no tenía idea de en qué dirección estaba. A mi alrededor solo había otros chalecitos. Me detuve frente a un jardín lleno de enanos de tamaño natural, por más que resulte difícil determinar el tamaño natural de un enano: tenían las dimensiones de un niño de guardería. Me quedé allí un par de minutos, hasta que apareció en la veranda un hombre que empuñaba un rifle, con el que me estaba apuntando. Me quedé paralizada.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó el hombre.

Sentí ácido en la boca por el terror, y no supe qué decir excepto la verdad:

—Estaba mirando a los enanos.

Se acercó unos pasos sin dejar de apuntarme con el rifle:

—Los enanos no se miran.

Una advertencia que todavía llevo conmigo.

Me alejé, tenía ganas de vomitar, pero me daba miedo que alguien me disparara por manchar de tortitas la acera.

Por la tarde, conté lo sucedido en casa y el tío Pasquale asintió, expresando toda su solidaridad con el sujeto del rifle. La próxima vez, me acompañaría él a dar un paseo por el barrio, que nunca se sabe. Quién sabe lo que había que saber, aparte de que tenía que dejar en paz a los enanos.

En cualquier caso, con mucho gusto me habría ahorrado profundizar en mis conocimientos sobre Nassau County. Tenía que ir a Manhattan para la feria que empezaba el lunes. Era domingo.

—De eso ni hablar —dijo el tío Pasquale—. La ciudad es peligrosa.

Llamaba «la ciudad» a todo lo que estaba fuera de Long Island.

—Pero es que tengo que ir por trabajo.

—Entonces iremos todos juntos de excursión. Luego nos organizamos.

Esa noche, después de cenar, Celeste me llevó a la bolera con su novio. Nunca había tocado una bola, así que metí los dedos en los agujeros, di unos pasos y lancé la bola, que se me cayó al lado de los pies, provocándome un tirón en el brazo. Celeste se sintió obligada a justificar mi actuación delante de sus amigas:

—Es que es de Roma.

Una chica rubia, con el pelo muy lacio, como si acabara de alisárselo en el baño, me preguntó:

—¿Y qué hacen allí por las noches?

Pensé en mis veladas romanas, atrincherada en mi habitación o tomando unos tragos de vodka caliente en la plaza del mercado. Los porros malsanos que me fumaba con Bárbara.

—Vamos al cine —dije.

—Guau —dijo Celeste.

—Fantástico —dijo la rubia—. ¿Así que te gustan las películas?

—Sí.

La conversación murió ahí.

Me pasé toda la velada con el brazo dolorido, bebiendo cerveza con muchísima espuma y viendo a Celeste lanzar la bola, mientras su novio le daba cariñosos pellizcos en el culo. La rubia me preguntó, con sincera aprensión, por qué no me arreglaba los dientes. Lamenté causarle ese dolor.

Fuera de la bolera nos esperaba la limusina con el chofer. Me senté en el coche mientras Celeste terminaba de morrearse con su novio. Esta vez, nadie me ofreció una Coca-Cola y me sentó un poco mal.

Cuando volvimos, el tío Pasquale estaba viendo una película de Totò y Gino seguía concentrado en estamparse contra la pared.

—¿Podemos ir a Manhattan mañana? —pregunté yo.

—Luego nos organizamos.

—Es que empiezo a trabajar, tío.

Me sorprendió haberlo llamado tío, pero tal vez quise decir: «¡menudo tipo!».

El tío Pasquale se volvió hacia Celeste:

—Díselo tú, que la ciudad es peligrosa.

Celeste me miró con sus grandes ojos de reina de la bolera.

 

—Sí —confirmó.

—Díselo —prosiguió el tío Pasquale—, ¿tú vas alguna vez?

—No —contestó Celeste—. Yo nunca voy.

No era una hipérbole. En sus veinte años de vida, había estado una vez con su clase y otra, con sus padres, para visitar el zoológico.

—Ven aquí, al lado de tu tío, vamos a ver a Totò.

Me senté a su lado en el sofá. Por otro lado, las películas me gustaban. Gino seguía estrellándose contra la pared y el tío Pasquale recitaba de memoria los diálogos de Rufufú.

El lunes por la mañana me esperaban las tortitas con el sirope de arce y luego, la compra en el supermercado.

—Tengo que ir a Manhattan —volví a decir frente a las botellas de leche de tres litros.

—Luego nos organizamos —contestó el tío Pasquale.

A las seis de la tarde, cuando debería haber terminado mi turno en la feria textil, no había habido atisbo alguno de organización. Pensé en el hombre de la perilla que estaría despotricando, pero no sabía ni cómo avisarlo, mi celular estaba muerto en los Estados Unidos. ¿Y qué iba a decirle? ¿Soy rehén de mis falsos tíos? También pensé en Sara. ¿Estaría al corriente de ese secuestro? Es más, ¿sería cómplice? Me entró la legítima sospecha de que había sido ella la que lo había planeado todo. Tal vez no se había tratado de un acto de amabilidad, tal vez fuera su refinada forma de vengarse porque me habían mandado a Nueva York. En comparación, Bárbara con su gato meón era una principiante.

Para la cena había un rollo de carne ya cortado en lonchas en el plato, con trozos de colores en su interior que parecían fruta confitada, y boniatos al lado. Me uní al ritual de la oración.

—¿Quieres rezar tú algo en italiano? —me preguntó la tía Susan.

Me di cuenta de que no me sabía ni una sola oración de memoria. Quizá me faltaran solo un par de versos del padrenuestro, pero no quería arriesgarme.

—No —dije—. Me viene bien practicar el inglés.

—Bien dicho —comentó el tío Pasquale, el único que me hablaba en italiano.

Gino tenía una venda nueva en la cabeza. En el baño de invitados había una cestilla llena de vendas ensangrentadas y un suministro de vendas limpias dentro de un paquete grande, como los que se usan para los pañales. No tenía ni idea de que pudiera comprarse un producto así y me preguntaba quién narices lo necesitaría, aparte de una familia aquejada por un perro enloquecido. Cuando Gino se dio un cabezazo más violento de lo habitual, tuve una repentina iluminación. Quizá fuera su forma de poner en guardia a cualquiera que cruzara ese umbral: nunca más saldrás de esta casa.

Después de cenar, el tío Pasquale puso el vídeo de Totò, Peppino y los forajidos, y yo me acurruqué entre la tía Susan y Celeste delante del televisor.

Cuando me retiré a mi habitación, hice las maletas para fugarme. Oía los golpes de Gino, me pregunté si le ladraría a una fugitiva: un destello de protección hacia la familia, un sentido de lealtad canina. En el fondo le tenían cariño. Nunca lo había oído ladrar. Me imaginé que el tío Pasquale se levantaba de la cama, agarraba su fusil y disparaba a mi sombra. Pero, mientras me dirigía hacia la puerta principal, me encontré a la tía Susan en la sala fumando junto a la ventana.

—Vuélvete a la cama —me dijo.

Aunque su tono de voz no era amenazador, su silueta oscura envuelta en humo resultaba inquietante. Una criatura de los infiernos.

—No —dije, orgullosa de mi valor.

—Vuélvete a la cama —reiteró la tía Susan—, mañana te llevaré yo.

—No soy Sara —confesé.

—Ya lo sé.

Me metí otra vez entre las sábanas resbaladizas, dentro de mi ataúd rosa. ¿Sabría también el tío Pasquale que yo no era Sara? ¿Y sabría que su mujer fumaba? ¿Que por las noches se transformaba en una presencia sulfurosa? Me quedé dormida, a pesar de tantas preguntas sin respuesta.

Por la mañana, cuando me desperté, toda la familia estaba en casa frente al televisor. Un avión acababa de estrellarse contra las Torres Gemelas. La tía Susan vino a abrazarme con lágrimas en los ojos. Luego Celeste se sumó también al abrazo. Olía a lirios del valle y a champú para bebés. El tío Pasquale me señaló el teléfono de casa:

—Llama a tus padres.

 

Yo no sabía si se refería a mis padres de verdad. Pospuse la llamada telefónica.

Pasamos la mañana viendo «la ciudad» por la televisión, refugiados en nuestra isla, protegidos por los enanos y un arsenal de armas hacinadas en el armario. Me pregunté si de verdad me habían salvado la vida y la pregunta me consolaba. No tenía ni idea de si la feria textil estaba cerca de las Torres, pero quién sabe lo que habría hecho esa mañana en Manhattan antes de empezar a trabajar, suponiendo que alguien no hubiera ocupado ya mi lugar. Sara, quizá. Sentí que me había librado de un desastre y, además, me había librado de una feria. Ni siquiera el hombre de la perilla podía tomárselo demasiado a mal. ¿Cómo va uno a enfadarse con una superviviente?

Nos quedamos frente al televisor, llorando todos juntos. Nunca me había pasado algo así con mi familia, ni siquiera en el funeral de mi abuela. El mundo estaba en llamas y nosotros estábamos allí. Unidos. Miré a Gino. Uno que llevaba toda su vida sobreviviendo.

 

 



lunes, 27 de octubre de 2025

El Centinela, cuento de Arthur C. Clarke

 


La próxima vez que vean ustedes la luna llena brillar alta en el sur, examinen atentamente el borde derecho y dejen resbalar la mirada a lo largo de la curva del disco. Allá donde serían las dos si nuestro satélite fuera un reloj, observarán un minúsculo óvalo oscuro: cualquiera que posea una vista normal puede descubrirlo. Es una gran llanura rodeada de montañas, una de las más hermosas de la Luna, conocida con el nombre de Mare Crisium: el Mar de las Crisis. Casi quinientos kilómetros de diámetro, rodeada por un anillo de magníficas montañas, no había sido explorada nunca hasta que nosotros penetramos en ella a finales del verano de 1996.

Nuestra expedición había sido cuidadosamente planeada. Dos grandes cargos habían transportado nuestras provisiones y nuestro equipo desde la base lunar del Mare Serenitatis, a ochocientos kilómetros. Disponíamos además de tres pequeños cohetes destinados al transporte a cortas distancias en regiones en las que era imposible servirse de los vehículos de superficie. Afortunadamente, la mayor parte del Mare Crisium es llana. No existen allí esas enormes grietas tan frecuentes y tan peligrosas en otras partes, y los cráteres o elevaciones de una cierta altura son bastante raros. A primera vista, nuestros potentes tractores oruga no tendrían la menor dificultad en conducirnos hasta donde quisiéramos ir.

Yo era el geólogo, o selenólogo, si quieren ser ustedes pedantes, jefe del grupo destinado a la exploración de la zona sur del Mare. Habíamos recorrido un centenar y medio de kilómetros en una semana, bordeando los contrafuertes de las montañas que dominaban la playa de lo que, muchos millones de años atrás, había sido un antiguo mar. Cuando la vida se había iniciado en la Tierra, aquel mar estaba ya moribundo. El agua retiraba de los flancos de aquellas maravillosas escolleras para fluir hacia el vacío corazón de la Luna. Sobre el suelo que estábamos recorriendo, el océano que no conocía mareas había alcanzado en su tiempo una profundidad de ochocientos metros, y ahora la única huella de humedad que podía hallarse era la escarcha que descubrimos a veces en las profundidades de las cavernas, donde jamás penetra la luz del sol.

Habíamos comenzado nuestro viaje al despuntar el alba lunar, y nos quedaba aún casi una semana de tiempo terrestre antes de que la noche cayera de nuevo. Descendíamos de nuestros vehículos cinco o seis veces al día, vestidos con nuestros trajes espaciales, y nos dedicábamos a la búsqueda de minerales interesantes, o plantábamos señales indicadoras para guiar a futuros viajeros. Era una rutina monótona y carente de excitación. Podíamos vivir confortablemente al menos durante un mes en el interior de nuestros tractores presurizados, y si nos ocurría algún percance siempre nos quedaba la radio para pedir ayuda, tras lo cual no teníamos otra cosa que hacer más que aguardar la llegada de la nave que acudiría a rescatamos.

Acabo de decir que la exploración lunar es una rutina carente de excitación, y no es cierto. Uno nunca se cansa de contemplar aquellas increíbles montañas, tan distintas de las suaves colinas de la Tierra. Al doblar un cabo o un promontorio, uno nunca sabía qué nuevos esplendores nos iban a ser revelados. Toda la parte meridional del Mare Crisium es un vasto delta donde, hace mucho tiempo, algunos desembarcaban en el océano, quizás alimentados por las torrenciales lluvias que habían erosionado las montañas durante el corto período de la era volcánica, cuando la Luna era aún joven. Cada uno de aquellos antiguos valles era una tentación, un desafío a trepar hasta las desconocidas mesetas que había más allá. Pero teníamos aún un centenar y medio de kilómetros que cubrir, y todo lo que podíamos hacer era contemplar con envidia aquellas cimas que otros escalarían.

A bordo del tractor vivíamos según el tiempo terrestre, y a las 22 horas exactamente enviábamos el último mensaje por radio a la Base y terminábamos nuestro trabajo. Afuera, las rocas seguían ardiendo bajo un sol casi vertical; para nosotros era de noche hasta que nos despertábamos de nuevo, tras ocho horas de sueño. Entonces uno de nosotros preparaba el desayuno, se oía un gran zumbido de afeitadoras eléctricas, y alguien conectaba la radio que nos unía a la Tierra. Realmente, cuando el olor de las salchichas cociéndose comenzaba a llenar la cabina, a uno le resultaba difícil creer que no habíamos regresado a nuestro planeta: Todo era tan normal, tan familiar, excepto la disminución de nuestro peso y la lentitud con que caían todos los objetos.
       Era mi turno de preparar el desayuno en el ángulo de la cabina principal que servía como cocina. Pese a los años transcurridos, recuerdo con extrema claridad aquel momento, porque la radio acababa de transmitir una de mis canciones preferidas, la vieja tonada gala David de las Rocas Blancas. Nuestro conductor estaba ya fuera, embutido en su traje espacial, inspeccionando los vehículos oruga. Mi asistente, Louis Garnett, en la cabina de control, escribía algo relativo al trabajo del día anterior en el diario de a bordo.

Como cualquier ama de casa terrestre, mientras esperaba a que las salchichas se cocieran en la sartén dejé que mi mirada vagase sobre las montañosas paredes que cercaban el horizonte por la parte sur, prolongándose hasta perderse de vista por el este y por el oeste. Parecían no estar a más de tres kilómetros del tractor, pero sabía que la más próxima estaba a treinta kilómetros. En la Luna, por supuesto, las imágenes no pierden nitidez con la distancia, no hay ninguna atmósfera que atenúe, difumine o incluso transfigure los objetos lejanos, como ocurre en la Tierra.

Aquellas montañas se elevaban hasta tres mil metros, surgiendo abruptas de la llanura como si alguna erupción subterránea las hubiera hecho emerger a través de la corteza en fusión. No se podía ver la base ni siquiera de la más próxima, debido a la acusada curvatura de la superficie, ya que la Luna es un mundo muy pequeño y el horizonte no estaba a más de tres kilómetros del lugar donde yo me hallaba.
       Levanté los ojos hacia los picos que ningún hombre había escalado nunca, aquellos picos que, antes del nacimiento de la vida sobre la Tierra, habían contemplado cómo se retiraba el océano, llevándose hacia su tumba la esperanza y las promesas de un mundo. El sol golpeaba los farallones con un resplandor que cegaba los ojos, mientras que, un poco más arriba, las estrellas brillaban fijas en un cielo más negro que la más oscura medianoche de invierno en la Tierra.

Iba a girarme, cuando mi mirada fue atraída por un destello metálico casi en la cima de uno de los grandes promontorios que avanzaba hacia el mar, cincuenta kilómetros al oeste. Era un punto de luz pequeñísimo carente de dimensiones, como si una estrella hubiera sido arrancada del cielo por alguno de aquellos crueles picos, e imaginé que una roca excepcionalmente lisa captaba la luz del sol y me la reflejaba directamente a los ojos. Era algo que sucedía a menudo. Cuando la Luna entra en el segundo cuarto, los observadores de la Tierra pueden ver a veces las grandes cadenas montañosas del Oceanus Procellarum, el Océano de las Tormentas, arder con una iridiscencia blancoazulada debida al reflejo del sol en sus laderas. Pero sentía la curiosidad de saber qué tipo de roca podía brillar allá arriba con tanta intensidad, de modo que subí a la torreta de observación y orienté nuestro telescopio hacia el oeste.

Lo que vi fue suficiente para despertar mi interés. Los picos montañosos, claros y nítidos en mi campo de visión, parecían no estar a más de ochocientos metros de distancia, pero el objeto que reflejaba la luz del sol era aún demasiado pequeño para poder ser identificado. Sin embargo, aunque no pudiera distinguirlo claramente, sí podía darme cuenta de que estaba provisto de una cierta simetría, y la base sobre la que se hallaba parecía extrañamente plana. Estuve observando durante un buen rato aquel brillante enigma, aguzando mi vista en el espacio, hasta que un olor a quemado proveniente de la cocina me informó que las salchichas del desayuno habían hecho un viaje de casi cuatrocientos mil kilómetros para nada.

Mientras avanzábamos a través del Mare Crisium, aquella mañana, con las montañas irguiéndose a occidente, discutimos sobre el caso, y continuamos discutiendo a través de la radio cuando salimos a realizar nuestras prospecciones. Mis compañeros sostenían que había sido probado sin la menor sombra de duda que jamás había existido ninguna forma de vida inteligente en la Luna. Las únicas cosas vivas que habían llegado a existir eran algunas plantas primitivas, y sus antecesoras, tan sólo un poco menos degeneradas. Esto lo sabía yo tan bien como todos, pero hay ocasiones en las que un científico no debe temer al ridículo.

–Escuchen –dije firmemente–, quiero subir hasta allí arriba, aunque sólo sea para tranquilizar mi conciencia. Esta montaña tiene menos de cuatro mil metros, lo que equivale a setecientos con gravedad terrestre, y puedo hacérmela en una veintena de horas. Siempre he deseado escalar una de esas colinas, y aquí tengo un buen pretexto para hacerlo.

–Si no te partes el cuello –dijo Garnett–, vas a ser el hazmerreír de la expedición cuando regresemos a la Base. De ahora en adelante, esta montaña se llamará seguramente la Locura de Wilson.

–No me partiré el cuello –dije con firmeza–. ¿Quién fue el primero que escaló Pico y Helicon?

–¿Pero no eras un poco más joven por aquel entonces? –preguntó suavemente Louis.

–Una razón de más para ir –dije muy dignamente.

Aquella noche nos acostamos pronto, tras conducir el tractor hasta unos quinientos metros del promontorio. Garnett vendría conmigo al día siguiente; era un buen escalador y había participado conmigo en otras expediciones semejantes. Nuestro conductor se sintió muy feliz de quedarse guardando el vehículo.

A primera vista, aquellas paredes parecían prácticamente inescalables, pero cualquiera que tuviera un poco de experiencia sabía que la escalada no presenta serias dificultades en un mundo donde el peso queda reducido a una sexta parte. El auténtico peligro del alpinismo lunar reside en el exceso de confianza: una caída desde cien metros en la Luna es tan mortal como una caída desde quince metros en la Tierra.

Hicimos nuestro primer alto en una cornisa a unos mil quinientos metros de la llanura. La escalada no había sido difícil, pero el esfuerzo al que no estaba acostumbrado había envarado mis miembros, y me sentía feliz de poder descansar un poco. Visto desde allí, el tractor parecía un minúsculo insecto metálico al pie de la pared. Por radio comunicamos nuestro avance al conductor antes de proseguir la escalada.
       Dentro de nuestros trajes la temperatura era agradablemente fresca, puesto que el sistema de refrigeración anulaba los efectos del ardiente sol y eliminaba al exterior los desechos de nuestra transpiración. Hablábamos raramente, salvo que debiéramos intercambiar instrucciones o discutir acerca del mejor camino a seguir. No sabía lo que estaría pensando Garnett, seguramente que era la empresa más absurda en la que se había embarcado. Yo no podía dejar de darle la razón, al menos en parte, pero el placer de la escalada, la seguridad de que nunca ningún hombre había llegado antes hasta allí, y la exaltante visión del paisaje, eran para mí una recompensa suficiente.
       No recuerdo haber experimentado ninguna excitación especial al hallarnos ante la pared rocosa que había examinado a través del telescopio el día antes, desde una distancia de cincuenta kilómetros. Se extendía hasta una veintena de metros por encima de nosotros y allá, en aquella explanada, se hallaba el objeto que me había atraído a través de toda aquella extensión desértica. Casi con toda seguridad no era más que un bloque de roca nacido en alguna época pasada a consecuencia del impacto de un meteorito, con los planos de estratificación pulidos y brillantes aún en la inmovilidad eterna e inmutable.

La roca no tenía apoyos, de modo que tuvimos que usar un garfio. Mis cansados brazos parecieron recuperar una nueva fuerza cuando lancé el anda de tres puntas haciéndola girar sobre mi cabeza. La primera vez falló su presa, y cayó lentamente cuando tironeamos de ella para comprobar su solidez. Al tercer intento las púas se sujetaron sólidamente, y ni siquiera el peso combinado de nuestros dos cuerpos consiguió moverla.

Garnett me lanzó una ansiosa mirada. Hubiera podido decirle que deseaba subir yo primero, pero me limité a sonreír a través del cristal del casco y agité la cabeza. Luego, lentamente, sin prisas, inicié el último tramo de la ascensión.

Aún enfundado en el traje espacial, pesaba tan sólo veinte kilos, por lo que subí a pulso, sin enroscar la cuerda entre mis piernas ni ayudarme con los pies contra la pared. Cuando alcancé el borde me detuve un instante para saludar con la mano a mi compañero, luego di el último tirón, me icé de pie sobre la plataforma, y contemplé lo que había ante mí.

Hasta aquel momento estaba casi convencido de que no iba a descubrir nada extraño o insólito allí. Casi, pero no completamente, y era esa torturante duda la que me había empujado hasta allí. Bueno, la duda había sido disipada, pero la tortura apenas acababa de empezar.
Me encontraba en una explanada de unos treinta metros de profundidad. En alguna ocasión había sido lisa, demasiado lisa para ser natural, pero los impactos de los meteoritos habían mordido y cribado su superficie a través de incontables eones. Y había sido nivelada para poder sostener una estructura translúcida, burdamente piramidal, de dos veces la altura de un hombre, encajada en la roca como una gigantesca gema facetada.

Probablemente no experimenté ninguna sensación durante los primeros segundos. Luego, inexplicablemente, sentí una extraña alegría. Porque yo amaba la Luna, y ahora sabía que el musgo que trepaba en Aristarco y Eratóstenes no era la única forma de vida que había producido cuando era joven. Los antiguos y desacreditados sueños de los primeros exploradores eran ciertos. Después de todo había existido una civilización lunar, y yo había sido el primero en descubrirla. El hecho de haber llegado con un millón de años de retraso no me preocupaba; tenía bastante con haber llegado.

Mi cerebro comenzaba a funcionar de nuevo normalmente, analizando, planteando preguntas. ¿Qué era aquella construcción? ¿Un santuario… o alguna otra cosa que en mi lengua no tenía nombre? Si era una construcción habitable, ¿por qué la habían edificado en aquel lugar casi inaccesible? Me pregunté si se trataría de un templo, e imaginé ver a los adeptos de alguna extraña región invocando a sus divinidades para que les salvaran la vida mientras la Luna declinaba con la muerte de sus océanos.

Avancé unos pasos para examinar más de cerca el objeto, pero la cautela me impidió acercarme demasiado. Entendía un poco de arqueología, e intenté establecer el nivel de la civilización que había aplanado aquella montaña y erigido aquellas superficies resplandecientes que me cegaban aún.

Pensé que los egipcios hubieran estado en condiciones de erigir una construcción como aquélla, siempre que sus operarios dispusieran del extraño material que aquellos arquitectos aún más antiguos habían utilizado. Debido a que el objeto era relativamente pequeño, no se me ocurrió pensar que probablemente estaba examinando el producto de una raza más avanzada que la nuestra. La idea de que en la Luna hubieran existido seres inteligentes era ya bastante difícil de asimilar, y mi orgullo se negaba a dar el último y más humillante paso.

Y luego observé algo que hizo que los cabellos se me erizaran en la nuca, algo tan trivial e inocuo que quizá cualquier otro nunca lo hubiera visto. Ya he dicho que la explanada había sido torturada por la caída de los meteoritos, de tal modo que estaba recubierta de una espesa capa de polvo cósmico, ese polvo que se extiende como un manto por la superficie de todos los mundos en los que no existen vientos que puedan turbarlo. Sin embargo, tanto el polvo como las señales dejadas por los meteoritos terminaban bruscamente en el borde de un amplio círculo en el centro del cual se hallaba la pirámide, como si un muro invisible la protegiera de las inclemencias del tiempo y del lento pero incesante bombardeo del espacio.

Sentí que alguien estaba gritando en mis auriculares, y finalmente me di cuenta de que Garnett me estaba llamando desde hacía rato. Avancé con paso vacilante hacia el borde de la explanada y le hice señas de que subiera, porque no me sentía muy seguro de ser capaz de hablar. Luego me giré de nuevo hacia el círculo en el polvo. Me incliné y tomé un fragmento de roca, y lo lancé, sin excesiva fuerza, hacia el brillante enigma. Si la piedra hubiera desaparecido al chocar contra aquella invisible barrera no me hubiera sorprendido, pero se limitó a caer al suelo, como si hubiera chocado contra una superficie curva.

Ahora sabía que el objeto que tenía ante mí no podía ser comparado con ninguna obra de mis antepasados. No era una construcción sino una máquina, que se protegía a sí misma a través de unas fuerzas que habían desafiado la eternidad. Aquellas fuerzas, cualesquiera que fuesen, seguían funcionando aún, y quizás yo me había acercado demasiado a ellas. Pensé en todas las radiaciones que el hombre había capturado y dominado en el transcurso del último siglo. Por lo que sabía, podía hallarme incluso condenado para siempre, como si hubiera penetrado en la atmósfera silenciosa y letal de una pila atómica no aislada.
       Recuerdo que me giré hacia Garnett, que se había reunido conmigo y permanecía inmóvil a mi lado. Me pareció tan absorto que no quise molestarle, y me dirigí hacia el borde de la explanada esforzándome en ordenar de nuevo mis pensamientos. Allí, delante de mí, se extendía el Mare Crisium, extraño y fascinante para casi toda la humanidad, pero conocido y tranquilizador para mí. Levanté la mirada hacia la hoz de la Tierra que yacía en su cuna de estrellas, y me pregunté qué habían ocultado sus nubes cuando aquellos desconocidos constructores habían terminado su trabajo. ¿Era la humeante jungla del Carbonífero, la desierta orilla de los océanos sobre la que reptaban los primeros anfibios para conquistar la tierra firme…, o un período más anterior aún, el periodo de la soledad, antes de que la vida iniciara su desarrollo?
       No me pregunten por qué no intuí antes la verdad, que ahora parece tan obvia. En la excitación del descubrimiento, me había convencido a mí mismo de que la aparición cristalina debía de haber sido construida por una raza que había vivido en el remoto pasado lunar, pero de pronto, con una terrible fuerza, me traspasó la certeza de que aquella raza era tan extranjera a la Luna como lo era yo.

En el transcurso de veinte años de exploraciones no habíamos hallado ningún otro rastro de vida a excepción de algunas plantas degeneradas. Ninguna civilización lunar, aún moribunda, podía dejar tan sólo una única prueba de su existencia.

Volví a mirar la resplandeciente pirámide, y me pareció más extraña que nunca a cualquier cosa perteneciente a la Luna. Y entonces, de golpe fue sacudido por un estallido de risa histérica, provocado por la excitación y por la excesiva fatiga. Porque me había parecido que la pirámide me dirigía la palabra y me decía: “Lo siento, pero yo tampoco soy de aquí”.

Hemos necesitado veinte años para conseguir romper aquel invisible escudo y alcanzar la máquina encerrada en aquellas paredes de cristal. Lo que no hemos podido comprender lo hemos destruido finalmente con la salvaje potencia de la energía atómica, y he podido ver los fragmentos de aquel hermoso y brillante objeto que descubriera allí, en la cima de la montaña.

No significaban absolutamente nada. Los mecanismos de la pirámide, suponiendo que lo sean, son fruto de una tecnología que se halla mucho más allá de nuestro horizonte, quizás una tecnología de fuerzas parafísicas.

El misterio continúa atormentándonos cada vez más, ahora que hemos alcanzado otros planetas y sabemos que sólo la Tierra ha sido cuna de vida inteligente en nuestro Sistema. Una civilización antiquísima y desconocida perteneciente a nuestro mundo no podría haberla construido, ya que el espesor del polvo meteórico en la explanada nos ha permitido calcular su edad. Aquel polvo comenzó a posarse antes de que la vida hiciera su aparición en la Tierra.
       Cuando nuestro mundo alcanzó la mitad de su edad actual, algo que venía de las estrellas pasó a través del Sistema Solar, dejó aquella huella de su paso, y prosiguió su camino. Hasta que nosotros la destruimos, aquella máquina cumplió su cometido. Y empiezo a intuir cuál era.

Alrededor de cien mil millones de estrellas giran en el círculo de la Vía Láctea, y, hace mucho tiempo, otras razas de los mundos pertenecientes a otros soles deben de haber alcanzado y superado el estadio en el que ahora nos hallamos nosotros. Piensen en una tal civilización, muy lejana en el tiempo, cuando la Creación era aún tibia, dueña de un universo tan joven que la vida había surgido tan sólo en una infinitésima parte de mundos. La soledad de aquel mundo es algo imposible de imaginar, la soledad de los dioses que miran a través del infinito y no hallan a nadie con quien compartir sus pensamientos.
       Deben de haber explorado las galaxias como nosotros exploramos los mundos. Por todos lados había mundos, pero estaban vacíos, o a lo sumo poblados de cosas que se arrastraban y eran incapaces de pensar. Así debía de ser nuestra Tierra, con el humo de los volcanes ofuscando aún el cielo, cuando la primera nave de los pueblos del alba surgió de los abismos más allá de Plutón. Rebasó los planetas exteriores apresados por el hielo, sabiendo que la vida no podía formar parte de sus destinos. Alcanzó y se detuvo en los planetas interiores, que se calentaban al fuego del Sol, esperando a que comenzara su historia.
Aquellos exploradores deben de haber observado la Tierra, sobrevolando la estrecha franja entre los hielos y el fuego, llegando a la conclusión de que aquél debía de ser el hijo predilecto del Sol. Allí, en un remoto futuro, surgiría la inteligencia; pero ante ellos quedaban aún innumerables estrellas, y nunca regresarían por aquel mismo camino.
       Así pues, dejaron un centinela, uno de los millones que deben de existir esparcidos por todo el universo, vigilando los mundos en los cuales vibra la promesa de la vida. Era un faro que, a través de todas las edades, señalaba pacientemente que aún nadie lo había descubierto.

Quizás ahora comprendan por qué la pirámide de cristal fue instalada en la Luna y no en la Tierra. A sus creadores no les importaban las razas que luchaban aún por salir del salvajismo. Nuestra civilización les podía interesar tan sólo si dábamos prueba de nuestra capacidad de supervivencia, lanzándonos al espacio y escapando así de la Tierra, nuestra cuna. Este es el desafío que, antes o después, se plantea a todas las razas inteligentes. Es un desafío doble, porque depende de la conquista de la energía atómica y de la decisiva elección entre la vida y la muerte.

Una vez superado este punto crítico, era tan sólo cuestión de tiempo que descubriéramos la pirámide, y la forzásemos para ver lo que había dentro. Ahora ya no emite ninguna señal, y aquellos encargados de su escucha deben de haber vuelto su atención hacia la Tierra. Quizás acudan a ayudar a nuestra civilización, aún en su infancia. Pero deben de ser viejos, muy viejos, y a menudo los viejos son morbosamente celosos de los jóvenes.

       Ahora ya no puedo mirar la Vía Láctea sin preguntarme de cuál de esas nebulosas estelares están acudiendo los emisarios. Si me permiten hacer una comparación bastante vulgar, hemos tirado del aparato de alarma, y ahora no podemos hacer otra cosa más que esperar.
       No creo que tengamos que esperar mucho.


Este cuento es la base de la novela 2001: una odisea espacial, que si adquieres usando este link: https://acortar.link/jE3y44 apoyas mi proyecto de promoción de lectura.

 


viernes, 10 de octubre de 2025

Noveno piso, cuento de Mario Levrero

 


A Pilar González

 Uno

—Noveno piso —digo al pequeño ascensorista. Tengo la mano derecha metida en el bolsillo del saco. Con la izquierda me aliso innecesariamente la solapa. “Le apuesto que no llega”. ¿Dijo realmente: “Le apuesto que no llega”? Lo miro a los ojos. Enarco las cejas.

—Ya verá —dice, realmente, en voz alta. La sonrisa enigmática del muchacho (¿o es un enano?) me pone nervioso. Él sabe algo que yo ignoro. Yo, en cambio, debo saber seguramente muchas cosas que él ignora.

—Por ejemplo… —le digo, pero hemos llegado. Las puertas se abren automáticamente. Miro el indicador: la aguja señala, recién, el primer piso. Sube una mujer gorda, vestida de negro. Huele mal. Se ha echado perfume y detecto una cantidad enorme de componentes, el perfume me resulta muy desagradable y hay algunos de esos componentes que me provocan asociaciones de ideas que no logro asir. Después entran otras personas, a las que no presto atención: sólo un alfiler de corbata, sobre una corbata con mucho amarillo. El alfiler tiene engarzada una piedra anaranjada opaca, y es esta piedra lo que observo mientras sigo percibiendo el perfume asqueroso y trato de ubicar las imágenes exactas correspondientes a las asociaciones de ideas que desata en mi mente. Me esfuerzo en vano.

El chico ascensorista, o enano payasesco con ropas de ascensorista que son demasiado grandes para él, ha quedado oculto. Sospecho sin embargo que conserva su sonrisa enigmática, y pienso otra vez en aquellas palabras que creí escuchar. Él sabe algo que yo ignoro, algo que me es vital.

Subimos. Después de mucho rato (qué lento es este ascensor, Dios mío, qué calor sofocante) llegamos al segundo piso. Las puertas se abren, entra más gente. Soy apretado contra el fondo del ascensor, ya definitivamente separado del enano. Luego seguimos subiendo. Cierro los ojos y me dejo estar en el efecto nauseabundo de la mezcla de sensaciones. No hay nada grato en este ascensor. Quizás debiera haber subido por la escalera. Nueve pisos, es cierto; pero en cambio… Tercer piso. Entran más. La subida se hace más lenta, más lenta… El aparato tiembla ligeramente y el piso cruje. Temo que el piso ceda, no debería cargar tanto este muchacho. Quisiera gritarle, al enano, que detenga este viaje de locos. Que quiero llegar al noveno piso, como sea; que así, como él bien había dicho antes, nunca llegaré, nunca llegaremos, nunca nadie llegará a ninguna parte. Imagino la sonrisa.

 Dos

El ascensor se sigue cargando; y en el sexto piso, casi en un desmayo (estoy sofocado por el calor, mareado por el perfume, asqueado por el contacto con tantos cuerpos), siento no que el piso cede, sino que caemos. Probablemente se hayan roto los cables, por el peso, y ahora el ascensor cae, vertiginosamente, con una velocidad que jamás habría alcanzado para subir. Ni para bajar normalmente. Las mujeres gritan. Siento una risa que no puede pertenecer a nadie más que al enano. Lo imagino, dentro de las limitaciones del espacio, dando saltitos y palmeando de gozo. Creo escuchar su voz: “Le dije, señor, que no llegaba”. Luego el estrépito final, la obscuridad, el griterío, algunos ayes doloridos y más tarde silencio.

La caja del ascensor está deshecha, estoy en el sótano, sobre una pila de cadáveres sanguinolentos. Todavía me llega el olor del perfume de la mujer gorda. Tengo que salir de aquí. En la escasa luz que llega al sótano, desde los pisos superiores, no me es dado ver aún casi nada; sólo miembros hechos pulpa y un color rojo, de los cuerpos que tengo más cerca. “Alguien vendrá a socorrerme”, pienso, pero no puedo esperar. Tengo que salir de aquí en seguida; ella me espera, supongo.

 Tres

Trepo por el enrejado de alambre que rodea el hueco del ascensor. Es una prueba difícil. Apenas si caben las puntas de los zapatos en los agujeros de la trama. Debí quitarme los zapatos; pero ahora es tarde para pensarlo. Todo el esfuerzo recae en los dedos de las manos, que comienzan a dolerme. La gente que mira a través del enrejado me incita a soltarme. ¡Desdichados! No se les ocurre otra cosa que mirarme con lástima y mover la cabeza negativamente. Otros (hay un hombre gordo, de bigotes, con un traje impecable, que se toma muy en serio su trabajo) me hacen indicaciones que pretenden ser de ayuda, pero no las oigo o no las entiendo, y no hacen más que debilitarme, desviar mi atención. Sólo puede sostenerme la voluntad de llegar: no hay otra técnica. Pero esto, ¿cómo puedo hacérselo entender? ¿Qué saben ellos si alguien me espera en el noveno piso? Quizás tengan razón, y no me espere nadie. Si estuviera seguro. De todos modos, aunque llegue al noveno piso, no podré salir de esta especie de jaula. Tendré que seguir, llegar hasta la azotea, y desde allí, tal vez, alcanzar la escalera y bajar hasta el noveno piso. ¿Cuántos pisos tenía este edificio? Nunca lo supe. Alguna vez ella me lo dijo, pero no presté la debida atención; uno nunca sabe cuándo un dato puede tener una importancia vital. Sigo trepando y las manos ya comienzan a sangrar. ¿Ciento cincuenta pisos, había dicho? ¿Quince? ¿O el noveno era el último? Dios quiera. Dios me perdone. Pero de todos modos no sé en qué piso estoy. Miro hacia abajo y veo la masa gris y roja. Muy abajo. Debo estar en el sexto piso. O tal vez sólo sea el quinto, o el cuarto. Quién me mandó trepar. Y quién me puede asegurar que ella me aguarda en el noveno piso, o alguien, alguien en alguna parte. Dios. Dios. Quisiera soltarme. Un niño come una banana mientras me mira trepar. La madre le acaricia el pelo. Me señala; sin duda me pone por ejemplo, me toma como un ejemplo negativo para su hijo. Que él nunca se vea en una situación similar; estas cosas no deben hacerse. Eso pasa por… ¿por qué?

Miro hacia arriba, y no puedo darme cuenta de cuánto me falta. Sólo veo un túnel de luz interminable, una masa de reflejos de luces en el enrejado metálico.

 Cuatro

La gente de las escaleras se ha vuelto más vieja y más pobre, a medida que asciendo. El edificio mismo parece bastante deteriorado a esa altura. Tengo la ventaja de que ya no me prestan atención; los viejos están muy ocupados con sus propios dolores, con su propia angustia. Algunos mastican en el aire, hacen chocar las encías vacías como si estuvieran comiendo o hablando. Otros no son tan viejos, pero están muy enfermos. Todos, de cualquier manera, huelen mal. No es un olor como el perfume de la gorda aquella; es un olor humano, humano y vegetal, olor de desperdicios y decrepitud. Pero el deterioro me ha favorecido: la trama del enrejado está desgarrada, hay un agujero que me permite pasar, sin necesidad de seguir trepando. Ya era hora. Saco trabajosamente el cuerpo a través del agujero. Me siento en un escalón. La cabeza me da vueltas. La náusea está clavada aquí en el píloro. Tengo las manos deshechas. Y un cansancio brutal, verdaderamente brutal. No sé cómo he podido hacerlo: ahora me siento maravillado. Nunca había soñado con algo semejante. Yo, trepando tantos pisos, tantos y tantos metros, por un enrejado que lastima las manos, donde no entra más que, apenas, la punta del zapato. Me dejo ir. Ruedo, dormido, varios escalones.

 Cinco

—Antes —me informan— el noveno piso estaba entre el octavo y el décimo; ahora, qué quiere que le diga. Se alejan, se han alejado mucho.

Le doy una moneda al viejo. Sigo subiendo. Ahora cómodamente, por la escalera. A medida que subo me cruzo con gente que baja. Ellos son también muy pobres, y después de un tiempo noto que bajan como si lo hicieran en forma definitiva; que cargan con todas sus pertenencias, con atados de ropa y colchones, con carretillas y cacharros, con animales domésticos.

Huyen lentamente. No están apurados, pero huyen, se van para siempre. Y no hay nadie que suba; sólo yo. Es que, tal vez, a nadie espera nadie en los pisos de arriba; sólo ella, que me espera a mí, tal vez.

¿Y si ella no me espera? No; no puedo pensar en esto. No puedo pensar que todo pierda, de pronto, sentido. Toda esta fatiga. Todo este dolor. Apretar los dientes y seguir subiendo. Me cruzo con un perro ovejero, muy sucio y viejo. Atrás viene el dueño, tan sucio y tan viejo como el perro.

De tanto en tanto se oye un ruido sordo y las paredes tiemblan.

 Seis

—El señor no debió haber tardado tanto —la criada se llevó una mano a la boca, con asombro y disgusto. Le tendí el sombrero y el bastón.

—¿Ella? —pregunté.

Inclinó la cabeza y me hizo pasar del vestíbulo a un largo corredor. Un corredor muy largo, ciertamente. Hacia el final, en una pieza iluminada en exceso con luz blanca, estaba ella. Vestía ropas blancas, amplias, vaporosas. Ella, rubia y blanca.

Aguardo anhelante en el extremo del corredor mientras ella se acerca despacio. Camina lentamente, y sus ropas se agitan levemente mientras camina. Sí, es cierto. Se me ha hecho muy tarde. Este accidente lamentable. Imprevisión homicida. Tú verás, sólo estoy vivo por casualidad, por una tremenda casualidad. Déjame que lo explique…

Ella avanza lentamente, y la veo y la recuerdo al mismo tiempo, superpongo imágenes. Ella me esperaba, ella se acerca. Enciende luces en el corredor, tan largo, mientras se acerca. Anhelante, yo, en el extremo del corredor, con la vida en suspenso. Todo este esfuerzo. Todo este trabajo. Todo este dolor.

A medida que se acerca voy percibiendo más detalles; y a medida que se acerca, noto que ha envejecido, que ha envejecido mucho; la noto más vieja a cada instante, a cada paso que da para acercarse a mí. Superpongo imágenes, y ella se va pareciendo cada vez menos al recuerdo. Es una mujer vieja; es una mujer muy vieja.

—¿Por qué tardaste tanto? —ella tampoco tiene dientes; tiene la piel arrugada, pegada a los huesos, y un maquillaje monstruoso que se va descascarando ante mi vista, que se va deshaciendo.

Por el corredor, ahora lo advierto, viene más gente. Llevan paquetes, colchones, carretillas, animales domésticos, cacharros. Un niño deforme —¿o es un enano, con ropas grandes?— lleva puesto mi sombrero y hace girar, con torpeza, mi bastón. Nos apartan del corredor, nos empujan hacia un rincón del vestíbulo, mientras siguen pasando.

Viene la criada con un gran armario, que apenas puede cargar. La criada se detiene en el vestíbulo, a tomar aliento. Coloca el armario de tal forma que su gran espejo queda ante nosotros. Me veo reflejado; nos veo, a ella y a mí: somos dos viejos, ridículos y desdentados. Somos muy pobres: ahora noto que mis ropas están hechas jirones, y también sus sedas y tules blancos. A través de un agujero en la tela de una de sus mangas amplias y vaporosas, veo un trozo de piel grisácea.

Se oyen ruidos sordos, cada vez más frecuentes, y la construcción toda se sacude cada vez con mayor violencia. La criada se apresura a cargar nuevamente su armario, y sale.

 Siete

—Se me hizo tarde —explico, mirando obsesivamente el reloj. La cita era para las cuatro. Son las cinco. Se me ha hecho tarde, demasiado tarde. Nos abrazamos. Su cuerpo entre mis brazos es como un esqueleto. Su boca, una mancha seca. Los golpes de la demolición arrecian. Las paredes se rajan—. Se me hizo tarde —repito.

—No importa —dice ella, e intenta sonreír. Pero tiene una arcada, y un vómito negro, se vomita a sí misma, la vida entera, cae blanda y deshecha, cae podrida y líquida, tiñendo de marrón y rosado su vestido blanco.

Yo avanzo a tientas por el corredor; las luces se han apagado, el edificio cruje y se dobla, se abren boquetes y caen trozos de cielo raso. En su cuarto hay un gran espejo, que es lo que yo busco; y a la luz de la llama de mi encendedor contemplo mis ojos, que no han variado, contemplo asombrado mis ojos de niño, mis ojos de siempre, mis ojos nacidos para este asombro, para este momento, contemplo mis ojos y ya no trato de comprender, mientras el edificio comienza a desplomarse, mientras la llama del encendedor se apaga.

1972