Mi padre atiende el teléfono. Tiene veintisiete años y, como hace todo el mundo en los noventa, levanta el tubo sin saber quién está llamando. La gente llama y dice soy yo, Carmen, o dice soy de la oficina de correos, o dice buen día, quería confirmar su turno. Pero en la noche, si el teléfono suena y mi padre atiende, nadie responde. Él espera con el tubo en la oreja hasta que se cansa de estar ahí sin hacer nada, o de hacer preguntas en vano, o incluso a veces de putear. Apoya el tubo sobre el aparato y, aunque el clac mecánico da por cerrado el asunto, presiente que hay algo más. El silencio que lo llama cada noche se le queda pegado a lo largo del día, y no puede dejar de pensar en Morris. En él y en las tres islas de surtidores de la estación de servicio de General Acha, las mangueras colgadas de los soportes, las luces nocturnas de esa YPF de la interminable ruta pampeana. Para mi padre el silencio es un disgusto tramposo, y los llamados, un largo enigma que lo acompañará durante casi veinte años.
Es una época en la
que unos pocos artefactos hogareños son capaces de funcionar sin cables. Oculto
dentro de la pila, y la pila oculta a su vez tras pequeños compartimentos
plásticos, el litio es un elemento imperceptible y encapsulado, latiendo en
silencio en cientos y miles de corazones metálicos a los que nadie les está
prestando la atención que debería. La gente se olvida de ellos, y sin pila a la
vista, en ese barrio de El Bolsón y en todas las ciudades del mundo, esta nueva
forma de energía parece un milagro sencillo.
Para que el timbre
no suene, mi padre desconecta el teléfono antes de acostarme y vuelve a
conectarlo al día siguiente. La familia entera vela por mi sueño, también los
médicos y la mujer que viene a limpiar. ¿Cómo pasó la noche el chico? Dormir es
peligroso. Relaja mi laringe abierta, los músculos aún débiles, los tendones
que nunca volvieron a sanar. Si me ahogo, me despierto. ¿Pero qué es realmente
lo que me ahoga?
A veces mi madre
atiende y el llamado se interrumpe de inmediato. Cuando por algún motivo mi
padre se olvida de desconectarlo y el teléfono suena, sabemos que suena solo
para él. Y mi padre, que es agente de ventas y cuyo trabajo consiste sobre todo
en leer en la cara de la gente cosas que la gente no sabía que tenía escritas,
se queda escuchando ese silencio sin cara con el tubo un buen rato en la oreja,
aterrado por su propio desconcierto.
Casi seis meses antes de que empezaran las
llamadas, tengo dos años y estoy sentado frente a la pantalla de un Grundig en
el living de mi abuela paterna. En cuanto me distraigo gateo y camino
bamboleándome, investigo cada objeto con el que me cruzo, toco todo lo que esté
al alcance de mis manos. A quien sea que dejen a mi cuidado, mi madre dice «por
favor, prestá atención». Incluso se lo dice a mi padre esa tarde, dos veces,
antes de dejarnos en la casa de la abuela. Los dibujos animados suenan en el living
y me entretienen solo de a ratos. Desde el comedor, mi padre charla con la
abuela sin dejar de controlar qué estoy haciendo, siempre atento a mis
movimientos, a mi constante conversación con las cosas que me rodean.
Si no entiendo
claramente la función de los objetos, los chupo, los muerdo, los golpeo unos
con otros. Las chancletas contra el control remoto del televisor, el control
remoto contra la calculadora de la repisa; el reloj de la abuela, a la boca y,
antes de abandonarlo en el piso, lo golpeo un par de veces contra la alfombra.
Me calman los objetos a los que sí les encuentro una función. Las muñecas rusas
del estante inferior se desarman, van una dentro de la otra, se vuelven a
cerrar. Es complejo calzar las piezas, pero hay un deseo de plenitud en esas
formas capaces de separarse en dos y luego volver a unirse que me fascina aún
más que los números digitales de la calculadora o la pantalla del Grundig.
Basta un largo
silencio para que mi padre se voltee. Sentado frente al televisor, rodeado de
objetos desparramados por el piso, descubro que está asustado. Se levanta,
viene hacia mí de un salto porque lo que pasa no es un berrinche, eso es algo
que él entiende enseguida. No es el silencio que antecede al llanto. Ha visto
mi cara, cómo inf lo mis cachetes hasta ponerlos colorados, algo está
ocurriendo. Tarda unos segundos en entender que me estoy ahogando, que no puedo
respirar. Cierro una de mis manitas en puño y me golpeo la boca con torpeza.
—¿Qué hiciste? —me
pregunta.
Intenta abrirme el
puño, la boca. Me escabullo, me atrapa. Fuerza mis dedos para abrirme la mano.
De pronto trago, trago algo y mi padre me mira con terror.
—¿Qué es eso? ¡Qué
tragaste!
Los ojos se me
llenan de lágrimas.
—¿Qué te tragaste?
—Nada —digo.
Mi voz es tan dulce
que parece sincera, su recuerdo lo interrumpe todo cada vez que vuelve. Un
sonido que me pertenece pero está quebrado. Acción y consecuencia, escena tras
escena, a partir de ahora mi padre y yo recordamos todo con la nitidez de una
alarma que ninguno logrará volver a apagar. Digo «nada» y me conmueve el
milagro de mi lengua tocando el paladar superior, el aire bajando por la
tráquea hasta los pulmones y la vibración de mis cuerdas vocales.
Mi padre me agarra
y yo lo dejo, aún confío en él. Me abre la boca porque quiere mirar adentro,
quiere creer que no hay nada, ni ahora ni un momento antes, pero tiene que
estar seguro.
—Decí la verdad, es
importante —dice—. ¿Te tragaste algo?
Niego.
—¿No te tragaste
nada?
Parece una pregunta
distinta, pero intuyo la trampa y doy la misma respuesta.
En El Bolsón, y en
todas las ciudades del mundo, en esta época en la que casi todo lo que funciona
está unido por cables a las paredes, no hay ningún lugar donde podamos llamar a
mamá. Si queremos saber su opinión, hay que esperar a que llegue. Mi padre piensa
«el chico está bien», «el chico está bien», es un mantra silencioso golpeándole
la sien desde adentro. Sentado pero desarmado, exhausto de tanto imaginar lo
peor, se calma registrando cómo vuelvo a distraerme, juego, me río, tomo el
gajo de mandarina que él deja frente a mí, me lo llevo a la boca y lo trago sin
ningún problema.
Recién en la noche,
ya en casa y después de comer, empiezo a toser. Más tarde, acostado en la cama,
me despierto con arcadas, y entonces, por las dudas, «no sea cosa», dice mamá,
y «mejor prevenir», piensa mi padre, me llevan a la salita de emergencias. Un
médico me ausculta. «Parece que está todo bien», dice, sonriéndome con
simpatía, «vuelvan si hay síntomas». Me pellizca un cachete. «O mañana, si no
elimina nada por vía fecal y siguen las arcadas», dice ya en la puerta de su
consultorio, buscando con la mirada al próximo paciente.
Con un tenedor,
mamá aplasta concienzudamente cada deposición. Me ausculta como lo vio hacer al
médico, pero con sus oídos. Grito de placer por las cosquillas de esa oreja
fría en la panza, en el pecho y en la espalda, y entre risa y risa sigo
tosiendo. Mamá, que aprendió que cuidar es entender qué hacer y por qué hay que
hacerlo, me ausculta y me ausculta con la angustia de no saber qué es lo que
está buscando. Se inquieta. Necesita una segunda opinión. Para el médico
familiar esperamos hasta el día siguiente, y al día siguiente mamá obtiene el
mismo diagnóstico.
En la mañana del
tercer día amanezco afónico y con un poco de fiebre, en la tarde empiezan las
dificultades respiratorias. Mamá llama al hospital, esta vez los médicos se
alarman. Vomito en la sala de espera, me atienden directamente en rayos X. Un
médico cuelga la radiografía frente a mi madre, sobre una caja luminosa. La
placa es de un negro denso que apenas trasluce los huesos torácicos y las
sombras de algunos órganos. Al centro, suspendida entre las clavículas, hay una
circunferencia blanca y perfecta, tan llena de luz que las lámparas de la caja
palpitan a través de ella. Es una centella que el médico señala con
preocupación, justo debajo de mi garganta: pequeña, chata y redonda. Mi padre
no deja de pensar en ella cuando, después de llevarnos a casa, va hasta lo de
la abuela y revisa todos los objetos con los que he estado jugando. Abre y
cierra el reloj de la mesada, abre y cierra el compartimento de las pilas del
control remoto del Grundig; abre, pero no cierra, la tapita trasera de la
calculadora digital. «¿Cómo sabías que no funcionaba?», pregunta mi abuela, que
ata cabos rápido y entiende por qué su hijo se queda ahí parado sin decir nada.
A ciento veintidós
kilómetros de El Bolsón, en Bariloche, se coordina por teléfono una cirugía
para el día siguiente. Viajamos en la madrugada para estar en el hospital a
primera hora. Ya en Internación, hay unos minutos en los que me quedo solo.
Quizá es la primera vez que me quedo solo en un sitio que no es mi cuarto o el
de la abuela. Estoy acostado en una camilla, en el pasillo de Cirugía. La
enfermera a cargo se ha dado cuenta de que las planillas médicas no están y se
va un momento a buscarlas. No estoy asustado. Miro el tubo de luz del techo,
tan espectacularmente largo y titilante. Soy consciente de que hace unos días
que casi no hablo, pero yo qué sé qué es normal y qué no. Un chico en la
televisión dijo ayer que hay dientes falsos que se caen para que salgan los
verdaderos, quizá también deja uno de hablar antes de que las primeras palabras
verdaderamente adultas lleguen. Tal vez todos los chicos de mi edad pasan tarde
o temprano por un pasillo así, y este tubo alto y largo tiene una función específica
sobre mi cuerpo. Quizá, como dicen los médicos, se trata de esperar.
Un anestesista me
duerme, un cirujano y dos asistentes practican una perforación traqueoesofágica
y retiran la pila. La humedad interna del cuerpo ha puesto en marcha la
corriente de la batería, que agujereó el esófago con una quemadura oscura y
profunda. El litio, oculto en su corazón metálico, ha sido liberado. Las
cuerdas vocales están dañadas y hay lesiones en la laringe, por el ref lujo.
Reparan lo posible, toman notas minuciosas, prescriben medicamentos. Tras una
segunda intervención, quedo entubado. Paso tres días en terapia intensiva. Hay
que bajar con urgencia los altísimos niveles de toxicidad irradiada a los
órganos conectados al esófago. Mamá camina de un lado a otro de mi cama. No
puede sentarse, no puede pensar. Como las secuelas de la laringe han sido
graves, y los problemas respiratorios continúan, deciden hacerme una
traqueotomía.
Me despierto seis
horas después y mis manos van directas hacia la garganta, aunque en realidad lo
que pica tanto está un poco más abajo. Lo busco, tanteo, toco y descubro el
plástico. Una protuberancia abierta que ahora es parte de mi cuerpo. Nos piden
paciencia, nos despiden. Para la derivación a Buenos Aires habrá que gestionar
las cosas con tiempo, ya desde casa.
Todo se ha hecho
demasiado tarde, nadie lo dice, pero todos lo saben. Mientras que los chicos de
mi edad comienzan a jugar con palabras más complejas, descubren la fuerza del
tono y el lujo de los silencios intencionales, yo pierdo para siempre las pocas
palabras que había aprendido. No lloro, no estoy asustado, no entiendo las
consecuencias y todavía hay muchas cosas de este mundo que me embelesan de
curiosidad.
Me gusta que me
bañen. Me gusta que mi padre se siente en ese banco diminuto que le ha asignado
mamá y me sostenga desde ahí sobre el agua para enseñarme a f lotar. Pese al
esfuerzo de ambos, aún no lo logramos, aunque es algo que los tres todavía
creemos posible. Así que yo, sostenido por las palmas de sus manos, sigo
intentando inf lar la panza de aire. Todo lo que él tendría que hacer es
soltarme, y aun así, no puede, no se acostumbra a su tormento: mi padre ha
cambiado. Esquiva mis ojos, con el ceño fruncido se concentra en la
protuberancia plástica de la traqueotomía. «No puede entrar agua», piensa en el
baño, y en la oficina por las mañanas, y en el supermercado antes de regresar a
casa, y en el coche cuando está por bajar, «No puede entrar agua». Sostiene mi
cuerpo que f lota sobre sus palmas, evita mi mirada que dice: «¡Por favor!»,
«¡Por favor!», «¡Por favor!». Yo quiero que me suelte, y él no sabe cómo. Ha
perdido una capacidad cuyo circuito está conectado también al abrazo. No puede
soltarme ni puede agarrarme. Tengo el mismo tamaño de una semana atrás, pero
hay algo en sus abrazos que ya no me reconoce, algo que está desajustado. «¿Qué
pasa, papá?», «¿Qué pasa?», «¿Qué pasa?». Yo quiero saber, yo siempre pregunto,
es mi garganta la que no puede ejecutar los sonidos. Es como si el espacio de
toda la casa se me metiera por ese agujero. Hay que poder apretar el aire para
que el silencio suene a algo, pero yo estoy tan abierto que a veces me
confundo, ¿yo estoy adentro o estoy afuera? Un cuerpo así, pinchado, ¿sigue
siendo un cuerpo? En realidad da lo mismo, el problema no es que no puedo
hablar, el problema es que, si yo no hablo, él no me mira.
Mamá se da cuenta
de lo que me pasa, o ya no me pasa, con mi padre. Pero qué puede hacer. Desde
el principio, desde el día en que me solté de las paredes y me animé a caminar
sin agarrarme de nada, he estado corriendo hacia mi padre. Busco la locura de ese
placer intenso que empieza con él sosteniéndome boca abajo por un solo pie, con
toda la energía de su mano abrazada a mi tobillo; o atacando mis costillas con
sus dedos; o gruñendo con sus labios apretados contra mi panza, tan fuerte que
la vibración de sus cuerdas vocales me hace temblar todo por dentro. Y un
momento antes de ese placer intenso, la teatralización conjunta: mi padre que
me descubre a upa de mamá, o abrazado a sus piernas, y me mira con rencor,
ofendido. Yo que grito de placer y pienso «¡ha empezado!», «¡va a pasar!». Y
entonces él suelta lo que sea que tenga en las manos, deja caer todo al piso,
se agacha y abre frente a mí sus brazos. Me ha entrenado en esta desesperación
por correr hacia él. He hecho una nota física y mental que dice: «Si algo pasa,
él me salvará», «si algo pasa, él vendrá hasta donde sea que yo esté, y me
salvará». Y he guardado la nota entre el corazón y la columna vertebral, justo
ahí donde todo está comprimido.
A mamá le duele mi
preferencia, aunque todo lo que me hace feliz la hace feliz también a ella,
como todo lo que me lastima la endurece. Ahora que no hay ninguna
teatralización, que los brazos de mi padre están desajustados y ya no pueden
soltarme ni agarrarme, mamá intenta hablar con él. En la noche, se sienta en la
cama, y dice «qué te pasa», «dónde estás». Lo pregunta con rigidez, con su mano
agarrada a una contractura que baja de la nuca y se abre hacia los hombros.
Camina así también en la mañana cuando prepara el desayuno. Con los dedos en el
cuello y el codo apuntando al cielo mamá parece un muñeco colgando de su propia
mano. Andará así todo el verano, recién al final del otoño habrá aprendido a
ignorar el dolor, y en el invierno dejará caer ambos brazos a los lados, las
manos sueltas pero dispuestas, lo suficientemente ocupadas para no develar
nunca su resignación.
Medio año más tarde cabeceo de sueño en mi
sillita del asiento trasero del coche. Mis catorce kilos doscientos cruzan el
desierto hacia Buenos Aires a toda velocidad. Mi padre conduce. Está cansado y
el viaje recién empieza. Mamá se distrae en la fotografía muda y sepia del
paisaje, se siente tranquila dentro del coche. Todo espacio cerrado,
escrupulosamente inspeccionado por ella, es zona libre de amenazas.
En el Hospital
Italiano de Buenos Aires se hace la tercera operación. De todas las veces que
me expondrán al quirófano, cuatro en total a lo largo de mis primeros seis años
de vida, esta será la única en la que realmente tendrán esperanza. Son padres a
los que todavía les falta información para entender lo que está ocurriendo.
Creen que un cuerpo joven será capaz, con el tiempo, de repararse, y es esta
sola ilusión, y nada más, lo que los mantiene juntos.
Se instalan en una
habitación de hotel a cuadras del hospital y descansan por turnos para que
siempre haya alguien conmigo. Yo sigo tranquilo, porque todo lo nuevo me
alegra, y desconozco las consecuencias de este escalado desastre compartido.
Hago ruidos en lugar de pronunciar palabras, me fijo en cada detalle físico
cuando la gente habla, copio todo con devota precisión.
—¿Entendés?
—pregunta cada tanto mi padre sentado junto a mi cama. No me mira ni espera
respuestas. Lee en voz alta libros infantiles, el diario, artículos de
revistas. A veces se queda en silencio, o se duerme. Si me mira, me río. Si me
habla, me río. «Quereme», «quereme», «quereme», pienso. No puede escucharme. El
estado de alarma de mi padre ha quedado encendido y apaga cualquier otro
sonido. Yo tendría que poder decir «qué te pasa». «Dónde estás». «Yo estoy
bien». Como no puedo hablar, retuerzo mi cuerpo, mi cara, mis gestos. Él
desconoce mi perfeccionado lenguaje corporal, y mis ruidos por la traqueotomía
lo consternan. Se despierta y levanta la cabeza de golpe, no parece que acabara
de volver de algún lugar, sino que no pudiera creer que aún sigue en el mismo
sitio. Sonrío, me río, pero mi buen humor también lo martiriza.
En cuanto nos dan
el alta, volvemos a subirnos al coche hacia El Bolsón. Es un largo trecho de
mil setecientos kilómetros al que nos hemos ido acostumbrando, cruzamos La
Pampa cada verano para visitar a los abuelos del lado de mamá, que viven en La
Plata. En la estación de servicio de General Acha hay que llenar el tanque sí o
sí. Porque en los noventa, además de que todos los cables están conectados a
las paredes, la nafta rinde poco, los coches gastan mucho, y esa es la última
estación hasta Neuquén.
Justo un rato antes
de parar a cargar nafta, empiezo a bostezar. Para mis padres no es un evento
más, es un milagro. Porque aunque sí soy capaz de quedarme dormido en el coche,
y de hecho, una vez que me rindo, puedo dormir por horas, hay algo en el ronroneo
del motor que en lugar de relajarme me inquieta y me impide entregarme al
sueño. Entonces mamá hace algo que le encanta: inclina su respaldo y se
arrastra hasta el asiento trasero, me saca de mi sillita, se sienta a un lado y
me acuesta sobre sus piernas. Mi padre solía advertir «es peligroso». Lo decía
una vez, luego otra, hasta que ella volvía a atarme a mi sillita y regresaba al
asiento del acompañante. Pero mi padre ya no distingue qué es peligroso y qué
no. Y como nadie reclama nada, ella nos cubre a ambos con mi manta amarilla y
nos quedamos juntos en el asiento trasero. Yo me muevo para un lado y para el
otro, parece que voy a despertarme. El cansancio de mi madre es un yunque tan
pesado que compite con su instinto de protección. Aún me sostiene, pero podría
soltarme, hundirse en su sueño y dejarme caer. No lo hace, aguanta, me abraza,
y en algún momento de esta interminable línea recta de la ruta 152, «oh,
milagro, al fin», piensa mi madre, me quedo profundamente dormido.
Cuando llegamos a
la estación de servicio ya es de noche y hay cola para los surtidores. Es
viernes de temporada alta y entre los ruidos de puertas abriéndose y
cerrándose, gente hablando y llamándose, mis padres hacen todo lo posible por
no despertarme. Muy despacio, mamá se aparta, me acuesta en el asiento y me
cubre con mi manta amarilla: desde los pies, que siempre tengo fríos, hasta la
cabeza, para que las luces de la ruta no me den en los ojos.
Se asoma hacia
delante y susurra:
—¿Querés café?
Mi padre se vuelve
y se queda mirándole el pelo que le cae suelto y largo sobre el pecho. Después
de ese viaje ella lo llevará siempre corto, dejará de compartir con él la cama
para dormir en un colchón en el suelo, junto a mí, y lo presionará con demandas
imposibles hasta que a él no le quede otra alternativa que aceptar la
separación.
Mi padre está tan
exhausto que tarda en contestar.
—Pues café,
entonces —susurra mamá, lo que significa que ya ha elegido algo para ella.
Él la mira bajar
del coche con cuidado y alejarse, hasta que tocan bocina para avisar que es su
turno. Se dice a sí mismo: «Todo lo que hay que hacer es volver a encender el
motor y mover el coche hasta los surtidores». El cansancio físico que siente es
oscuro y amenazante.
Un hombre alto se
mueve entre los coches, cobrando. Tiempo después, buscando información sobre
él, mi padre se enterará por un diario local que tiene cuarenta y seis años y
se apellida Morris, que heredó esa YPF inesperadamente, de un tío que no sabía
que tenía, y que desde entonces todo lo que ha hecho es moverse entre
surtidores. Al final, declarará Morris en el diario local, todo se trata del
mismo impulso: intuir qué zona cumplirá su ciclo antes y focalizarse en eso. Si
en las horas pico se ocupa de los surtidores, en la noche, en cambio, deja la
estación en manos de su mujer y se dedica a marcar sus cartones de la lotería.
No importa si son surtidores o casilleros de colores, hay que estar listo y
prestar atención. Dos cosas que la gente confunde, aclara Morris, y que no son
lo mismo.
Mi padre cree que
ese es el hombre que llama por teléfono, porque todo empieza al día siguiente
de esa primera vez que hablan.
—Son veintisiete
pesos —dice Morris.
Saca la manguera
del tanque del coche, la cuelga en el surtidor y se queda mirándolo. Mi padre
es de los que se bajaban para abrir ellos mismos la puertita del combustible,
está a solo unos metros de Morris y hurga en sus bolsillos buscando el dinero,
pero no lo encuentra. Presiente su impaciencia, piensa que tiene que estar en
su pantalón o en el abrigo, o en el bolsillo de su camisa. Monitorea su propio
cansancio y se dice: «Tranquilo, todo lo que hay que hacer es encontrar el
dinero». Al final tiene que volver a meterse en el coche. Busca la billetera en
la puerta del conductor, en la guantera, en su bolso. La encuentra entre los
asientos delanteros. Cuando regresa, Morris lo está esperando con los brazos
cruzados. Mira hacia los lados como controlando el resto de los surtidores, la
voz le ha cambiado:
—Le gusta que haya
nafta, ¿no?
Mi padre no
entiende a qué va el comentario.
—Bueno, a mí me
gusta que usted tenga la plata a mano —dice Morris, y mi padre ve que masca
algo que no parece ser chicle—, ¿por qué soy siempre yo el que tiene que estar
esperándolo?
Mi padre está
desconcertado. ¿Es que ya ha ocurrido esto otras veces? ¿Y por qué ese hombre
se acordaría de él? ¿Quizá fue en la ida a Buenos Aires? ¿Quizá se acuerda del
chico de la traqueotomía? Mi padre se acerca unos pasos para darle el dinero y
enseguida regresa al coche sin saludar.
Mamá aún no ha
vuelto, así que estaciona junto a la línea de álamos y se baja para fumar,
mientras sigue a Morris con la mirada, que se mueve rápido entre los coches.
Hay empleados a cargo de los surtidores, pero basta que a alguien le llegue el
turno de pagar para que Morris se pegue a él con el ceño fruncido y sin decir
una palabra. Son los clientes los que tienen que decir buenas noches, muchas
gracias y adiós. Morris solo toma el dinero y asiente.
Mi padre se apoya
en el coche y busca a mamá alrededor. Yo duermo del otro lado del vidrio,
estirado a lo largo del asiento con los pies tocando apenas la sillita, y él me
descubre así todo envuelto, tapado casi por completo. Aunque mi cabeza sigue
cubierta, mi madre apartó cuidadosamente la manta a la altura de la
traqueotomía: nada debe bloquear mi respiración. Lo que enternece a mi padre es
mi nariz apenas asomando. Repara en mí, y después de mucho tiempo deletrea mi
nombre con la misma intensidad que el día que lo eligieron: Elías. Eli. El.
Cree que tengo la nariz idéntica a la de su madre, y recuerda cómo la frunzo,
cuánto la frunzo, todo el tiempo, a cada rato, yo frunzo mi nariz y él sabe que
estoy por reírme. Piensa en eso, y en su cansancio galopante, y en el esfuerzo
enorme que tiene que hacer para no ponerse a llorar.
Cuando mamá regresa
con dos vasos de plástico, él decide ir un momento al baño.
—Pero se te enfría
el café...
Mi padre se cruza
con Morris, que sale de la cafetería contando dinero. Se mete en los baños e
intenta tardar lo menos posible, porque ahora todo lo hace así: distraído pero
sin demora. Mea y lee en los azulejos del mingitorio un mensaje que alguien ha
escrito en rojo: POR FAVOR, LLAMEN. Lee el número una y otra y otra vez, y
cuando decide al fin regresar, cuando pasa frente a las bachas y se queda un
segundo mirándose al espejo, escucha una voz que lo desconcierta. «¿Estoy
loco?», piensa, porque la voz de mamá resuena en el baño y dice: «Disculpe,
¿hay papel?». Pero es solo su cabeza funcionando demasiado lento. La voz llega
en realidad desde el otro lado del espejo, y otra mujer contesta enseguida:
«Hay papel, sí, sí, fíjese en la mesita de entrada». Ahora que sabe que ella no
está esperándolo, mi padre abre una canilla, mete las manos debajo del agua y
se entrega a la corriente. Cierra los ojos unos segundos, se lava la cara, se
queda un poco más con las manos bajo el chorro. Tiene que apartarlas para lograr
abrir los ojos, volver en sí y salir.
Se esperan en la
puerta de los baños, quizá es la última vez que se esperan. En realidad, es mi
padre el que espera. Está junto a la salida del baño de mujeres, atento al
coche brillante entre los álamos. Duda un momento, ¿me ha dejado mi madre solo
en el coche? Pero ella sale enseguida y regresan en silencio. Mi padre abre su
puerta evitando cualquier ruido que pudiera despertarme. Ve que mi madre
intenta subir otra vez detrás, no en su asiento de acompañante. Le chista.
Susurra:
—Dejalo quieto
—quiere prolongar el milagro de mi sueño—, pasate adelante.
Mamá sabe que él
tiene razón, duda pero acepta, cambia de puerta, abre adelante, se sienta y
cierra despacio, controlándome por el espejo retrovisor. ¿Será suficiente
abrigo esa manta amarilla? ¿Será seguro dejarme dormir así? ¿Y si la tela
apretara justo donde está la traqueotomía? Pero ella me oiría moverme, conoce
mi respiración en todos sus matices y el silencio es la mejor señal, sobre todo
en la noche. Cuando cierra la puerta la luz del techo se apaga y la manta
amarilla se oscurece, alejándome momentáneamente de sus preocupaciones. Mi
padre enciende el motor y ya estamos otra vez en marcha. Toman el café,
escuchan las noticias bien bajito, susurran indignados algunos comentarios.
Después apagan la radio y tras un largo, larguísimo rato en silencio, y por
primera vez en el viaje, mi madre, al fin, se rinde: se queda dormida. Es un
alivio para ella y es un gran alivio para mi padre. En la ruta, cuando el
silencio crece durante tanto tiempo, él lamenta ser el único que no puede
dormir, pero agradece al menos ese largo descanso para estar solo.
Algún
administrativo de la provincia de Buenos Aires mandará a quitar en unos años
las inmensas esculturas instaladas cada cien kilómetros a ambos lados de la
ruta. Hay siete a lo largo del primer trecho recto e interminable. En la noche,
iluminadas por las luces de un tráfico esporádico, cuesta reconocer en esas
grandes chatarras retorcidas los coches que alguna vez habrán sido. El apellido
de las familias que los conducían figura abajo, en blanco sobre una chapa azul,
con el número de víctimas fatales en rojo y una advertencia: NO SE QUEDE
DORMIDO. En los noventa la campaña de prevención todavía es efectiva, y aunque
mi padre no aminora la velocidad, sí vuelve a encender la radio al mínimo para
mantenerse despierto. Cada tanto me controla por el espejo retrovisor. Desde
donde está, no puede ver la punta de mi nariz, pero le basta recordarla.
Sostiene el volante con una sola mano, que al rato cambia por la otra, un gesto
que se alterna sin cesar. A veces suspira, profundamente.
Mamá se despierta
en el cruce con la ruta 24, casi una hora después. Le toma unos segundos
despabilarse, le pregunta a mi padre si está cansado. Para dar charla, él le
cuenta lo que le ha dicho el hombre de la YPF.
—Raro, ¿no? Que se
acuerde de mí...
Mamá no contesta,
está mirando el espejo retrovisor. Entre una milésima de segundo y la
siguiente, mamá ha dejado de respirar. Da un salto hacia arriba, se abalanza
hacia el asiento trasero. Mi padre intenta entender qué pasa, pero un camión
viene en dirección contraria y no puede quitar la vista de la ruta. Escucha los
gritos de ella y por el rabillo del ojo ve mi manta amarilla volar con
violencia de un lado a otro. Entre gritos ahogados mamá intenta decir algo. Lo
escupe de pronto:
—¡No está!
Él clava los
frenos, se hace a un lado en la banquina lo más rápido que puede. Un coche los
sobrepasa a toda velocidad tocando la bocina.
—¡No está! —grita
mamá—, ¡no está!
«¿Qué cosa no
está?», pregunta él, porque lo que dice ella no tiene sentido, o es imposible
de imaginar. Y ahora lo está golpeando en el hombro con los puños. Mi padre
logra detener el coche y se gira hacia atrás. No estoy. Ya no estoy. He
desaparecido.
Está la manta, y
mamá bajándose del coche, pero yo ¿dónde estoy? Mi padre baja también, vuelve a
meterse por la puerta de atrás. Afuera mamá mira a un lado y otro de la ruta,
se tira del pelo con los puños como si algo inmenso estuviera inf lándose en su
cabeza y fuera a romperla. Pero ¿qué es todo este dolor? ¿Tiene que ver con mi
agujero en la garganta? ¿Todo lo agujereado es una úlcera? ¿Un exceso de
energía en un lugar equivocado?
—Pero cerraste el
coche —grita mi padre— cuando fuiste al baño, ¿no?
Mamá no parece
estar en condiciones de contestar. «¿De quién es ahora la culpa?», piensa mi
padre. No espera a que ella entre al coche, enciende el motor, da una vuelta en
U y de alguna manera ella ya está adentro otra vez. Todo lo que pasa entonces
sucede confusamente y de a saltos, y aun así, con una lentitud exasperante.
Regresan hacia la YPF en un coche que parece arrastrarse, aunque el velocímetro
marque su máxima velocidad.
Es raro no estar.
No soy nada de lo que queda: ni el asiento trasero, ni la manta amarilla, ni mi
sillita vacía. Pero hay algo de mí en todo lo que ha sido mío. «Mirame»,
«Mirame», «Mirame», le digo a mi padre. Él se aferra al volante con fuerza,
está pensando en sus manos debajo del agua fría del baño, en mi nariz que se
parece tanto a la de su madre, en su propia voz cuando me pregunta: «¿Te
tragaste algo?», y en mi voz contestándole, tan suave y muda como esa línea de
niebla sobre todo el valle de la ruta pampeana: «Nada», «Nada», «Nada».
Un coche pasa en
dirección contraria con el conductor hablando por uno de esos Movicom negros y
enormes que empiezan a verse entre los ejecutivos. A mamá todavía le lleva
varios segundos calcular que podría haberle hecho señas, que podría haber
intentado parar el coche y llamar a la YPF, o a la policía, aunque la policía
está aún más lejos que ellos de esa YPF. ¿Y cómo conseguirían el número de la
estación? ¿Y el de la policía? Todo se le revela desproporcionadamente
imposible, a pesar de no haber estado nunca tan despierta.
Pero yo ¿dónde
estoy, si no estoy acá? El plástico por el que respiro es un orificio, no una
nariz. Me he acostumbrado a que las cosas y la gente no huelan a nada. Pero
algo ha pasado, porque no se puede saber a qué huelen las cosas si el aire que
entra al cuerpo no pasa por la cabeza, y aun así huelo. Por primera vez tras
casi cinco meses: la lavanda del pino de felpa que cuelga del espejo
retrovisor, la goma nueva de los asientos del coche, el desodorante de mamá. Si
estoy acá, si acá es donde huelo y no sé dónde ha quedado mi cuerpo, ¿dónde
estoy exactamente?
—Mierda —mamá se
pone a llorar—. Mierda. Puede estar en la ruta —y se queda mirando a mi padre.
Él no parece
escucharla, ni mover las manos en absoluto del volante. Está demasiado
asustado.
—No puede hablar
—dice mamá—, mi hijo. Está solo, y no puede hablar.
Y yo ¿desde dónde
los miro? Lo que sea que me haya pasado me ha convertido en algo distinto. Me
ha desarmado y expandido, me ha ampliado. Es un dolor que queda fuera de mi
cuerpo. Soy una válvula plástica abierta, lo que sea que me esté pasando
adentro se sale y toca a los demás.
Cuando al fin ven
la YPF, mamá tiene tal ataque que gime agarrada a la manija de la puerta.
Llegan dando saltos sobre las cunetas de entrada. Ella abre la puerta frente a
la cafetería, deja el coche antes de que se detenga. Él apaga el motor, baja y
se queda mirando los alrededores: el estacionamiento, la zona de los álamos y
el descanso, las inmediaciones de la ruta. La gente ha dejado de hacer lo que
estaba haciendo para observarlo. Morris está entre los surtidores, camina hacia
él, quizá para volver a increparlo, pero mi padre no tiene tiempo para eso y
entra también a la cafetería.
Hay clientes
comiendo en las mesas y algunos más entre las góndolas, no ve a mamá por ningún
lado. Una señora sentada con sus hijos le señala una entrada detrás de un
mostrador que dice PRIVADO. Él se arroja hacia la puerta, la empuja, cruza un
largo pasillo repleto de cajas y mercaderías. Los llantos de mamá llegan como
desde el fondo de una caverna y mi padre se da cuenta de que podría desmayarse,
de que cabe la posibilidad, inaceptable, de que no logre llegar al otro lado.
Y entonces mamá
grita: «¡Quién lo encontró!», y él respira. «¡Dónde estaba!», sigue, y él se
suelta de la pared y ya está casi ahí, ya casi la alcanza. Me ve, estoy a upa
de mamá, la abrazo, escondo mi cara en su axila. La mujer que recibe los gritos
asiente en silencio. Es más alta y grandota que mamá, parece cansada con sus
hombros hundidos hacia delante, como si hubiera intentado responder varias
veces y al fin se hubiera rendido. Mi padre ya llega, respira agitado. Estamos
en el living de una casa conectada al fondo de la estación de servicio. En el
piso ha quedado el pilón de bloques de madera con los que la mujer ha intentado
entretenerme.
—¿Quién estuvo con
mi hijo todo este rato? —Mamá quiere parar, volver a tomar aire, pero no puede.
Me agarra tan fuerte que parece que estuviera perdiendo el equilibrio y de
verdad pensara que soy capaz de sostenerla.
Mi padre sabe que
si se agacha y estira los brazos hacia mí, yo voy a soltar a mamá, voy a
patalear para pedir que me baje y voy a correr hacia él. Sabe el daño que algo
así ocasionaría en mamá en un momento como este. Yo lo sé, él lo sabe, ella lo
sabe. Y aun así. Después de demasiado tiempo sin hacerlo, f lexiona sus
rodillas, se acerca al suelo. Me mira, me llama, pronuncia mi nombre. La
vibración de sus cuerdas vocales estremece mi columna vertebral. Yo hablo
conmigo para no escucharlo a él, me digo «no te muevas», digo «no», «no», «no».
No quiero no puedo no basta, pero qué me pasa, por qué estoy tan furioso. Hay
un agujero debajo de mi garganta, un agujero en mi cuerpo que duele en el de
ellos. Si meto un dedo por ahí, ¿a cuál de los dos toco? ¿A mi padre o a mi
madre? «Toco a mi padre», pienso, porque a mamá la tengo acá afuera, de este
otro lado, porque aprieto los párpados contra su blusa y eso significa que a
ella todavía puedo alcanzarla. Entonces, si meto un dedo en ese agujero que es
mío pero duele en el cuerpo de otro, y hurgo, y empujo, lo que estoy tocando
por dentro ¿es a mi padre?
Mi padre extiende
los brazos, los ha extendido, a pesar de todo el precio que tendrá que pagar.
Yo no suelto a mi madre. Niego, aprieto mis párpados contra su blusa. La voz de
mi padre vuelve a llamarme pero yo ya no puedo, ya no quiero. «No», «no porque
no», «no porque ya no es lo mismo». Mamá me abraza. Todo lo que me lastima
endurece a mi madre, y hay algo en mi rechazo que aúna a mis padres en un mismo
temor. ¿Cómo es posible? El chico nunca antes ha rechazado al padre. Algo ha
pasado. ¿Qué ha pasado? ¿Cuándo ha pasado? ¿Alguien le ha hecho algo?
—Ya le dije a la
señora —la mujer le está hablando a mi padre—. Fue mi marido el que lo encontró
y me lo trajo.
—¿Pero dónde
estaba? —pregunta mi madre.
La mujer no sabe,
no preguntó, ¿tendría que haber preguntado?
—Esperamos un rato,
¿no, gordito? —La mujer se acerca, se inclina hacia mí buscándome, mamá me
aparta—. Y como el chico tiene ese problemita —dice estirándose la piel del
cuello donde yo tengo el agujero—, no nos entendíamos, ¿no, gordito? Así que
llamamos a la policía, por las dudas. Y hay que decir que fueron muy amables,
¿no es cierto?
La mujer me mira
como si yo de verdad la siguiera. Luego mira a mi madre.
—Dijeron que iban a
pasar en cuanto terminaran la ronda y eso tarda todavía un rato. ¿Quieren tomar
alguna cosita?
Entonces Morris
entra a la sala, mi padre se incorpora de inmediato. Tiene un fajo de billetes
en la mano y cruza el living hasta la repisa del televisor. Saca una pequeña
caja de seguridad, la abre y mete dentro los billetes.
—¿Más tranquilo?
—pregunta de espaldas.
Cierra la caja y la
regresa a su sitio, solo entonces mira a mi padre. Mastica algo, ¿qué mastica?
—¿Vio qué rápido le
entrego siempre todo lo que me pide?
Lo que sucede luego
es algo en lo que mi padre ha pensado una y otra vez, tantas veces, en todos
estos años.
—Sígame —dice
Morris.
Mi padre mira un
momento a mamá y se aleja detrás del hombre. Cruzan el largo pasillo hacia la
cafetería y salen otra vez al mostrador. Del otro lado, junto a las primeras
mesas, hay un teléfono público fijado a la pared. Morris saca una ficha de su
bolsillo y marca un número de memoria. Las manos grandes y percudidas sostienen
el tubo plástico contra la oreja, Morris espera.
—Acá de la YPF
—dice, y se queda mirando a mi padre.
Dice al teléfono su
nombre y después de un silencio suelta una carcajada, como si del otro lado
acabaran de hacerle un chiste. Habla distraído mientras estudia a mi padre con
descaro, revisándole la cara, la ropa, las manos.
—Sí, qué sé yo
—dice al teléfono—, vio cómo es la gente ahora —asiente—, sí, comisario, por
supuesto.
Levanta apenas la
mandíbula para llamar a mi padre. Morris huele a nafta y tabaco, le pasa el
teléfono y se aleja unos pasos. Mi padre contesta algunas preguntas, da mi
nombre completo y el suyo, sus datos personales y de contacto, incluso el
número de la casa de El Bolsón. Cuando corta, Morris ya no está en la
cafetería.
Tras una parada en
Neuquén para dormir un poco, y otras siete horas de viaje al día siguiente,
llegamos a casa. Y esa misma noche, al fin acostado en su cama a punto de
quedarse dormido, mi padre se sobresalta cuando timbra el teléfono del living,
se levanta para atender y escucha por primera vez ese silencio frío y oscuro
que tanto lo consternará durante años. Y todavía siguen varias noches en las
que continúa levantándose para atender. Porque podrían llamar de Buenos Aires
con un último parte urgente, porque en el Hospital Italiano las noticias
álgidas les habían llegado siempre de madrugada. Y él atiende, él siempre
atiende. «Hola», dice, «¡hola!». Y le lleva un rato resignarse y cortar.
Antes del baño, mi padre revisa mi cuerpo
concienzudamente, incluso bajo las axilas, en la entrepierna, y hasta me hace
abrir la boca. No es la primera vez que lo hace desde el regreso de Buenos
Aires. No sabe qué busca, quizá marcas en la piel, un raspón, pero no hay nada
de nada. Me mete en la bañera sosteniéndome por los brazos, atento a que ni una
sola gota de agua entre por la traqueotomía. Me moja el pelo despacio, me
enjabona, está atento a la espuma, que solo puede caer por la parte trasera de
la cabeza, y aprovecha el gesto para revisarme el cuero cabelludo.
—Era lindo el juego
de las maderitas, ¿no? En la YPF...
Lo comenta
haciéndose el distraído, a ver qué pasa. Yo me concentro en mis rodillas. Mamá
cree que algo me pasó en la estación de servicio cuando ellos no estaban, que
no soy el mismo, que algo ocurre. Mi padre la calma diciéndole que solo estoy
más cansado de lo normal, pero eso no es lo que piensa. Me sostiene por los
hombros, me gira hacia él, se acuclilla a mi lado.
—¿Y qué tal la
mujer? ¿Te trató bien?
Asiento. A mi padre
le gusta sostenerme así, comprobar que mis omóplatos son todavía lo
suficientemente pequeños como para caber en las palmas de sus manos.
—¿Y el hombre? ¿El
hombre también te trató bien? —Vuelvo a asentir, miro la espuma inf lándose
alrededor de mis rodillas—. ¿Pasó algo?
Esperamos un
momento.
—Hijo —dice mi
padre. Mi padre dice «hijo»—, ¿alguien te hizo daño?
Estoy furioso, así,
de pronto. Soy un resorte de hierro que acaba de escaparse del colchón. Lo miro
porque no puedo evitarlo. Torcido, enroscado. ¿Qué está queriendo saber?
—¿No? —pregunta mi
padre—, ¿nada?
¿Se contesta a sí
mismo? ¿Contesta por mí? ¿Es algo que está pidiendo saber o es algo que está
concluyendo?
—Si alguien te
hiciera daño me lo contarías, ¿no? ¿Seguro?
Se lo estoy
diciendo. ¿No lo ve? He estado diciéndoselo todo este tiempo. ¿No era el
trabajo de mi padre leer en la cara de la gente cosas que la gente no sabía que
tenía escritas? ¿Qué es lo que no ve? ¿Qué es lo que no escucha?
Entonces me suelto,
me zafo. Si no me ve, si no me escucha, no quiero que me toque. ¿De qué me
sirven sus manos sosteniéndome en el agua? Él me mira sorprendido. Me agarro de
los bordes de la bañera, me sostengo con una fuerza que no sabía que tenía, y me
doy cuenta de que he tomado la decisión de no volver a entregarle este peso a
nadie, de que no estoy dispuesto a dejarme agarrar nunca más.
En la madrugada,
cuando suena el teléfono, mi padre susurra en el tubo apretando los dientes.
«Hijo de puta», dice, y «te voy a matar». Piensa en Morris reconociéndome en la
ruta, cargándome hasta la cafetería, dejándome al cuidado de la mujer. Pero
antes, piensa mi padre, entre el momento en que Morris me encuentra y el
momento en que me entrega, ¿qué pasa?
«¿Vio qué rápido le
entrego siempre todo lo que me pide?».
Mi padre recuerda
el modo en que Morris se lo pregunta, el tono brusco y frontal. ¿Será por eso
que al teléfono nunca le contesta? ¿Porque cree que sería capaz de reconocerle
la voz?
Después de varias
noches mi padre empieza a desconectar el teléfono antes de irse a la cama.
Vuelve a conectarlo en la mañana. Durante el día, cuando mi padre no está, la
gente llama y siempre habla. Las llamadas silenciosas son solo para él.
Tras los resultados de la última operación,
entregados a cuentagotas desde distintos consultorios del hospital de Buenos
Aires, mamá arrastra un colchón viejo hasta mi cama y se muda definitivamente a
mi cuarto. Dice que así es más seguro. Una semana después se lleva también la
ropa, y la habitación matrimonial se vuelve la habitación de mi padre.
Ahora que está
solo, el insomnio lo despierta de una cachetada, con la adrenalina picándole
las extremidades del cuerpo como si acabara de tirarse de la terraza de un
rascacielos. Lo angustia desperdiciar en la noche la fuerza que necesita para
cada día. Se levanta y deambula por la casa. Prende las luces de la cocina,
mira los muebles y las cosas, vuelve a apagar todo y sigue hasta la siguiente
ficha de luz. Hay otras dos fichas en el comedor, una en el living, una en cada
baño. A veces va hasta mi cuarto, pero mamá sabe de esa danza nocturna y deja
la puerta cerrada. Así que él pasa de largo hasta el teléfono, se apoya contra
el respaldo del sillón y ahí se queda esperando a que el sueño lo devuelva a la
cama.
Una noche se
imagina a Morris en la cafetería, chequeando su reloj frente al teléfono
público, calculando con paciencia para asegurarse de que, al llamar, despertará
a toda la familia. Mi padre va hasta el teléfono y enchufa el cable en la
pared, está tan convencido de que va a sonar que mantiene su mano sobre el tubo
para atender al mínimo indicio. Y el teléfono suena. Atiende rápido, y todavía
más rápido en las noches siguientes. Aprende a escuchar el clac que antecede al
mecanismo del timbre y a levantar el tubo antes de que la campana alcance
siquiera a temblar. Aprende a llevarse el auricular a la oreja despacio, sin
saludar, infringiendo él también su silencio, agarrado con fuerza al cable en
la espera, sintiéndose él mismo parte de ese teléfono mudo.
Cree que aprende a
escuchar, por primera vez en su vida. Que un agente de ventas expuesto a tales
niveles de sinsentido no puede hacer otra cosa que desarrollar una escucha
extraordinaria. Mientras mi madre hace sus primeras averiguaciones para
mudarnos cerca de algún instituto especial donde yo pueda empezar la escuela,
mi padre encuentra en sus sesiones telefónicas una calma que no hubiera
esperado. Lo que sea que llegue por ese tubo empieza a resultarle cada vez más
familiar. Ya no corta, sino que espera a ser cortado. Solo entonces desconecta
otra vez el cable de la pared y se siente preparado para volver a la cama y
quedarse dormido.
El acuerdo al que
llegan es, según mamá, el mejor para mí: mi padre acepta sin escándalos
quedarse en la casa, y nosotros nos mudamos a La Plata, la ciudad de mis
abuelos maternos. A cambio mis abuelos se hacen cargo de los gastos médicos y
la escuela especial. El agente de ventas con superpoderes de escucha logra
tramitar un ascenso que le permite pagarse un viaje a Buenos Aires cada mes, y
así pasar dos tardes conmigo antes de regresar a la casa de El Bolsón, donde el
teléfono, ahora que él vive solo, permanece siempre enchufado.
Entre mudos, sordos
y disléxicos, yo hago nuevos amigos, me integro, progreso. Por requisito de la
escuela, mamá perfecciona el lenguaje de señas para acompañarme en las unidades
educativas. Mi padre limita su lenguaje a instrucciones imprescindibles, como
«quedate quieto», «no te entiendo», «te quiero», y «a dormir». Sé que de mí
también sabe interpretar la señal de «ayuda», a pesar de que a él nunca se la
he visto hacer. Le gustaría aprender más, pero toda su energía está puesta en
generar suficiente dinero para financiarse los vuelos a Buenos Aires.
Aunque no pronuncio
ni una palabra, leo y escucho con devoción. Me fascinan las historietas
inglesas y francesas que el abuelo lee y traduce para mí en voz alta. Es un
hombre rígido y constante que se sienta al borde de mi cama cada noche. Su
cuerpo enorme hunde tanto el colchón que los dos nos acomodamos sin culpa a las
leyes físicas de ese encuentro, con mi cuerpo acodado sobre el suyo y toda su
rigidez sosteniéndome con recta elegancia. Lee una viñeta, traduce al español,
pasa a la viñeta siguiente. Señalo todo lo que no entiendo. Cuando estoy listo
para seguir adelante, asiento.
En la escuela
empiezo a escribir, y en casa ya hemos leído juntos casi todo lo que el abuelo
tenía a mano. Así que me compra colecciones más complejas, y cuadernos donde
anotar nuestras impresiones de las lecturas, en francés y en inglés. Su nuevo
hobby es mi entrenamiento en la práctica de estas lenguas. Yo absorbo todo lo
que se me ofrece, pero él no aprende una sola palabra en mi lenguaje de señas.
Tras cada jornada de lectura, él cierra el libro y yo atrapo con mis manos una
de las suyas, salto sobre él, lo ataco en su distracción. Él me caza a su vez
de un solo manotazo, como si la bestia que yo acabara de atrapar contraatacara
ahora victoriosa. La coreografía es breve y precisa. El abuelo me agarra por la
muñeca y me levanta así en el aire. No siento la fuerza de las manos de mi
padre alrededor de mi tobillo, ni cuelgo boca abajo como tanto me gustaba.
Cuelgo boca arriba, y al menos así hay algo en esa suspensión que me recuerda a
él. A veces el abuelo se queda sosteniéndome más de lo que puedo aguantar.
Quiero gritarle «¡basta!» para que me suelte, pero mi cuerpo sigue abierto al
vacío: abro la boca y la boca no funciona. Quiero aplaudir dos veces, que es mi
manera de decir basta, pero cuelgo del abuelo por una mano y, aunque golpeo la
otra contra mi pecho y contra el suyo, él solo obedece órdenes que puedan
escucharse, órdenes en inglés o en francés. Así que espero. Estoy colgado en el
aire, y espero.
Lo que pasa en los quince años que siguen no
sorprende ni a mamá, ni al abuelo, ni a mi padre. Soy todo lo que esta familia
espera de un chico maravilloso: una rápida adaptación a cada nueva instancia
educativa, notas sobresalientes en la secundaria, una beca en Buenos Aires.
Tengo fascinación por los lenguajes, el más preciso de todos es también el más
abstracto y el que los contiene a todos, así que me especializo en las
matemáticas de la física y, aún antes de recibirme, acepto una oferta de
trabajo en una multinacional instalada en Rosario.
Mi padre está
orgulloso. En algún momento a lo largo de estos años se ha convencido de que
todo lo que tiene que hacer para ayudarme es mantenerse al margen, y cree que
el tiempo solo confirma su teoría. Le duele tenerme lejos, pero lo único que
sabe hacer con su dolor es aguantar.
En la casa de El
Bolsón el teléfono sigue sonando por las noches, aunque mucho menos que antes.
Una vez a la semana, una vez al mes, un par de veces al año. Y aun cuando los
teléfonos se han independizado de los cables y las paredes, mi padre conserva
de todas formas la línea de la casa. Saber que el teléfono no está desconectado
lo ayuda a descansar mejor. Si suena, él atiende, y luego le es fácil volver a
quedarse dormido.
En una góndola de
supermercado, descubre que las nuevas pilas botón traen una cubierta de
seguridad por si los bebés se las tragan, y se queda un rato ahí mirándolas,
hasta que un empleado se acerca a preguntar si necesita ayuda y él no es capaz
ni de contestar ni de comprar el producto. Regresa dos días después, porque
ahora hay algo terriblemente indignante en esa pila y necesita llevársela para
estudiarla. Está en el living, rodeado de esas siete llaves de luz que ha
dejado de encender y apagar por las noches porque, como nada se ha movido de
lugar desde que dejamos la casa, él ha aprendido a moverse en la oscuridad.
Aunque para esto que está por hacer ha encendido todas las luces. Tiene la pila
en la mano, la mira, forcejea con el plástico hasta que logra sacarla de su
envoltorio. Y ahora la sostiene frente a él. Le parece tan pequeña que podría
saltársele de los dedos, y tendría que ponerse a buscarla otra vez, como le
pasó ya años atrás. Quizá para evitar el desastre, mi padre se lleva la pila a
la boca. Cierra los labios y la hostia calza un segundo sobre su lengua, menos
de un segundo: el sabor del benzoato le estalla en la boca, le quema las
papilas. La sustancia más amarga de este mundo obliga a mi padre a escupir. Cae
de rodillas para tantear el suelo. ¿Dónde está la pila? Quiere encontrarla y
volver a llevársela a la boca. Quiere terminar de entender. Busca, busca otra
vez. Que la capa protectora funcione le resulta tan doloroso como si no hubiera
funcionado.
Me encuentro con mi padre un par de veces al año,
le aviso cuando paso por Buenos Aires camino a La Plata, para visitar a mi
madre y a los abuelos, y él vuela enseguida para verme. Nos sentamos en un café
cerca de Aeroparque, mi padre dice que la casa de El Bolsón al fin tiene
comprador.
«¿Quién compra?»,
pregunto con signos.
—Pucha —dice él
nervioso—, no te entiendo.
«No importa», digo,
usando otra vez las manos, porque «No importa» es un signo que, de tanto
usarlo, al fin terminó de aprender.
—Me mudo a Buenos
Aires —dice—, así no estamos tan lejos.
Sonrío con
cordialidad. Sé que eso no hará que nos veamos más, ni que nuestra relación
cambie en absoluto. Vivo en un departamento amplio con tres gatos sigilosos.
Tengo un coche del año pasado y un grupo de amigos con los que juego al pool.
Estoy enamorado de una chica que me quiere. Pero él casi nunca pregunta por
eso. Todavía cree que visitarme es venir a Buenos Aires, no se le ocurre jamás
que podrían estar sucediéndome tantas cosas buenas que a veces paso semanas sin
pensar en él.
El día que entrega
la llave de la casa de El Bolsón, desenchufa por última vez el teléfono de la
pared. Guarda el aparato en su bolso de mano, que mete en el coche junto con lo
que considera delicado. Una empresa de mudanzas se llevará los muebles y las cajas,
todo lo valioso viajará con él. Así que casi veinte años después, mi padre
vuelve a hacer en coche los mil setecientos kilómetros que separan El Bolsón de
Buenos Aires.
Empieza el viaje
por la tarde, para a dormir en Neuquén y sigue temprano en la mañana. Son las
once y media cuando ya está cerca de la YPF de General Acha. Ahora que hay
suficientes estaciones de servicio, que la nafta rinde el doble y no hay
ninguna necesidad de parar, él se detiene de todas formas. Hay solo dos coches
cargando en las islas de surtidores. Estaciona bajo los álamos, aún más altos y
plateados que en su recuerdo. Cruza hacia la cafetería, respira el aire frío de
la mañana y piensa que, entre el momento en que ha dejado la casa ayer y su
llegada esta noche a Buenos Aires, vivirá sin pertenecer realmente a ningún
sitio. Exhala a conciencia, se da cuenta de cuánto lo alivia esta desaparición
temporal. Cuelga las manos de una forma nueva, metidas dentro de los bolsillos
como tantas veces vio hacerlo a hombres que le parecían tranquilos y confiados.
«Es así, era tan fácil», casi escucha su voz en la cabeza, que es el modo en
que su propia madre le enseñó a pedir los deseos.
La vieja cafetería
se ha convertido en un autoservicio vidriado de puertas automáticas. Solo el
largo mostrador de madera maciza ha quedado en el mismo sitio, y detrás, con el
mismo cartel de PRIVADO, la puerta vaivén por la que se metió tantos años atrás,
buscándome. Le sorprende ver que en el rincón del teléfono público hay un
cajero automático. Alguien dice «permiso», lo corre del medio con educación. Mi
padre está perplejo, no sabe a qué ha venido y que el teléfono no esté lo
confunde. ¿Vino a hablar con Morris? ¿Es porque vendió la casa? Vino
tranquilamente, sin ninguna intención, pero se está preguntando qué ocurre en
realidad, ¿es que va a haber una pelea? Mi padre no ha golpeado a un hombre en
toda su vida. ¿Eso es lo que vino a hacer? «He vendido la casa», le dirá, «a
ver a quién jode ahora llamando en medio de la madrugada».
Aunque lleva el
pelo lacio y blanco, reconoce a la mujer. Alta, grandota, busca algo en pilones
de papeles, junto a dos empleados que atienden las cajas. Encuentra una hoja en
particular y se aleja leyéndola hacia la puerta vaivén. De pronto se detiene, se
vuelve hacia él con el ceño fruncido.
—Es usted —dice—,
es el padre.
La mujer se le
acerca.
—¿Cómo está el
chico?
Parece emocionada.
—Bien, bien, claro.
Disculpe, es que...
—¿Y se acuerda de
nosotros?
—Claro que me
acuerdo.
Ella se ríe.
—Me refiero al
chico.
—Ah, sí. Claro. —Se
da cuenta de lo nervioso que está.
—Pasamos tantos
nervios, sabe... sin saber de dónde había salido ese chico, sin escucharle
decir ni una palabra. No sabíamos cómo ayudarlo —la mujer suspira, se queda
mirándolo con la cabeza apenas inclinada—, pobrecito.
Estudia a mi padre
con nostalgia, como si hubieran atravesado juntos un drama de días y semanas y
ahora necesitara un tiempo para acomodarse a este reencuentro.
—Venga, quiero
mostrarle algo —lo invita con un gesto y se aleja hacia la puerta vaivén.
Cruzan el largo
pasillo, aún repleto de mercadería apilada. Por un momento mi padre tiene la
sensación de que, al llegar a la otra punta, se encontrará otra vez conmigo,
quizá incluso con mamá. Si todo vuelve a empezar, ¿tendría ahora la información
necesaria para cambiar las cosas? ¿Las cambiaría si pudiera? ¿Volvería a
agacharse y a estirar sus brazos hacia mí? ¿Era eso lo que había hecho mal?
Quiere entender, pero no lo entiende, y le asusta que el living todavía se
parezca tanto al de su recuerdo.
—Mire esta
hermosura —la mujer se estira hacia una repisa y levanta un portarretratos—,
espero que no le incomode, es que como no tenemos hijos, qué le puedo decir,
digamos que me gusta verlo ahí con mis cosas.
Es un dibujo mío,
un dibujo hecho por mí: mi padre, mamá, yo al medio entre los dos.
—Intenté
entretenerlo de todas las formas posibles —dice la mujer—. Le traje unos
bloques de madera que teníamos en la cafetería, le ofrecí golosinas, incluso lo
invité a ver juntos la televisión. Al final, sentarse a dibujar fue lo único
que lo distrajo por un rato.
En el dibujo tengo
las manos grandes y amarillas, los dedos abiertos y, a la altura de la laringe,
una suerte de colgante negro, tan grande y deformado como un ojo gigante.
—Ay, es que era tan
pero tan lindo ese chiquitito, usted tiene que entender que yo estaba
absolutamente conmovida, ya pensaba en cómo convencer a Morris de adoptarlo si
nadie aparecía. —Se ríe avergonzada, consciente de su propio exceso.
—Pero pasó algo,
¿no?
—¿Algo como qué?
Mi padre la mira
serio. La sonrisa de ella desaparece:
—¿Qué quiere decir?
Mi padre siente
cómo el enojo llega de pronto, irguiéndolo con un dolor que lo perturba hasta
tal punto que desea que Morris entre por la puerta en ese mismo instante, es el
momento perfecto, ahora que su cuerpo parece listo para una batalla inesperada.
—Yo sé que pasó
algo. —Siente su propia voz cambiar.
La mujer da un paso
atrás.
—Era un buen chico
—dice él—, cuatro operaciones pasó sin dejar nunca de sonreír. Pero lo dejamos
acá en sus manos, media hora, y no volvió a ser el mismo.
—Pero ¿qué está
diciendo?
Y entonces sí.
Entra Morris. Más viejo, más f laco. Trae la billetera abierta y un posnet para
tarjetas en la cintura. Cruza el living en la misma dirección que veinte años
atrás, probablemente hacia la misma caja de seguridad. Se detiene cuando ve a
mi padre.
—Usted —dice, baja
la mano con la billetera—, ¿y ahora qué perdió?
—Morris... —dice la
mujer.
—Algo pasó con el
chico —dice mi padre.
—Y parece que acá
estamos siempre a su disposición, ¿no? —dice Morris—. Lo perdió una vez ya, ¿se
acuerda? Lo perdió y se lo encontramos.
—¿Quién lo
encontró?
—Yo lo encontré
—dice Morris.
—¿Dónde estaba?
—Junto al teléfono.
—No le entiendo.
Morris niega para
sí mismo, casi parece sonreír.
—Sígame. —Morris se
aleja por el pasillo con la misma palabra que la última vez.
Mi padre lo sigue.
Avanza tras la gran espalda de Morris, la vista se le nubla por un momento y
hace un esfuerzo por no tambalearse entre las cajas. ¿Qué guardan? ¿Qué hacen
estas cajas apiladas veinte años en el mismo lugar? El mareo le hormiguea el
estómago pero se obliga a seguir avanzando detrás de Morris, esa espalda enorme
como un paredón tambaleante contra el que solo quiere chocar. Tras ellos los
pasos de la mujer se apuran para alcanzarlos. Cruzan la puerta vaivén. En el
autoservicio todo sigue en movimiento.
—Acá —dice Morris,
se detiene frente al pequeño cajero automático.
—Es que acá estaba
el teléfono —explica la mujer.
Morris descuelga un
tubo imaginario a la altura de su pecho y lo baja hasta algún punto entre su
cadera y su rodilla. Lo sostiene vertical.
—Como a esta altura
—dice, y marca con la palma de la otra mano la altura que yo tenía a esa edad—.
De alguna manera su hijo se las ingenió para bajar el tubo, pero para marcar el
número no llegaba.
Sin mover el tubo
imaginario, Morris escupe algo en su mano y se lo guarda en un bolsillo.
—Así que le dije al
chico, vos decime el número, y yo te marco.
La mujer asiente,
conforme con el relato.
—Mi hijo no habla
—dice mi padre. La presión que siente en el pecho apenas le permite usar el
diafragma.
—¿Y eso qué tiene
que ver? El chico quiere hablar con el padre, yo le marco el número del padre.
—¿Y cómo supo que
él quería hablar conmigo? —La presión es tan dolorosa que ya no puede pensar.
—Qué le puedo
decir, el chico me mostró el tubo y yo pregunté: «¿Querés hablar con mami?». Y
el chico negó. Entonces pregunté: «¿Querés hablar con papi?», y el chico
asintió. ¿Puede ser que para usted todo sea siempre tan complicado?
Morris se queda
mirándolo.
—Hice como que
marcaba y dejé que él hiciera lo suyo. Usted hubiera hecho lo mismo, ¿o no?
Mi padre está
llorando. Morris abre grandes los ojos, harto, desconcertado.
—Sabe qué, no lo
sigo —dice—. No sé qué más puedo hacer por usted.
—Es que mi hijo no
habla. —Mi padre intenta calmarse pero es imposible—. Si mi hijo me llama,
¿cómo va a decirme que es él?
Las manos de mi
padre cuelgan rendidas y hay un gesto casi imperceptible en sus dedos, como el
de alguien dormido, o tal vez soñando, que quisiera atajarse en el aire, o
atajar algo que está en el aire y no debería caer, y lo que pasa después esa
mañana ya no tiene ninguna importancia.
Diecisiete años
después, mi padre se muere y tengo que esperar a que llegue el médico para que
escriba el parte. Me siento junto a su cama, en ese departamento de Buenos
Aires al que él nunca se ha acostumbrado, y le digo en silencio: «No te
preocupes, papá, hemos sido felices, al principio, es suficiente». «Todo va a
estar bien, papá». Y como no me contesta, como nunca me ha contestado, yo meto
el dedo por ese agujero que es como un ojo, y lo toco por dentro. Toco por
dentro a mi padre, y lo dejo ir.